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El hijo del otro: Un canto a la integración 

Título original: Le fils de l’autre . Dirección: Lorraine Lévy. País: Francia
Año: 2012.Duración: 105 min. Género: Drama. Interpretación: Emmanuelle Devos (Orith), Pascal Elbé (Alon), Jules Sitruk (Joseph), Mehdi Dehbi (Yacine), Areen Omari (Leïla), Khalifa Natour (Saïd).
Guion: Lorraine Lévy, Nathalie Saugeon y Noam Fitoussi; basado en un argumento de Noam Fitoussi.. Producción: Raphaël Berdugo y Virginie Lacombe. 
Música: Dhafer Youssef. Fotografía: Emmanuel Soyer. Montaje: Sylvie Gadmer. 
Diseño de producción: Miguel Markin. Vestuario: Valérie Adda y Rona Doron.
Distribuidora: Surtsey FilmsEstreno en Francia: 4 de abril de 2012.
Estreno en España: 6 de junio de 2014.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años.

 

En el Festival de Tokio del 2012 ha sido premiada como la mejor película y el mejor director; sin embargo, nos ha llegado a nuestras pantallas en junio de 2014. El argumento recuerda a la última joya del director japonés Hirokazu Kore-Eda, De tal padre, tal hijo, pues el origen del problema que se plantea en ambas películas es idéntico: el intercambio de niños en dos familias en el momento de su nacimiento. En ambas se hace un retrato humanista y observacional del desmoronamiento social y familiar que puede azotar a estas familias por esta severa negligencia médica. En ambas, además, queda patente que la paternidad y la filiación genéticas marcan a la persona y que su manipulación, aunque sea accidental, afecta a la identidad, con unas consecuencias que, según la educación y las circunstancias pueden canalizarse de un modo o de otro.

El film de Lorraine Levy no se queda, como en el caso del director japonés, en el cuadro familiar, sino que se expande hacia todo un pueblo y toda una etnia con su carga ideológica. No estamos ante dos niños, sino ante jóvenes con personalidades definidas y con planteamientos de su vida. De una manera conmovedora, la directora se atreve a evocar y escarbar el conflicto emocional de sus protagonistas: los chicos, sus padres, sus hermanos, sus amigos y, además, el conflicto palestino-israelí.

Lorraine Levy propone una visión optimista con este film, en el que transversalmente aparece una gran crítica social, ya que todos se ven envueltos en el conflicto surrealista de que tu hijo, o tu hermano, o tu padre, es tu enemigo; temores, vergüenzas y alegrías se ven reflejados en excelentes diálogos y actuaciones. El intento por alzar la voz de la aceptación, e incluso de la reconciliación en las dos partes implicadas va desarrollándose a lo largo de la película. Destaca en el recorrido del metraje la facilidad con la que se cambia el registro lingüístico, pues aparece el inglés, el francés, el árabe y el hebreo, que es también una manifestación de la ductilidad entre unos y otros, que, con un equilibrio digno de admiración se mantiene la tensión patriótica con el humanismo acogedor de la amistad y de los núcleos familiares.

confusión de bebés en el conflicto palestino-israelí 

 

La película comienza cuando Joseph se prepara para entrar en el ejército israelí y, por su grupo sanguíneo, se descubre que no puede ser hijo de sus padres. Se tramita la investigación llegándose a la conclusión de que, al nacer, hace dieciocho años, hubo un bombardeo en Haifa y una enfermera, en el intento de salvar a dos bebés, accidentalmente los intercambia; así Joseph, hijo de una familia palestina que vive en los territorios ocupados de Cisjordania, pasa a ser el israelí, y vivirá en Tel Aviv, mientras que Yacine, el israelí, pasa a ser el palestino. El rechazo, la duda, la pérdida de identidad, los prejuicios de raza y religión se erigen como espinosa barrera en sus vidas, y todos deberán intentar superarla a través de la comprensión, la amistad y la reconciliación en una atmósfera dominada por el miedo y el odio.

Dada la complejidad del conflicto palestino-israeli, la película nos parece valiente y sabe dar un enfoque adecuado al problema, sin entrar en disquisiciones políticas nada más que ante lo arraigado que está en estos pueblos, y por ellos en estas dos familias, la virtud del patriotismo. A su vez, los lazos de sangre no tienen porqué interponerse al defender los vínculos patrióticos.

En la película vemos cómo se desarrolla esa lucha entre lo que es permanente y la necesidad de nuevas actitudes de apertura ante la realidad que se presenta. Se disfruta de una historia que no cede a lo lacrimógeno, también por la elegancia y la habilidad de los protagonistas. Las interpretaciones son desgarradoras, e introducen al espectador en una lección irresistible de magnanimidad y de cercana tolerancia, pues cada protagonista tiene una lucha interior enorme consigo mismo y una maravillosa sensibilidad para ponerse en el lugar del otro. Por ejemplo, el hermano “palestino” (en realidad israelí) que ayuda a vender helados. El ”israelí” (en realidad palestino) que posee la sensibilidad musical de su verdadero padre y es capaz de cantar en un momento de gran tensión. El beso furtivo de una madre a su auténtico hijo. El abrazo del no padre a su hijo palestino, diciéndole que siempre será su hijo. En definitiva, la evolución de los personajes ante la nueva situación desvela lo mejor de la personalidad de cada uno. Así dirá Yacine: “Yo soy lo que soy y lo que quiero”. Son personajes reconocibles, que palpitan de vida y de verdad. Es sorprendente cómo la directora y coguionista logra introducirse en la intimidad de estos chicos cuando deciden conocer su auténtico pueblo, y cuidadoso respeto ante lo que parece nuevo, pero cuyas íntimas raíces desconocidas, también afloran. Y nunca, en los protagonistas, se ve muestras de rechazo ni a lo otro ni a los otros.

un guión con múltiples reflexiones

 

Lorraine Levy expone la situación, sin elección, para que el espectador tenga su propia visión y asimile la nueva realidad de dos familias inocentes que no tienen la culpa de lo sucedido. Con un margen de acción y opinión muy amplio para el público es rodada con gran acierto, exhibiendo dos culturas enfrentadas que confraternizan por causas ajenas a su propia voluntad. Entretenida e instructiva, de varias y diversas lecturas es, como expresa uno de los protagonistas y que resume muy bien lo que se pretende evidenciar: “Isaac e Ismael, los dos hijos de Abrahán”. El problema para Joseph será cuestionarse su judaísmo principalmente. Mientras que para Yacine, un poco más abierto, su nueva identidad es quizás más un puente que un problema.

El tema de las relaciones entre Israel y Palestina, que se prolonga durante décadas y cuyo resultado es aún incierto ya ha sido tratado en el cine (por ejemplo, Paradise NowThe Bubble o Los cerdos tienen alas); pero en la película que comentamos hay una acción claramente reparadora que aboga por la paz, y que, al plantear el problema, observa, muestra y acompaña las reacciones de cada miembro de estas familias; muy particularmente, nos ayuda a ver la actuación de ambas madres, dispuestas a integrar, acoger, abrazar, disculpar y muchos verbos más a sus hijos, el natural y el recibido.

Este film apela a la sensibilidad y al gran tema universal que es la aceptación del otro. Hay que alabar la sutilidad y entereza que se muestra en todo el metraje, la cámara sigue a los personajes principales con gran sigilo pero observando sus miradas y movimientos. Quizás se puede definir El hijo del otro como un drama intimista en el que interviene la cultura y religión, y en el que se defiende el lugar del amor y de la propia identidad personal.

Gloria M.ª Tomás y Garrido

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