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El don de la vida, «definitivo e inviolable» 

«Hoy, Fiesta de la Sagrada Familia, es día para anunciar de nuevo al mundo el Evangelio de la alegría: ¡la alegría del Evangelio de la Familia!». Con estas palabras arrancaba la homilía el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, partiendo precisamente de la columna vertebral de la primera exhortación apostólica firmada por el Papa Francisco. Así, el cardenal arzobispo de Madrid quiso repasar cómo este gozo se hace presente en las distintas etapas de la vida. De esta manera, apreció «la alegría del amor que ha madurado en la fidelidad del esposo a la esposa y de la esposa al esposo veinticinco, cincuenta y más años. La alegría del primer amor que surge en los corazones jóvenes como una primera llama que se enciende interiormente a través de la mirada y del conocimiento mutuo». A renglón seguido, Rouco Varela recordó además que «la alegría del amor matrimonial entre el esposo y la esposa llega a su máxima expresión cuando fructifica en el esplendor de los hijos, si ninguna causa inculpable lo imposibilita».

Pero, lamentablemente, no todo es alegría. «Son muchos los tristes y doloridos que encontramos a nuestro alrededor», reflexionó el cardenal, que justo después se preguntó, mientras traía al presente uno de sus libros de juventud, «Buenos días, tristeza», de Françoise Sagan: «¿Estaremos presenciando y viviendo un nuevo predominio social de la cultura de la tristeza?».

Su mirada a la sociedad actua, llevó al presidente del Episcopado a valorar cómo «no hay otro lugar de la experiencia y de la existencia humana donde se puede encontrar quien pueda consolar, aliviar, ayudar eficazmente y alentar animosamente a los enfermos crónicos, a los terminales, a los que han perdido el puesto de trabajo, a los desocupados sin expectativas de empleo en tiempo previsible, a los jóvenes que han embarrancado sus vidas en el alcohol, en la droga, en el sexo salvaje…».

Al ahondar en la crisis económica y moral en la que se encuentra tanto España como el resto del continente europeo, puso en valor cómo los hogares cristianos han sido ejemplo por «su insuperable e insustituible valor para la solidaridad y la paz social». En esta línea, alertó de que no sólo hay «circunstancias de extraordinarias contrariedades económicas, sociales y culturales con las que han de enfrentarse, sino con algo mucho más complicado y costoso humana y espiritualmente: un clima de opinión pública y de medio ambiente ciudadano en el que prima una concepción de la vida personal caracterizada por ”la transitoriedad”, como gusta expresarse el Papa Francisco». En este punto, el arzobispo de Madrid subrayó que «ni siquiera el don de la vida se entiende como definitivo e inviolable y, por lo tanto, tampoco, el don del amor».

Así, frente a esta «agobiante atmósfera intelectual y ”mediática”», tan «contaminada por una visión radicalmente secularizada del mundo y del hombre», Rouco Varela presentó una alternativa: «la luz y la fuerza de la fe para comprender totalmente, aceptar cordialmente y vivir gozosamente el valor natural de la familia constituida sobre el matrimonio indisoluble». A pesar de todos los obstáculos que se presentan, el cardenal puntualizó que «no se ha hecho imposible el modelo de la familia cristiana.».

A todas las familias españolas y europeas reunidas en la Plaza de Colón, insistió en que «la célula básica o primaria de la sociedad y de la comunidad política». Por eso, teniendo presente la llamada a la nueva evangelización que puso en marcha Benedicto XVI y que ha encontrado en el Papa Francisco un nuevo impulso misionero, aplaudió a las familias reunidas en la plaza de Colón al ser «fieles, valientes e incansables»: «Habéis venido unidas. Unidas en el interior de vosotras mismas por los lazos de un amor que es respeto, aprecio, cariño, entrega, donación mutua que no pide ni exige precio alguno, salvo el del amor».

Por eso, las invitó a «dar testimonio del Evangelio de la alegría con obras y palabras en nuestro tiempo». De esta manera subrayó que se trata de una «tarea y urgencia primordial de la familia cristiana. Sin su testimonio, sobre todo en esta hora crucial de la humanidad, la evangelización del mundo empalidecería y languidecería hasta su desaparición efectiva».

Por eso, exhortó a los presentes: «No tengáis miedo de seguir manteniendo abierto lo más íntimo de vuestros hogares al don precioso del Evangelio de la Sagrada Familia, al amor de María y José».

Así se detuvo en el centenar de familias que bendijo para ser enviadas a países de misión, pero también a territorios occidentales descristianizados: «Han recibido mucho del Señor y quieren darlo y comunicarlo a todos. Son unos testigos excepcionales de lo que es y de lo que significa el amor cristiano y el de compartirlo en plenitud». Un reconocimiento, al que se unió una petición extensiva para todos: «¡Sed familias misioneras!».

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