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El Gobierno que yo quiero: mi nuevo decálogo 

Juan Sánchez Sánchez.

Numerario de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo

 El panorama electoral de nuestro país obliga a cambios profundos en los comportamientos de los partidos políticos. Personalmente nunca me han gustado las mayorías absolutas, que son excusa para las decisiones partidistas en lugar de la búsqueda del consenso y el pacto como caminos para el bien común. Ahora -y ya se está comprobando-  un nuevo modo de hacer política se impone. Pero será igualmente nocivo si se hace sólo desde el juego de las mayorías y no desde la búsqueda del encuentro y el respeto a las ideas de todos. Desde mi independencia política he dicho muchas veces que encuentro coincidencias en partidos distintos y jamás he entendido que los rodillos parlamentarios masacren buenas iniciativas por el hecho de proceder de un partido que no era el propio. Trabajar por la verdad y por el desarrollo armónico y respetuoso de la sociedad, desde valores humanistas, debe ser la máxima de quienes acceden a puestos de gobierno.

Desde este punto de arranque, me permito soñar con el Gobierno que me gustaría para España con este nuevo decálogo personal.

  1. Gobernantes al servicio del pueblo, huyendo de privilegios y de toda estrategia de financiación partidista y personal, que combatan la corrupción y ofrezcan signos de moralidad y justicia en el desempeño de su función.
  2. Los débiles y con menores recursos deben ser objetivo prioritario del Gobierno. Las personas que no tienen trabajo, que carecen de hogar, quienes se ven amenazados por un desahucio, los inmigrantes y refugiados…
  3. La vida es el primer valor a proteger. En este sentido, me parece fundamental que se ofrezcan vías de ayuda a las madres embarazadas que no pueden o no se sienten capaces de asumir la maternidad y que se hagan campañas para acoger o adoptar a esos niños. El aborto no es la solución.
  4. Potenciar una educación que promueva los valores de esfuerzo, encuentro, solidaridad y respeto. Se precisa una alta valoración hacia el profesorado, que influirá para que crezca el aprecio hacia los educadores por parte de la sociedad. En otro sentido, debe garantizarse la libertad de elección de centro por parte de los padres y el modelo de educación que deseen, siempre en sintonía con los valores constitucionales del Estado.
  5. Que el Parlamento se convierta en un referente de diálogo y no de desencuentro y de burla hacia las ideas del otro. Nos extrañamos que buena parte de la sociedad, especialmente los jóvenes, promuevan altercados y situaciones de falta de convivencia, cuando en las más altas instituciones del Estado se viven el desencuentro y el desprecio a las ideas del otro. Los comportamientos callejeros, las huidas de una sesión parlamentaria…no caben en el Congreso.
  6. Que el Gobierno esté dispuesto a fomentar la regeneración política, a no hacer uso partidista de las Instituciones, promover un cambio de la legislación electoral que sea más justa y representativa de la sociedad, apoyar la cultura del Pacto y el consenso desde el respeto, a no aprovecharse de la comunicación institucional y de los medios de comunicación públicos…Hay que pasar del estado actual de partitocracia hacia una verdadera democracia.
  7. Promover la igualdad de los ciudadanos en el Estado de las Autonomías. La actual Constitución garantiza esa igualdad pero en muchísimos ámbitos comprobamos que la desigualdad es hoy frecuente entre ciudadanos, entre localidades y entre comunidades autónomas en la prestación de diversos servicios públicos. La unidad de España no se rompe sólo cuando algunos territorios desean la exclusión sino cada vez que se producen políticas de desigualdad entre las personas y los territorios.
  8. Velar por la tolerancia religiosa. Respeto hacia los no creyentes pero también respeto hacia quienes profesamos un credo religioso. Personalmente, con partidos políticos con los que comparto muchos aspectos, su beligerancia con la Iglesia y con los creyentes no facilita la cultura del respeto y del trabajo en común. Vivimos en un Estado aconfesional, y debe ser así; pero las instituciones y los partidos políticos deben respetar escrupulosamente las ideas religiosas de los ciudadanos.
  9. Lucha contra la pobreza. El Estado debe garantizar unos ingresos mínimos hacia quienes están en situación de desempleo estructural y no recibe ya las prestaciones correspondientes. Pero ha de haber un consenso sobre el modelo a aplicar: es preciso apoyar a las familias y personas que viven una situación dramática por la falta de recursos, pero hay que hacerlo de forma que esta condición no promueva actitudes conformistas que propicien un modelo de vida basado en la economía sumergida. ¿Sería conveniente que a cambio de ese ingreso o incluso de esas prestaciones desarrollen unas labores de interés social?
  10. Fomentar la cultura, especialmente como expresión de crecimiento personal y no sólo como fenómeno de mercado. En este sentido, hay que vincular el modelo educativo con la formación de personas que tengan la imaginación, el desarrollo artístico, la creatividad como ocio alternativo al que la actual sociedad está ofreciendo especialmente a los jóvenes. Una sociedad que ame los valores del arte, de la música, del libro y la lectura, que se apoye en la información y el conocimiento como pilares de desarrollo personal y social. Y para estas funciones, vincular la Educación con centros culturales como museos y bibliotecas, generando espacios de educación no reglada, puede hacer crecer nuestra sociedad en una dirección más correcta que la actual.

Ya sé que no están aquí todos los aspectos que tiene que cuidar un gobierno. Pero yo enuncio mis prioridades. No soy economista ni experto en muchos temas. Pero cuando escucho discursos de investidura u otras intervenciones institucionales suelo echar de menos referencias a la mayoría de los ámbitos sobre los que yo he escrito. Ignoro quién será el próximo presidente del Gobierno de España y quiénes sus socios de gobierno. Pero, por esencia democrática, a quienes lleguen a la Moncloa yo les exijo que gobiernen con altura de miras, con deseos de construir y no de destruir, fomentando valores en lugar de sembrar sal y desesperanza; que realmente rijan los destinos de nuestro país desde una vocación de pactos y de encuentro y no caminen por sendas de división y de fractura de la sociedad.

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