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El genocidio silencioso de Sudán del Sur 

La misionera religiosa de Jesús-María, Yudith Pereira. Foto: solidarityssudan.org
Sudán del Sur es el país más joven del mundo, y está en guerra desde su nacimiento. Antes de su independencia, los obispos locales pidieron ayuda a todas las congregaciones religiosas para crear las estructuras básicas del país. Decenas de religiosos misioneros están arriesgando su vida para formar a los futuros profesores, enfermeros, comadronas, agricultores y sacerdotes, a través de iniciativas como Solidarity with South Sudan. La misionera religiosa de Jesús-María, Yudith Pereira, es la directora asociada del proyecto, y desde Roma canaliza los recursos que reciben desde todo el mundo

Sudán del Sur ha estado en guerra prácticamente desde su nacimiento.

El Gobierno es militar, y el enfrentamiento empezó porque el presidente expulsó por corrupto al vicepresidente, que era de una tribu diferente. El conflicto étnico existe desde siempre, por la lucha por las vacas, que son la riqueza que hay que recuperar. Pero en este caso, un conflicto militar por poder, corrupción y dinero está derivando en temas tribales, y eso es muy serio. La gente actúa por venganza. Por ejemplo, en Yambio unos militares dispararon a unos chicos que iban en moto-taxi. Y los dispararon porque sí, solo por ser de otra etnia, que es la local. ¿Qué hizo entonces la etnia local? Fueron a donde vivían los familiares de los militares, que eran de otra etnia, y mataron a muchos. A parir de ahí se desencadenó una batalla. Es como una cadena de venganzas. No es porque se odien de por sí, es que les han matado y responden matando. Y eso es muy serio, es un genocidio silencioso.

¿Cómo nace Solidarity with South Sudan?

En 2005 y 2006, una comisión de superiores y superioras de varias congregaciones religiosas visitaron el país, respondiendo a una petición de los obispos, y conocieron de cerca la devastación. La gente se estaba desplazando desde el norte –donde estaban esclavizados– al sur, pero en el sur no había nada: ni hospitales, ni escuelas, ni iglesias. Era un país abandonado.

Habían sufrido mucho la guerra de Joseph Kony, de Uganda y del Congo, con lo cual la gente había huido al norte, y los del norte se aprovecharon.

Se plantearon qué cosas podían hacer que fueran eficaces y duraderas. Entonces, se decidió que en vez de escuelas y hospitales, era mejor crear las estructuras de formación de los futuros maestros, enfermeros, comadronas, y sacerdotes. Dada la magnitud de la tarea, las congregaciones se dieron cuenta de que no podían asumir los proyectos por separado, pero sí podían mandar a algún misionero especialista. Decidieron ir juntos, en comunidades intercongregacionales mixtas. En 2008 se formaron cinco comunidades a la vez. Se montaron dos escuelas de magisterio, una escuela de enfermería y comadrona, un proyecto agrícola, y una comunidad pastoral y logística en Yuba para asistir a la Conferencia Episcopal en lo que fuera.

¿Por dónde empezar?

Tuvimos que empezar por el personal de iglesia. La gente está traumatizada. Lo malo no es la pobreza material, es que la gente ha visto matar tanto, está tan destrozada por dentro, que la vida se ve con otro cristal. Es necesario recuperar a la gente, mantener esperanza, ayudarles a que hagan su proceso. Ahí se están invirtiendo muchas fuerzas, y muy lentas, porque uno viene y mata en cinco minutos, pero recuperarse requiere un proceso largo. Por eso, estamos formando a los coordinadores de pastoral diocesanos y a los catequistas para impartir talleres de reconciliación, paz y sanación de traumas.

¿Qué valoración hacéis de vuestro trabajo en estos diez años?

Ya está casi todo construido. Cada uno de los dos centros de magisterio, enfermería y formación de comadrona tienen unos 120 alumnos internos. Son adultos –algunos padres y madres de familia–, de todas las tribus mezcladas y viven en paz. Tienen que estar internos porque no pueden desplazarse a sus lugares. No hay carreteras, y hay que fletar aviones para mandarlos a sus casas, y no podemos hacerlo cada curso. Entonces, se acortan los cursos y no hay vacaciones. Entran, y salen ya graduados, con un título oficial reconocido.

¿Qué testimonio dais a los alumnos?

El hecho de estar juntas varias congregaciones es precioso. Se reproduce el cielo, con limitaciones humanas. Hay asiáticos, americanos, neozelandeses… De todo. Es bonito ver que congregaciones tan diversas somos tan iguales, y que el carisma de los cristianos es enseñar el amor de Dios a la gente. Además, evidentemente, tenemos en común la forma de vida. No te casas, no tienes otros compromisos, para dedicarte por completo donde otros no pueden estar. Y la gente que está, está tan contenta.

En un sitio donde hay un problema tribal por la diversidad, cuando nuestros alumnos nos ven, cada uno de un color, hombres y mujeres, reciben muchos valores. Ellos nos dicen que quieren vivir también estos valores. Esto se ve especialmente cuando ha habido conflictos en algunas ciudades, que nos han amenazado… Recuerdo en Yambio un mensaje de texto que ponía: «Esta noche entraremos y mataremos, si no nos entregáis a los doce dinkas que tenéis». ¿Qué hicimos? Pues turnos. No podemos dejar que les maten, que nos maten a nosotros antes, no vamos a entregar a nuestros alumnos. Y ellos nos dicen: «No dejaremos que os pase nada».

El Papa os apoyó en noviembre de 2016 con un donativo, y presidió la vigilia de oración que organizasteis en la basílica de San Pedro, en el Vaticano. ¿Cómo os conoció?

El Papa quería viajar a Sudán del Sur, pero no pudo venir. Entonces dijo que no quería quedarse lejos de la realidad, y buscó recursos para dar donativos. Creemos que un donante le habló al Papa de nosotros. Nos dieron la ayuda a través del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, y quisieron conocernos. Nosotros queríamos organizar una vigilia para rezar por Sudán del Sur y sensibilizar. Allí nos animaron a hacerlo, y a unir a la oración la situación de R. D. Congo, que tiene una problemática parecida. El Papa quiso presidirla y tuvo lugar el pasado 23 de noviembre.

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