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El cultivador de perlas 

Como debido al jet-lag (estaba en el Oriente lejano) me cuesta conciliar el sueño por la noche, me dan las tantas de la madrugada leyendo. Que qué leo. Pues mire usted, el Diario de Santa María Faustina María Kowalska, que tituló La Divina Misericordia en mi alma, un tomazo de setecientas y pico páginas. Esta monjita polaca (Elena era su nombre de pila) murió con tan solo treinta y tres años (1905-1938). Déjenme que les diga que hace unos cuarenta y cinco y más años me hice el propósito de leer la Obras completas de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús… A pesar del tiempo pasado y de mi relativa juventud entonces, «algunas» cosas se me quedaron grabadas de uno y otra.

Del «frailecico», como lo llamaba Teresa de Ávila, me gusta contar la comparación que él hace cuando el Señor lleva a cabo paulatinamente la purificación del alma: ocurre como a esos haces de ramas y leña que recogemos en el bosque para calentar la comida o la habitación y, al prenderles fuego, primero empiezan a soltar toda clase de humos y vapores hasta que, poco a poco, van secándose, aptos para la combustión. Así, antes de entrar en el fuego del amor de Dios, del amor a Dios, necesitamos quemar tanta ganga, destruir tantos oropeles, soltar tanto lastre, desvestirse de tanta parafernalia, que solo es posible mediante el sufrimiento.

Es necesaria esa subida al Calvario, donde —aparte de saber de antemano que contaremos como cireneo al mismo Jesús (aquel Simón de Cirene fue obligado por la fuerza a realizar aquel menester; este, Jesús de Nazaret, lo hace por propia iniciativa con enorme cariño y mayor «con»-pasión)— el alma experimentará el abandono total de parte de Dios, para no ser menos que su Maestro.

Otra comparación de aquel «frailecico» era aquella del hombre sediento con la boca reseca, que, por fin, cuando empieza la primera brisa del atardecer, sale al aire libre para aspirar deprisa y fuertemente con la boca abierta el aire con el deseo feroz de encontrar algún alivio, con lo que cada vez queda más sediento y reseco. Se puede hacer una doble aplicación: la de del que vive esclavo de sus pasiones y apetitos carnales —«cuyo dios es el vientre» (Flp 3,19)—, que, tratando de sacar más jugo a sus viles tendencias, busca un grado de pasión mayor que lo deja peor que antes, insaciable para buscar otra más fuerte; y, en el extremo opuesto, la de quien se siente dejado de la mano de Dios y lo busca con mayor ardor y experimenta que, cada día, Él está más lejos.

muero porque no muero

¿Qué recuerdo de Santa Teresa? Muchas cosas, pero voy a mencionar solo dos, que, con poquísimas palabras, creo intuir la experiencia de una realidad que ¡ya querría yo empezar a degustar! Me refiero al «muero porque no muero», que, con independencia de lo que nos expliquen sus intérpretes y entendidos en mística, querrá decir que me muero o deseo anonadarme porque no puedo morir de amor, un amor que cada momento me exige más amor y, como no llego nunca a saciarme de ese Amor, la «pena» me embarga y quiero sufrir la pena de no morir por no poder alcanzar esa cumbre…; o sea, me muero de amor por la pena de ser inútil e incapaz, como un cadáver, que busca la nada como cuna de la propia existencia.

La segunda cosa es el «nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta»; porque el alma, ante la ausencia de Dios —la llaman la noche oscura (precioso el cántico de San Juan de la Cruz con ese nombre)—, no puede soportar esa soledad donde Dios ni está ni sé dónde está y, tal vez, todo sea una ilusión y, en el fondo, «Dios me rechaza» por ser tan poca y veleidosa cosa…: es un brutal silencio que se queja y llora a gritos sin que nadie la oiga, es un sinvivir viviendo, en un total desasosiego y miedo que la sobrecoge de espanto —¡que agonía, Señor—…, hasta que llegue el día, o el año, en que el Esposo se haga presente y, de golpe, vuelva la paz al alma y desaparezca la oscuridad, mientras oye, como oyeron los profetas, San José y la Virgen María, aquellas balsámicas palabras: «No temas, Yo estoy contigo» («Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo…»: ver Lc 1,28).

Hace dos años, leí de un tirón y con una avidez insospechada que me llevó a releerlo dos y tres veces, el Diario del Hermano Rafael, Dios y mi alma. Era la forma de manifestar mi estupefacción, avasallamiento y estupor por mi torpeza espiritual ante el relato de las intimidades divinas de otro joven consagrado a Dios, que se fue al encuentro con el Dios de su alma cuando apenas había cumplido los veintisiete años (1911-1897), canonizado por el Papa Benedicto XVI en 2009.

En este último año he tenido mucho que ver con la nueva edición del texto de Santa Teresa de Lisieux, Dios y mi alma (recientemente publicado por la Editorial Asociación Bendita María). No me gusta que se la llame Teresita del Niño Jesús, pues, a pesar de morir también muy joven, con veinticuatro años de edad (1873-1897), fue más bien una santaza de cuerpo entero declarada por el Papa Juan Pablo II ni más ni menos que Doctora de la Iglesia, codeándose en los altares con todo el numerosísimo elenco de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en sus veinte siglos, y paseándose en primera fila, en el Cielo, con el Cordero: «Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya. Estos fueron rescatados como primicias de los hombres para Dios y el Cordero. En su boca no se halló mentira: son intachables» (Ap 14,4-5).

cómo no hablar si tu voz me quema dentro

No, no soy un beatón «tragasantos»: es que me deja sumamente perplejo y desconcertado lo que han vivido y experimentado estos santos y santas. Señor, ¡qué maravillas haces! ¡Qué Artista! ¡Qué obras maestras salen de tu Divina Misericordia! ¡Con qué escoplos divinos rematas tus tallas! ¡Con qué paños angélicos pules tus joyas! Nadie puede entender que te fijes en lo que no vale nada, en quienes se sienten miserables, para convertirlas en perlas divinas: pero si eso es lo que hiciste con Moisés tu siervo («era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra»: Núm 12,3); con David, el amado o el elegido de Dios, el último de los ocho hermanos, el más postergado en su familia por ser el más pequeño, el menos considerado, para ser ungido como Rey (ver 1 Sam 16ss); y, sobre todo, así lo hiciste con la Virgen María, la humilde Cordera de Nazaret, la joya de la corona del trono del Altísimo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo» (Lc 1,46-49): solo tú eras capaz de modelar así a quien tú mismo habrías de llamar «Madre»: «¿Quién es esta que despunta como el alba, hermosa como la luna, refulgente como el sol, imponente como un batallón?» (Cant 6,10).

Pero, volviendo a nuestra monjita polaca, confieso que me han entrado unas ganas locas de amarla y abrazarla… (¿…? No, no busquen debajo segundas posibles intenciones, que en el Cielo seremos «como los ángeles de Dios»—recordemos Mt 22,23-32, ni tampoco seamos ingenuos para olvidar que hay que tener muy presente aquí abajo aquel refrán de Santa Teresa: «Entre santa y santo, pared de cal y canto»); hablaba, pues, de la ternura límpida del amor, como le sucede a alguien que, habiendo perdido algo de grandísimo valor, lo encuentra y lo besa y se lo lleva al pecho… («¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido»: Lc 15,9). En esta parábola de Lucas, la mujer había perdido una moneda de las diez que tenía y, cuando la encuentra, no puede contener su alegría y comunicársela a sus vecinas; pero yo me estoy refiriendo no a una monedilla, sino a un enorme tesoro (Mt 13,44-46).

Efectivamente, eso es lo que hicieron estos santos y santas admirables: vendieron todo, se deshicieron de sí mismos, se desprendieron de su vida, hasta del aire que respiraban, y se volvieron a la nada; y, con esas nadas más sus pecados, Jesús cultivó una serie de perlas refulgentes, que ni el más puro amante del mundo podría tener parecido alguno con el amor nupcial con que Cristo se unió con estos elegidos, llevándolos tras sus huellas al Calvario y de allí al Cielo, donde les pedimos, por favor, que nos echen una manita en medio de nuestra vida burda, tosca, frívola, banal y rastrera.

«En ti confío»

En cuanto a mi Kowalska, fue el mismo Jesucristo quien, en realidad, tomó la iniciativa para promover la devoción y la Fiesta de la Divina Misericordia y quien «incordió» a la santa varias veces para que pintara el cuadro de cómo Él se le estaba mostrando en la visión que tuvo Sor Faustina el 22 de febrero de 1931. Ya podemos imaginarnos las dificultades de una simple monja para llevar a cabo en aquellos años semejante «ocurrencia» del Señor, pues hasta el 2 de enero de 1934 (¡habían pasado casi tres años!), no pudo encargar el trabajo al pintor Eugeniusz Kazimirowski, que terminaría el cuadro en junio de ese mismo año.

Ella cuenta que, cuando lo vio, se echó a llorar, porque el Señor Jesús no aparecía tan bello como se le había mostrado en la visión. La imagen sagrada de la Divina Misericordia que se ha difundido por todo el mundo (la de Cristo con los dos haces de rayos de luz, rojo y blanco, saliendo de su corazón, y bendiciendo a todos con la mano derecha levantada), es la que se venera en la capilla de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en Cracovia-Lagiewniki, pintada por Adolfo Hyla en 1944, cinco años después de la muerte de Sor Faustina.

Perdón, Señor, por este atrevimiento de merodear por un terreno que desconozco, propio de tus delicadezas para con tus almas predilectas, donde tú cultivas tus místicas perlas preciosas, mientras yo ando como un vulgar senderista pateando trochas y veredas sin oler siquiera el perfume del jardín de tus delicias… Sé tú mi estrella de Belén, sé tú mi Maestro del monte de las Bienaventuranzas, sé tú mi Cireneo, sé también la cruz en que muera, sé tú mi sepulcro vacío, sé tú mi canto de alabanza en el Cielo: «Llévame contigo, ¡corramos!» (Cant 1,4). Déjame suplicarte con la misma firma que tú has querido poner en el cuadro de tu Divina Misericordia: «En ti confío».

Jesús Esteban Barranco

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