Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 18, 2019
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El hombre radio 

Sorprende ver cómo a lo largo de la historia muchos hombres han defendido sus ideas por encima de todo, incluso de su propia vida y/o la de los demás. Yo, sin ir más lejos, creo que lo mejor que tienen las ideas es que se van o, mejor dicho, que se olvidan.

Reconozco públicamente que soy un ignorante en muchas materias. Por ello, me niego a adjudicarme cosas que no son mías y, mucho menos, a poner las ideas por encima de la vida propia y/o la de los demás. Realmente, ¿de quién son las ideas?

Confieso que la mayor parte de las ideas que “tengo” las he aprendido por ahí, o bien, las he oído, las he leído, me las han contado y algunas las he deducido fruto de la observación. Pero incluso de estas últimas tampoco puedo decir que son mías; estaban ahí y mostraban una ley o una mecánica que existía antes de que yo me diera cuenta. Quiero decir que las leyes no eran de Newton, de Pitágoras, de Einstein, o de fulanito. Ellos simplemente descubrieron algo que ya estaba ahí y nos lo enseñaron a los demás.

Las ideas se cogen de aquí y de allí dependiendo del lugar, tradición, momento o influencias que uno recibe. De pronto, las hace suyas, como si fueran parte de la propia persona. Es exactamente igual que el que se pone una vestimenta para tapar su desnudez y llega a pensar que su ropa es parte de su cuerpo.

Y así vemos como la gente viste siempre con las mismas ideas ya gastadas y descoloridas. Incluso me atrevería a afirmar que, al igual que la moda, todo el mundo va con el mismo tipo de ideas, aburridas y aprendidas en los mismos sitios, pero, eso sí, dispuestos a defenderlas “a muerte”. Resulta doloroso ver cómo defender ideas (como las propias del Nazismo o el Comunismo en Rusia y otros países) ha causado millones de muertes en el siglo pasado.

Las ideas vienen a ser lo más parecido a las emisoras de radio; el hombre sería un aparato receptor capaz de captarlas. Un gato no podría captarlas porque no tiene acceso a esas frecuencias por la configuración de su mente; solo la mente humana es capaz. Así, el “Hombre Radio” capta emisoras de aquí y de allí (emisoras que otros hombres también captan), y acepta o rechaza aquellas que le gustan o convienen para “vestir” su supuesta personalidad.

Pero las ideas son en el mundo sutil lo que las herramientas son en el mundo físico. Es  decir, uno debería utilizarlas y dejarlas hasta que fueran necesarias de nuevo. Así por ejemplo, yo utilizo ideas de Newton, de Manning y otros físicos en mi trabajo; pero, cuando lo termino dejo las ideas para otra ocasión y procuro no ir cargado con ellas, como un carpintero utiliza el martillo o el serrucho y lo deja cuando acaba su trabajo.

Sin embarg, muchas veces cargamos todo el tiempo con “nuestras” ideas de forma que se convierten en una pesada carga que llevamos siempre encima, como si un carpintero llevase todo el día encima el martillo, el serrucho, la escuadra, la lima etc, como para demostrar que, antes que un hombre, es un carpintero, o un ingeniero o un filósofo, o un político o cualquier otra cosa.

Y así el “Hombre Radio” se siente como un ente pensante al que le ocurren cosas y cree ser una mezcla entre sus experiencias del pasado y sus ideas actuales; hecho en parte a sí mismo y olvidado de su verdadera naturaleza divina a imagen de su Creador.

Y de esta forma, el “Hombre Radio” (creyendo ser sus ideas y sus acontecimientos) crea su mundo propio que piensa cada día: pensándose a sí mismo cada mañana, pensando a los demás y a todo, juzgando lo que es bueno o malo en función de “sus ideas”, sin ver el mundo real que Dios le ha dado, ocultado de Dios y alejado del Paraíso. Vive en un mundo onírico creado por él, donde él es el máximo protagonista, por encima de Dios y de sus hermanos.

Y ésta y no otra es la vida que Jesús dijo que un hombre debía perder para ganar la vida eterna…”la vida propia”.

Afortunadamente, hombres sabios de todas las tradiciones (conscientes de este problema) han dado fórmulas para poder aliviar la carga mental del hombre, a través de la meditación, la contemplación y la Oración.

Pienso que no es casualidad que la primera petición que se hace en la Oración que Jesucristo nos enseñó sea ”Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, que para mí muchas veces es como decir que deje ya todas “mis ideas”, mi aburrido mundo particular y alivie mi carga, para que solo Tú, Dios mío, gobiernes mi vida y pueda ver la realidad: el Paraíso que nos has dado.

J.J. Prieto Bonilla

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