Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 15, 2019
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El espíritu de la Navidad 

—¡Alto ahí! ¡Quieta «pará»! ¡Arriba las manos! ¡La bolsa o la vida!…

Y la Navidad, que iba tan campante por el bosque, como una ingenua Caperucita Roja, en búsqueda del Sol Invictus, se encontró de golpe y porrazo sin vida: le habían robado el espíritu, el espíritu de la Navidad: un secuestro en toda regla.

Yo no sé usted, pero servidor está has dos centímetros más allá de cada pelo de mi cabeza de esta diarrea de anuncios navideños de la caja tonta, que cada día lo es más: anuncios de colonias, de perfumes, de turrón tal y mazapán cual, de adornos de la mesa para la cena de Nochebuena y las que fiestas siguientes, de delikatessen del mar, del cerdo bellotero o del cordero y cochinillo castellanos, de la decoración del Belén —¿será posible?, ¿del Belén he dicho?, ¡pues también!—, a lo que hay que sumar el barullo de las calles, las compras irrefrenables de regalos, los miles o millones de lucecitas de colores, privadas de significado, excepto el de sorprender al turista o viajero…, etc., etc. Y todo ello parea «vivir el espíritu de la Navidad».

Y yo me sigo preguntando de qué espíritu se trata, porque, aparte ser invisibles los espíritus, aquí lo que menos aparece es el espíritu de la Navidad: hace tiempo, años, que lo han-hemos convertido en un pelele, en un alfeñique de feria para titiriteros. Deben ser muy pocos, entre la multitud, quienes piensan que se celebra la Encarnación del Verbo eterno del Padre, el Logos divino, venido entre nosotros como un pobre más de todos los desterrados de todas las tierras y planes de gobierno: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Jesús Esteban Barranco

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