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El Espíritu Santo va donde es esperado, deseado y amado 

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“El Año litúrgico inicia con el Tiempo de Adviento, el camino que conduce a la Navidad, la festividad que celebra el nacimiento de Cristo. Es un período de luz que nos invita a meditar sobre la encarnación. Es un tiempo como decía Benedicto XVI que “hace despertar en los corazones la espera del regreso de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal”.

En este anual ciclo del tiempo litúrgico ¿qué tipo de novedades podemos escoger para vivirlas de manera nueva? Se lo hemos preguntado al padre Raniero Cantalamessa predicador de la Casa Pontificia.

“La novedad viene del Espíritu, porque cada año el Espíritu da vida nueva a las palabras que escuchamos, y que escuchamos en un contexto siempre nuevo. Por lo tanto, la Palabra de Dios es siempre la misma, pero cada vez, es nueva, porque cae en una nueva situación y porque el Espíritu Santo pone en luz nuevas implicaciones. En este momento la Iglesia está viviendo dos grandes temas:”la evangelización, que es el tema del Sínodo del año que viene, y luego el Año de la fe proclamado por Benedicto XVI. Así pues, ya el Adviento se presta para comenzar a dar un sentido concreto a este Año de la fe. Y en el centro del Adviento hay, precisamente, la fe de María, hay la fe de los pastores, la de los Reyes Magos. No se puede iniciar, pues, de manera mejor el Año de la fe que viviendo en plenitud el Adviento”.

¿Cómo predisponernos para vivir plenamente el tiempo de Adviento?

“La predisposición exterior es la de darnos un poco más espacio para el silencio, la oración y la contemplación. Los tiempos fuertes están precisamente para esto: para provocar una ruptura con el ritmo habitual de vida. Ciertamente no puede disminuir el esfuerzo, el trabajo, pero se puede disminuir el ruido de la televisión y de otras cosas, pudiendo entrar así en un clima de silencio y de mayor interioridad. Pero en lo profundo, quién decide, es la mayor o menor apertura al Espíritu Santo, porque es el Espíritu Santo el que es la presencia viva de Cristo. El Adviento tiene sentido en cuanto nos hace revivir la espera, la venida de Cristo. Pero quien nos hace que esté presente Cristo en la Iglesia, en la historia, es Él, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo descendió sobre María y el Espíritu Santo en este tiempo de Adviento debería venir a todos los cristianos. Él viene. Lo importante es que lo deseemos, porque como dice san Buenaventura: “El Espíritu Santo va a donde es esperado, deseado y amado”.

Esta es una espera que dura cuatro semanas ¿Cómo se desarrolla el recorrido de la misma?

“Dentro del Adviento, hay un camino de acercamiento que se intensifica. Al principio, por ejemplo, en la liturgia se escucha sobre todo a Isaías – los textos de Isaías – que anuncian el Adviento de la salvación desde lejos. Luego, la segunda y la tercera semana, la figura central es Juan el Bautista, que es ya el precursor, y por tanto hay un enfoque más cercano. El último domingo de Adviento está dominado por la figura de María y yo diría que el mejor compañero de viaje durante el Adviento es precisamente ella misma, porque ella ha vivido este tiempo como todas las madres en la inminencia del parto: con una interioridad, con una intensidad, y una ternura especiales. Por lo tanto, María, sin duda, nos puede ayudar a ir al encuentro de Cristo, no despreocupados, o sin amor, sino ir al encuentro de Cristo con el corazón, antes que con el tiempo”.
RV-ED

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