Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
  • Siguenos!

El instante divino 

La conversión, o lo que es lo mismo, la vuelta a Dios casi siempre ha sido un proceso largo, difícil y misterioso. Al hombre caído en la gran mentira del demonio le es imposible por sí solo deshacerse de tamaño enemigo. Y solo con ayuda de la gracia de Dios puede liberarse de tan formidable adversario y volver a la casa del Padre, de la que salió y hacia la cual todo hombre suspira y anhela, como decía San Agustín.

La conversión (metanoia en griego) es una transformación profunda del corazón y la mente hacia Dios. Por lo tanto, además de ser el punto central de la Buena Nueva, el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado —kerigma— está en la esencia de la fe cristiana (Lc 24,47).

Este proceso de conversión fue largo y difícil para los primeros discípulos, a pesar de haber visto con sus propios ojos los milagros y portentos de Jesucristo. Ya en las bodas de Caná se dice: “…así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11). Solo la acción misteriosa y fuerte del Espíritu Santo fue capaz de cambiar su corazón y su vida de una forma repentina, como sucedió en Pentecostés. A partir de ahí, la vida y el anuncio de los apóstoles experimenta un cambio total y comienzan las primeros anuncios kerigmáticos, con una invitación apremiante a la conversión tal y como se ve en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los que escuchaban su primer discurso, conmovidos en lo más profundo de su corazón, preguntaban con ansia: ‘¿Qué es lo que tenemos que hacer?’. Pedro respondió: ‘Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo’” (2, 37-38).

Es a partir de ese momento cuando la primitiva Iglesia, dándose cuenta de la importancia de este proceso, procura dar a este camino de conversión una estructura idónea para ayudar a los nuevos y numerosos convertidos de los primeros siglos. Así se inicia lo que se llamó el Catecumenado, un camino de conversión para llegar al bautismo.

una gran llamada merece una gran respuesta

El cristianismo, pues, desde el principio ha suscitado conversiones a su alrededor en la vida pública de Jesús, en la primitiva Iglesia y después hasta hoy día. Muchos de estos casos son conocidos porque han quedado reflejados en los mismos evangelios, y otros muchos a lo largo de la historia por los testimonios que los mismos conversos han realizado. Son célebres, por ejemplo, los escritos de San Agustín, quien de una manera magistral relata su conversión en el libro de las Confesiones. Más tarde lo hicieron —directa o indirectamente— santos como San Francisco de Asís, Santa Teresa, San Ignacio de Loyola, etc., y posteriormente muchos escritores y filósofos como Frossard, Edith Stein, Chesterton, García Morente, etc.

Es evidente que cada caso, cada historia, cada vida y cada persona son distintos. Por lo tanto, cada proceso de conversión también lo es, y la pedagogía de Dios con cada uno es diferente. Algunos llegan a Cristo por la razón y hay quienes lo hacen por el corazón; quienes encuentran a Dios después de una crisis existencial, y quienes lo alcanzan sin turbulencias interiores. Algunos abrazan la fe tras un dilatado proceso de búsqueda y en otros, el cambio se produce de manera repentina. Son esta últimas conversiones, súbitas y sorprendentes, las que llaman sumamente la atención por su “originalidad” y misterio. Conversiones en las que Dios aparece de repente, en un instante de la vida, como una mercabá, arrastrando a su paso a toda la persona.

Ya en el transcurso de la vida del mismo Jesús aparecen este tipo de conversiones, donde el Espíritu de Dios se inserta en un instante, como un rayo en la vida del hombre. Recordemos a la samaritana, al centurión romano, a Zaqueo, etc. En un instante, su vida da un giro de 180 grados y todo el mal que habían hecho se transforma en bien. Recordemos al mismo Pedro; bastó una mirada de amor y misericordia de Jesús en el palacio de Anás para darse cuenta de quién era Jesús y quién era él. Las lágrimas que derramó en aquel momento son uno de los primeros frutos de la conversión, “lágrimas de arrepentimiento“. Precisamente la palabra metanoia tiene en su origen esta acepción de gemir, llorar.

No podemos olvidar tampoco el caso único del buen ladrón, convertido cuando estaba al borde de la muerte en la cruz, junto a Jesús. Podríamos decir que es con toda seguridad el primer canonizado en vida. Y cómo no recordar la conversión de San Pablo: Iba Saulo “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor… y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’. Dijo: ‘¿Quién eres, Señor?’. ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues’” (Hch 9). Sobra decir cómo fue su vida después de esto.

si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a su casa

Este mismo tipo de conversiones fulgurantes se ha repetido en muchas ocasiones: San Agustín, por ejemplo nos relata cómo fue su conversión, y nos deja testimonio del lugar y momento exacto: «en el jardín de su residencia de Milán, cuando oye la voz de un niño que le dice toma y lee» (Confesiones, Cap.8). Su vida disipada y pagana cambió totalmente desde entonces. Año más tarde, algo parecido sucede con San Francisco de Asís, en la conocida “noche de Spoleto”. De repente, en aquel sitio siente cómo su vida tiene que cambiar y vuelve a Asís, renunciando a su vida caballeresca. Lo mismo le ocurre a San Ignacio de Loyola en la ciudad de Manresa, cerca del santuario de Montserrat, donde tuvo la experiencia espiritual definitiva en la noche del 24 de mayo de 1522, después de toda una noche en oración, según cuenta en su autobiografía.

Son muchos los testimonios de personajes conocidos: políticos, escritores, filósofos etc. que vivieron esta sorprendente y súbita experiencia de sentir la irrupción de Dios en sus vidas, sin pretenderlo, sin buscarlo, sin conocerlo siquiera y en un instante: Paul Claudel, gran poeta y dramaturgo francés nacido en 1868 cuenta en su libro Mi conversión, cómo el día de Navidad entró por mera curiosidad en la catedral de París. Se situó cerca del segundo pilar a la entrada del coro, “cuando de repente me vi embargado de lágrimas y sollozos, acompañado por la ternura del canto del Adeste, Fideles. Entonces, se produjo el acontecimiento clave: en un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda. De modo que todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios. ¡Es cierto! Dios existe”.

Algo parecido le ocurrió a André Frossard, pensador francés y ateo. Cuenta en su libro Dios existe, yo me lo encontré cómo “habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra… y una alegría inagotable. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, volví a salir, algunos minutos más tarde, católico, apostólico y romano”.

Experiencias parecidas se podrían contar muchas: ¿Cómo es que Edith Stein, judía de nacimiento, brillante filósofa, acaba siendo carmelita descalza y canonizada por la Iglesia? Todo ocurrió un día, mientras leía unas páginas de la vida de Santa Teresa…, o Narciso Yepes, gran músico y guitarrista español, una mañana de mayo sobre un puente del Sena: “En un instante, todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía… Mi respuesta fue inmediata. Entré en la iglesia más próxima y hablé con un sacerdote durante tres horas… Es curioso, porque mi desconocimiento era tal que ni me di cuenta de que era una iglesia ortodoxa…”.

Tenemos más ejemplos, como el de la Madre Teresa de Calcuta convertida a su nueva misión con los pobres exactamente durante un viaje en tren de Calcuta a Darjeeling. Y García Morente, filósofo español, agnóstico, cuenta también cómo fue su conversión en una noche del abril de 1937. Morente llamará más tarde a esa experiencia “el hecho extraordinario”: “ocurre algo especial, un efecto fulminante en mi alma y acepto que es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo, esa es la Providencia viva”.

Charles de Foucauld, fundador de los hermanitos y hermanitas de los pobres, una mañana de octubre de 1886 fue a la iglesia de San Agustín y su vida cambió para siempre. Vittorio Messori, gran periodista italiano y autor entre otros libros de Cruzando el umbral de la esperanza sobre Juan Pablo II, y el Informe sobre la fe sobre el Cardenal Ratzinger, dice sobre su conversión que leyendo un día casualmente el Evangelio que tenía en su biblioteca: “un objeto desconocido y que nunca había abierto, porque pensaba sin más que formaba parte del folklore oriental, del mito, de la leyenda, sucedió… fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de aquel texto fue algo que todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena dedicar la vida, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una persona, con Jesucristo; y, después, con la Iglesia”.

un “flechazo” para la eternidad

La gracia de Dios tiene una hora de entrada en la vida y un lugar concreto. Precisamente allí, junto a una columna de Notre Dame de París, en un puente sobre el Sena, en un campo de concentración, en una iglesia… Allí, donde lo eterno y lo temporal se entrecruzan. Es “el instante divino”, momentos transcendentales en los que conocer a Jesús cambia nuestra existencia. “En un instante, en un pestañear de ojos…” hay un antes y un después.

Esto fue así para ellos y ha sido así para tantas personas que en un momento dado, en un instante se han encontrado con Jesucristo. La importancia de este instante divino queda grabado en el corazón del hombre para siempre, como les pasó a los primeros discípulos, quienes muchos años después todavía seguían recordando la hora exacta cuando ocurrió: “Eran alrededor de las cuatro de la tarde…” (Jn 1,39) o en el encuentro con la samaritana: “Junto al pozo de Jacob y alrededor de la hora sexta” (Jn 4,6) .

Porque conocer a Jesús no es una curiosidad. No es un fenómeno cultural como podría serlo cualquier acontecimiento histórico. Es algo que cambia nuestra vida y no nos es, por tanto, indiferente. Con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia: que Colón descubriera América en nada cambia el sentido de mi vida. Que Einstein formulara la Ley de la Relatividad no moverá hoy a un solo ser humano a cambiar su vida en absoluto. Pero el encuentro con Jesús no solo cambia la historia del hombre, sino de la humanidad entera. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida».

Así es para tantos convertidos. Momentos en los que de diversas maneras y circunstancias Dios incide y entra en nuestras vidas y nos vemos “arrollados por la gracia”, como decía A. Frossard . Momentos que pueden resumir y dar sentido a toda una existencia… Es “la hora” de la que habla Jesús, en la que el cielo se junta con la tierra, en la que Dios se hace hombre y planta su tienda junto a él. Es el instante divino.

Valentín de Prado 

Añadir comentario