Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, agosto 19, 2019
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El día que conocí a José 

Por las vacaciones de estas Navidades, salen a la luz “Los recuerdos de Jasid”. ¿Quién es Jasid? Jasid es un perro muy especial. Tan especial que consiguió escribir los recuerdos de su vida. Su manuscrito, en caracteres cánidos, ha sido al fin traducido.

Jasid es ni más ni menos que el perro de la Sagrada Familia. Fue María quien le puso el nombre: Jasid, que significa “fiel”. Tuvo la gran suerte de ser el “guardián” de la mejor familia del mundo, de acompañarla en todos sus viajes y de jugar con Jesús y con sus primos.

Jasid es sincero: nos habla de sus errores y defectos, y de sus esfuerzos por mejorar. A través de sus recuerdos, podremos revivir la vida de Jesús, María y José en Belén, Egipto y Nazaret. Y conoceremos también a otros personajes muy simpáticos, como “Sereno”, el burro, “Galopín I”, el gallo, o “Bolo”, el perro enorme y bonachón de los Magos.

Los recuerdos de Jasid están escritos para niños, jóvenes y ancianos de menos de 150 años. El traductor del manuscrito, Tomás Trigo, colaborador habitual de la revista Buenanueva, nos ha enviado una primicia del libro.

Nací, como todos los perros de aldea, en un pajar. El mismo día que mis tres hermanos.

Mi primer amo se llamaba Rubén, un viejo labrador de Nazaret, paciente y cariñoso.

Un día, mientras nos daba de comer, se abrió la puerta del patio y entró un hombre joven y sonriente. Mis hermanos y yo dejamos de pelear por la comida y nos pusimos a mirarlo con mucha atención. Era fuerte y de piel curtida. Tenía la barba corta y rojiza. Vestía una túnica de color gris claro, ceñida a la cintura.

Según supe enseguida, era el carpintero del pueblo.

—La paz sea contigo, José —lo saludó Rubén yendo a su encuentro con los brazos abiertos—. ¡Qué alegría verte en mi casa!

—Contigo sea la paz, amigo Rubén. Hace unos días, me hablaste de una gotera. Si quieres, puedo taparla ahora.

—Ah, sí, ya recuerdo. El tejado debe estar muy mal, pero soy viejo para subir a él.

—Pues vamos allá.

—Pero, José, el problema es que…

—¿Qué sucede?

—Pues… me avergüenza un poco decirlo, pero hasta que venda la cosecha de vino no tendré dinero para pagarte.

—No te preocupes. Cuando puedas, ya me pagarás. Lo importante es arreglar esa gotera antes de que llueva.

—Dios te lo pague, José. Eres un buen amigo.

Una hora más tarde oí a José despedirse de mi amo.

—Había varias tejas levantadas por el viento y unas tablas fuera de lugar. Pero ya está todo arreglado.

—Gracias, José. Te pagaré en cuanto pueda.

—No te preocupes.

—A no ser que… —dijo Rubén pensativo, mirando hacia nosotros—. A no ser que te conformes con uno de mis cachorros…

—¡Todos en pie! —nos ordenó mi madre—. Bien erguidos y con la vista al frente.

Con un solo lametón nos limpió a los cuatro el hocico, se colocó detrás de nosotros y, con orgullo maternal, miró al carpintero.

—Tienen muy buena pinta —exclamó José al vernos.

—Son perros de mucha categoría —le aseguró Rubén—. No tienen más de un mes. Puedes elegir el que quieras.

José se fijó en mí. Me tomó con sus manos fuertes y me levantó a la altura de su cabeza para mirarme a los ojos.

Yo miré al suelo y, por primera vez en mi vida, sentí vértigos y miedo. José, que debió advertir mis temblores, me acurrucó contra su pecho. En aquel momento me di cuenta de que seríamos muy buenos amigos.

—Éste de color blanco es el que más me gusta —dijo José.

Mis hermanos volvieron a acostarse entre murmullos de desilusión.

—Solo tiene una mancha amarilla en la frente. Llévatelo. Es el precio de tu trabajo.

—Pero, Rubén, es un precio demasiado alto. Este perro es muy valioso.

—Es también un regalo, porque eres mi amigo, mi mejor amigo.

—Gracias, Rubén. Estoy pensando que el hijo que esperamos lo pasará muy bien jugando con él.

—Pues claro. Seguro que los dos se divertirán muchísimo y serán muy buenos amigos. Los perros y los niños se entienden muy bien.

—¿De qué raza es? –le preguntó José.

—Se puede decir que pertenece a una nueva raza. Su madre es oriunda de esta casa, como su abuela y su bisabuela, pero su padre ha venido de lejos. Me lo regaló en Jerusalén un mercader amigo mío. Lo trajo de un viaje al fin del mundo, de un país llamado Galicia. *

—He oído hablar muy bien de esa tierra.

—Llueve mucho, según mi amigo. El perro se lo regalaron en una aldea de pescadores. Lo tuvo algún tiempo en su casa, en Jerusalén, pero… ya sabes lo que pasa. En la ciudad es un lío tener un perro. Tenía que sacarlo a la calle dos veces al día y ya estaba un poco harto. Míralo, allí está, subido al muro, siempre vigilando. Es muy discreto y algo susceptible. Al atardecer, mira hacia poniente y aúlla. Me parece que siente nostalgia por su tierra.

—Eso quiere decir que tiene buenos sentimientos.

—Y es listo como él solo. Si no fuera un perro, diría que piensa.

—Pues me llevo este cachorrillo. Por cierto, ¿cómo se llama?

—El nombre tendrás que ponérselo tú.

—Seguro que María encuentra enseguida un nombre para él.

—¡Qué esposa tienes, José! —exclamó Rubén—. Ya te lo dije el día de vuestra boda y ahora te lo digo de nuevo: no hay otra mujer como ella.

Me despedí de mis padres y hermanos con un agudo y sentido ladrido. Mi madre me miró con ternura, mi padre me dijo adiós levantando la oreja derecha, y mis hermanos ladraron como locos, todos a la vez, como si me estuviesen secuestrando.

—Tranquilos –les dijo Rubén—, que vuestro hermano está en muy buenas manos.

Y así fue como cambié de amo y de casa al poco tiempo de nacer.



* El autor no esconde el tirón de su tierra natal con esta graciosa procedencia del perrito. (N. del E.).

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