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El deseo hecho corazón 
09 de Octubre
Por César Allende

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»
Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”» (San Lucas 11, 1-4).

COMENTARIO

En otras religiones o formas de expresar el hombre su sentido de lo transcendente que no sean el cristianismo es posible que sea dicho sentido de otra manera, pero en la fe cristiana la revelación que Cristo Jesús nos ha dejado como fundamento de la oración es la paternidad del Dios al que nos dirigimos.

Aún más, lo específicamente cristiano de la paternidad de Dios consiste en algunos elementos que la hacen totalmente diferente a las concepciones de las demás religiones y filosofías acerca de Dios. Ya es singular que Dios sea revelado como Padre, pero sobre todo que lo haya sido como quien posee un “nombre”, como alguien personal e inconfundible (justamente, en este caso, absolutamente diverso de todo nominalismo). Por otra parte, Dios es personalmente relacionable con nosotros; esta relación funda nuestra más radical personalidad. Persona humana quiere significar “alguien que es tal porque puede llamar Padre a Dios persona. Y finalmente, es de destacar fuertemente en el evangelio de lucas que dirigimos a Dios como Padre nace del deseo hondo de trasladar a un Padre así todo el contenido del corazón humano: la oración que Jesús propone a sus discípulos va mucho más allá que la oración de Juan el Bautista y supera infinitamente la dependencia freudiana de un padre necesitado por su “hijo” infantil. Jamás esta oración ha sido la expresión de una neurosis infantiloide; nunca ha producido una merma o reducción en la condición de verdadera autonomía en el cristiano orante; antes, al contrario, hace crecer en la conciencia del valor que como personas tienen los hijos de Dios, del Dios padre de Jesucristo…, y nuestro. La santificación de ese Nombre es precisamente la puesta en valor de nuestro yo personal y fraterno con los demás hombres.

Es muy saludable rezar el Padrenuestro. Siempre lo ha sido, y hoy lo es mucho más.

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