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El día único. Yôm ’ehād 

En el principio de todas las cosas, Dios creó los cielos y la tierra, dando origen a todo lo que existe. La Biblia relata el hecho de la creación como una obra de Dios realizada en seis días, durante los cuales van surgiendo de sus manos todas las criaturas. Si nos fijamos en el detalle del primer día, como se nos detalla en Génesis 1,1-5 —“Dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz ‘día’, y a la oscuridad la llamó ‘noche’. Y atardeció y amaneció: yôm ’ehād”, el primer día de la creación es designado como el día único, como si en él estuviera comprendido todo el resto de la creación.

Hemos dejado sin traducir el nombre del primer día de la creación, porque el texto no dice propiamente “día primero”, en cuyo caso tendría que haber dicho yôm ri’šôn, ya que esta es la palabra para designar el comienzo de algo como puede ser: germen, brote, primero, etc., sino que lo llama yôm ’ehād, día único. El término aparece en el credo de Israel para expresar con rotundidad la absoluta unidad y soberanía de Dios por cuanto es el único y no hay nadie más fuera de Él.

Y lo que aparece ese día en primer lugar es la Luz. No se trata de la luz material, que solo surgirá el cuarto día al ser creados el sol, la luna y las estrellas, sino de algo mucho más importante. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Así se inicia el Génesis. Los cielos es la morada de Dios, la tierra se la ha dado a los hombres, pero “la tierra —precisa el texto— era caos y confusión y oscuridad”. Pues bien, lo primero que aparece sobre la tierra es la luz, que es atributo divino; ya que se nos dirá en otro lugar: “Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5b). Por eso, el día uno, que engloba toda la creación, está lleno de Aquel que ocupa toda la creación. Esto queda confirmado por la coletilla con la que se concluye la referencia a cada día de la creación: “Pasó una tarde, pasó una mañana”. No se menciona la noche porque en Dios no hay noche, todo Él es luz. La noche solamente aparece cuando el hombre abandona a Dios, se aparta de la luz, entra en la oscuridad y viene la noche.

caminar en la luz

Por eso Dios, que ama al hombre, no lo abandona en las tinieblas sino que sale a su encuentro iluminándolo con su Palabra, la que existía desde el principio, en la que estaba la vida, vida que era la luz de los hombres para que brillara en las tinieblas (cf. Jn 1,1ss). Así pues, la luz que brilla sobre toda la creación desde el día único que todo lo abarca, es la Palabra de Dios, que es dada a su pueblo elegido por medio de la Tôrāh, para que pueda caminar en la noche, puesto que es “lámpara para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105).

Pero la Palabra, que se manifiesta en la Tôrāh, es la Palabra encarnada, Cristo en persona. Él mismo se ha encargado de ratificarlo en el episodio de la mujer adúltera. Este hecho que nos relata San Juan tiene lugar el día siguiente del término de las fiestas de las tiendas, cuando Israel celebraba la haśimhāh haTôrāh, “la alegría de la Ley”, que conmemoraba el inicio de la lectura cíclica sinagogal. En ese día, Jesús, que viene desde el monte de los Olivos al este del Templo, entra en el mismo y se pone a enseñar, cuando le presentan una mujer para que sea juzgada de acuerdo con la Ley. Pero Jesús se limita a escribir con el dedo en la tierra una vez y, después de remitir el juicio a los acusadores, vuelve a escribir con el dedo en la tierra, por segunda vez.

¿Qué está haciendo? Del mismo modo que Dios escribió con su dedo en la piedra la Ley, por dos veces, ya que las primeras tablas fueron rotas por Moisés, después del pecado y del correspondiente juicio sobre Israel, de modo semejante, Jesús escribe con su dedo, de nuevo y por dos veces, la ley sobre el corazón del hombre, hecho de tierra. Se presenta, de este modo, no como un simple intérprete de la Ley sino como el autor mismo de la Ley. Ya lo había insinuado en otro lugar al declarar: “El Hijo del hombre también es señor del sábado” (Mc 2,28). Ahora lo afirma con claridad inmediatamente después del episodio de la adúltera: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

El hombre, cuando se aparta de Dios entra en las tinieblas y cae la noche sobre su vida, de modo que no puede ver nada y pierde la orientación y el sentido de su existencia. Todo se torna caótico y no puede caminar sin tropezar y hacerse daño a sí mismo y a los demás. De modo que el hombre no puede vivir cuando aparece en su horizonte el fracaso, el sufrimiento y la muerte, porque no tiene luz sobre su vida. Nadie puede caminar en medio de la noche. Solamente el cristiano, que tiene luz, puede vivir en medio de la muerte y caminar sin tropezar aunque se haga noche en torno a él, pues aunque caigan mil a su derecha, diez mil a su izquierda, a él no le alcanzará.

Palabra que crea y da Vida

Por esa razón, el mundo presente que, en gran medida, ha abandonado a Dios, está sumido en las tinieblas y marcha dando palos de ciego sin saber a dónde va. La gente vive en la preocupación y en la angustia, sin encontrar respuesta a sus sufrimientos. Necesita desesperadamente ver la luz y conocer la esperanza. Es preciso que brille sobre el mundo la luz de Cristo, aunque muchos se resistan a ella.

Esta es tarea para los cristianos, pues, del mismo modo que Cristo es luz, también lo son sus discípulos, ya que Jesús mismo afirmó de ellos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14a). San Juan hará saber y recalcará hasta la saciedad a sus oyentes en qué consiste la luz: “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza” (1Jn 2,10). Es lo mismo que pidió el Señor a Teresa de Calcuta cuando la llamó: “Ven, ven, llévame a los agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz”.

Encontramos, pues, una conexión estrecha entre los primeros versículos del Génesis y el comienzo del prólogo del Evangelio según San Juan. Dios es Luz que da sentido a todo lo creado, por eso aparece al comienzo de todo. Pero es, asimismo, Palabra que crea y da Vida, y esta Vida se comunica mediante el amor entregando la propia vida por los hermanos porque Él nos mostró el amor dando la vida por nosotros (1 Jn 3,16).

Todo esto significa que lo que sostiene todo lo existente es Luz, Palabra, Vida, Amor: Dios que lo abarca todo, pasado, presente y futuro; el que es Principio y Fin, y que, por tanto, la vida de los hombres está llena de sentido y todo es en función de su felicidad. Las tinieblas y la muerte no tienen cabida en quien es Luz y Vida. Si aparecen en la historia de los hombres es debido únicamente, al desvarío de la criatura que ha pretendido desligarse de su Creador. Pero aún así, la luz brilla en las tinieblas por medio de la Palabra que se nos ha dado.

Por lo tanto, el cristiano es el único pueblo que pude caminar en la noche y tiene poder sobre la muerte, porque le ha sido concedida la Luz que guía sus pasos y la Vida que vence a la muerte. Ve y tiene discernimiento sobre su vida; vive y no teme ningún mal, aunque sea de noche. Por eso la misión que se la encomendado es inmensa y no admite dilación, pues en medio de un mundo que está en la noche y nada entiende, que muere y nada espera, se le pide que “brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

Este mundo solo hallará paz y despejará sus crisis cuando vea a Dios y le reconozca. Mostrárselo para que tenga Vida, aunque no lo quiera admitir y rechace a los que se lo presentan, es nuestra tarea.

Ramón Domínguez Balaguer

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