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El “homo oeconomicus” y la calidad de vida 

Desde hace tiempo se ha plasmado un nuevo concepto de hombre que pone el acento en las circunstancias, según aquello de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Sin embargo, hoy día éstas son casi siempre de orden económico, ya que la economía lo acapara y envuelve todo, de tal manera que parece que cuanto rodea al hombre únicamente empieza y acaba por ella.

De hecho, si nos fijamos, el hilo general de nuestras conversaciones tiene como fondo común algo económico: el bajo sueldo, el costo de la cesta de la compra, la subida de las hipotecas, y un largo etcétera. El trajín diario de nuestras vidas está inmerso en el dinero, el trabajo hunde sus antiguas raíces en la producción y búsqueda del dinero para poder vivir; nuestras relaciones sociales están respaldadas por algún elemento económico, nuestras vacaciones y ocio se apoyan en el dinero; las guerras se originan, se ganan y se pierden por dinero; la política se convierte en muchos países en caldo de cultivo de numerosas corrupciones, hasta casi institucionalizarse hipócritamente el robo; la gran banca y la bolsa siempre salen adelante a costa de empobrecer a muchos; el deporte se mueve por dinero —¿o es que acaso el fútbol o la Fórmula 1, por ejemplo, no se han convertido en un gran negocio? —, y así sucesivamente.

el progreso técnico sin medida: cuánto más libre, más esclavo

De la misma manera que se fue pasando del antiguo “homo erectus” al “homo sapiens”… y más tarde se habló del “homo faber”, del “homo politicus” e incluso del “homo ludens”, en los últimos años también se ha acuñado el modelo de “homo oeconomicus”.

Con este término se hace referencia al prototipo de hombre que sustancialmente persigue alcanzar la tan deseada calidad de vida. Es fácil hacernos creer que el progreso técnico llevará al hombre al nuevo paraíso de la paz y de la felicidad, alcanzando por ello una calidad de vida envidiable. ¿Envidiable por quién y para quién? ¿Por los centenares de millones de seres humanos que malviven por todos los continentes, exceptuando unos pocos países, meta de continuas “pateras” o medios de transporte polivalentes y flujos de migraciones que se prospectan imparables?

Cualquier experto en demografía nos podría demostrar sin dificultad, con las estadísticas en la mano, que, por ejemplo, una familia numerosa es una lacra para una sociedad moderna y estable, ya que evidentemente si sólo hay arroz para cien personas, no pueden comer doscientas. Pero lo que ocultan y no cuentan es que sigue siendo igualmente evidente —aunque a estos expertos neomaltusianistas no les quepa en la cabeza— que si esas cien personas, en vez de consumir un kilo cada una, comen medio kilo, entonces sí comen las doscientas personas.

Soy consciente de que ante este argumento automáticamente rebatirían: ¿dónde está entonces la calidad de vida de los cien primeros? A lo que yo les volvería a preguntar: ¿y dónde la calidad de vida de los cien segundos? o, más bien, ¿qué hacemos con ellos?, ¿los quitamos de en medio con fórmulas muy estudiadas y dirigidas, y hasta ensayadas por diversos movimientos políticos en la historia, que todos conocemos y, no por eso, nunca desechadas, sino que las repetimos, las volvemos a instaurar y las revitalizamos?

por una calidad de la minoría que desbarata la vida a la mayoría

Desgraciadamente en nombre de la calidad de vida nos fabricamos un cúmulo tal de necesidades —evidentemente para estar al día con la técnica y el progreso— que para satisfacerlas no dudamos en vender torpe y estúpidamente nuestra dignidad.

Somos capaces de estar pagando durante cuarenta o cincuenta años la hipoteca de nuestro piso hipotecando a la vez la dignidad de nuestras vidas en pro de la cancelación gradual de las deudas: toda una vida sacrificada en aras de la economía. Sin duda hemos vendido así nuestra dignidad por un plato de lentejas, llamando a eso calidad de vida porque vivimos en un piso “decente y cómodo”, cuya compra nos ha acarreado multitud de sinsabores, noches de insomnio, disputas familiares, malhumor desmedido, descuidos graves en la educación de los hijos y, cómo no, gratuitas fases de depresión.

Tan verdad es que mi vivienda es decente y cómoda como indecente e incómoda es mi vida. Por fin tengo un considerable estatus económico y, en la misma proporción, un alto grado de vida “indigna”, es decir, sin la auténtica calidad de vida, no la que proclama a voces la sociedad del consumo y que no es más que una servidumbre, sino aquella que en verdad dignifica al hombre.

Tan indigna es la mísera vida del chabolista ramplón marginado como la de esa clase media donde la carrera por alcanzar el título de “homo oeconomicus” la ha convertido en pasto abundante de vampiros que les chupan la sangre, y tiburones financieros sacamantecas que los devoran poco a poco con sus hipotecas y sus necesidades ficticias. Su vida es una auténtica esclavitud, un enorme engaño donde el vivir, tanto del chabolista como del que se jacta de su flamante casa, es más bien un sinvivir.

pedir la vida a quien conduce a la muerte

Indudablemente la doctrina radical y sin ambages del Evangelio —“No se puede servir a dos señores: a Dios y al dinero” (Mt 6,24)— resuena como un trallazo en todas las mentes eximias del mundo de la economía. Desgraciadamente prefieren ignorar la vaciedad que provoca estar asentado sobre el dios dinero (cfr. Jn 2,16 y 5,19), al que idolatran y adoran hoy día con tanto culto y devoción, como el que adoraban nuestros antiguos predecesores al dios Sol o al becerro de oro.

Supongo que a todas esas mentes eximias del mundo de la economía les puede resonar como un trallazo la doctrina radical y sin ambages del Evangelio: “No se puede servir a dos señores: a Dios y al dinero” (Mt 6,24), porque todavía no han aprendido que todo el mundo está asentado sobre el dios dinero (cfr. Jn 2,16 y 5,19), al que idolatran y adoran hoy día con tanto mimo, culto y devoción como el que ellos mismos reprochan a nuestros antiguos predecesores que adoraban al dios Sol o al becerro de oro: ¡Pero qué tonto del haba es el hombre que va al campo, corta un trozo de madera y con su navaja habilidosa —como un mago de las finanzas (ingeniería financiera la llaman hoy)— se fabrica un idolillo; y, ante lo bien que le ha quedado ese muñeco, se postra a sus pies y musita: “De ti me viene la vida”! Así más o menos lo contaba y ridiculizaba hace ya tiempo el libro de la Sabiduría (13,10-19).

Menos mal que el Señor, en el Evangelio, de un plumazo desbarata y echa por tierra la antigua y nueva pretensión de construirnos nuestra torre de babel, apoyarnos en ella y consolidar nuestra vida a su sombra: “De qué le servirás al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16,26).

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