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El diálogo de Dios contigo 
23 de Abril
Por Gloria María Tomás

«Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”. Él les preguntó: “¿Qué?. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les habla pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». (Lc  24,13-35)


Hoy vamos a comentar una escena evangélica muy conocida: la aparición de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús. Nos puede ayudar a meternos en la escena recordar un cuadro de Caravaggio, que se conserva en la National Gallery de Londres, y es considerada una de las obras maestras de su autor. Representa el momento cumbre de la acción del episodio descrito en el vs. 32: «Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido. Entonces se dijeron el uno al otro: “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”».

En el cuadro, a la izquierda de Jesús, que aparece joven y con los rasgos de Buen Pastor, está Cleofás con sus ropas rotas y lleno de estupor. Está de espaldas y levantándose de la silla. Es fácil al mirarlo implicarse en la escena. El otro discípulo, Santiago, está a la derecha, lleva el ropaje de peregrino, y extiende sus brazos en un gesto que podría simbolizar la cruz. También aparece el posadero, que parece no captar lo que allí está ocurriendo.

Centrémonos ahora en el mensaje de este episodio. Lucas es uno de los evangelistas que refiere más detalladamente el anuncio de la resurrección y las apariciones de Jesús. Y, como pasa en el cuadro de Caravaggio, como nos pasa tantas veces a cada uno de nosotros, lo que ocurre es la dificultad de los discípulos para aceptar que Jesús ha resucitado. Este Evangelio es un canto a la esperanza porque la actitud ramplona de los personajes que aparecen —con excepción, claro está, de Jesús— es tanta veces la nuestra. Vemos al principio del capítulo cómo las mujeres se muestran desconcertadas y llenas de temor cuando encuentran el sepulcro vacío, aunque hayan tenido una visión de ángeles que afirman que el Señor está vivo Después ocurre que los discípulos no les dan crédito a estas mujeres y hasta existe la duda en Pedro.

Entonces señalan los Evangelios que estos dos discípulos que conversaban entre sí de todo lo que había acontecido, desilusionados, recordarían los grandes prodigios obrados por el Señor, la elocuencia de sus palabras y de su vida atrayente y muy particularmente, las acusaciones del Sanedrín, verlo morir clavado en la cruz como si fuera un malhechor… Es como si todo lo grande que han vivido y en lo que han creído, desapareciera. Un velo de desilusión monótona atenaza sus corazones.

Pero Jesús, que los ha elegido —como a ti, como a mí— no permite que se pierdan y sale a buscarlos. Ambos están entristecidos, sin esperanza, porque en el fondo no habían entendido el misterio de la vida de Cristo. Les cuesta reconocer al Señor; le pueden más sus pensamientos. Pero tanto las palabras de Jesús como en la fracción del pan obran la salvación. La explicación que les da el mismo Señor de los acontecimientos como cumplimiento de las Escrituras les enciende el corazón y les lleva a querer continuar el camino con Él. 

Cada texto del Nuevo Testamento es un universo de verdades, abierto a las preguntas que se le hacen; preguntas que nos ayudan a descubrir al Señor, como les pasa a estos discípulos; descubrirlo y, también como ellos, tener la urgencia de confesarle para que su persona y su doctrina lleguen a los confines de la tierra. Un hecho narrado que ocurrió en el pasado sigue activo en el presente, porque está dirigido a cada uno. Me conmueven unas palabras de San Josemaría: “¿Quieres aprender de Cristo y tomar ejemplo de su vida? Abre el Santo Evangelio, y escucha el diálogo de Dios con los hombres…, contigo” (Forja, 322).

En este  Evangelio descubrimos cómo Jesús, escondido detrás del velo de un peregrino, comienza a dialogar con ellos, y en el diálogo va entresacando del corazón de los discípulos sus dolores y desconciertos. Todo con sencillez. Dirá San Josemaría: “Jesús es el camino. ¡Señor, que grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria (…) Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra” (Amigos de Dios, 313-314).

Tres enseñanzas importantes para la vida diaria: leer el Evangelio descubriendo lo que nos quiere decir Jesús; tratarlo en la eucaristía; hacer un constante apostolado de amistad. Como Cleofás y su compañero, presurosos, con la alegría de estar y trata a Jesucristo resucitado.

Gloria María Tomás y Garrido

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