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El insufrible reproche moral 
29 de Agosto
Por Francisco Jiménez Ambel

Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras, que te lo daré”. Y le juró: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?”. La madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”.  Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al Rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”. El rey se puso muy triste; pero, por el juramento,  y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro” (San Marcos 6, 17-18. 21-29).

COMENTARIO

Tengo para mí que, demasiadas veces y con demasiada insistencia, hemos transitado desde la “sagrada Moral” al despectivo “moralismo”,  y, naturalmente, aquella y este existen. Pero lo preocupante es comprobar como el miedo a ser etiquetados  anula, de hecho, la Moral. No interesa ya el juicio moral, importa aplastar de raíz el reproche; y tenemos una palabra para ese fin, moralismo,y sus derivados; el moralista y la moralina.

Si el rey quiere convivir con quien le de su “real gana”, ¿quién es un vulgar predicador vestido de piel de camello, para afeárselo? ¿Acaso ha protestado su hermano, Filipo? ¿No está consolidada la convivencia familiar con Herodías hasta el punto de que su hija irrumpe en la fiesta de cumpleaños y baila ante el rey? ¿Es contra su voluntad que la mujer convive afectiva y efectivamente con su cuñado? ¡Que se calle de una vez y deje de incordiar! ¡A la cárcel y encadenado! Así aprenderá a respetar las decisiones del rey.

Está previsto todo en las escrituras: “Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación” (Sb 2 12). Herodes, al encadenarlo -aun a su pesar – se está ateniendo al guión; tender lazos al justo.

Eso mismo ocurrió en grado sumo con El Justo, y Jesús sufrió las terribles consecuencias de decir la verdad. (“Y qué es la verdad?” retó cínicamente Pilatos). Y a lo largo de los veinte siglos de la Historia de la Iglesia no ha dejado de suceder. El relativismo y el relativismo moral dominan la escena.  La sobresaliente figura de Tomas Moro, en un parecido asunto matrimonial, como le ocurrió al arzobispo disidente John Fisher, tuvo el mismo desenlace; decapitación. De amigo, o admirador, a enemigo mortal solo media un “un enfrentamiento con el poder” en materia sensible.

Por encima de los intereses – explicación marxista -o de la libido- explicación freudiana- o de la glorificación de la experiencia –explicación existencialista- o de la exaltación de la libertad autodefinida -explicación de la posmodernidad- , por encima de todo, lo que se hace insufrible es que alguien venga a decirme en mi cara que lo que hago está mal. Eso, el reproche moral, es lo único que no se puede “tolerar”. Ese tal atrevimiento se hace merecedor de su propia condena. Y así siguen las cosas. Por eso esta palabra y este desenlace son actuales, para hoy mismo.

Herodes ya había quitado de en medio a El Bautista, pero Herodías seguía reconcomida por su conciencia. La hija, en el cumpleaños del amante de su madre, había triunfado en el parámetro de la “deseabilidad social” (tuvo muchos “seguidores”) pero no sabía explotar el triunfo, qué se podía sonsacar a un rey rendido a sus encantos. Y busco a su madre. A partir de entonces todo ocurre aceleradamente, con prisa, impulsivamente, sin dar ocasión a la más mínima reconsideración. Herodías, ausente de la fiesta, lo tenía muy pensado: “La cabeza de Juan el Bautista”. La danzarina, acelera: “…enseguida, a toda prisa…”…”quiero que ahora mismo me des en una bandeja…”. Apremiado a la evidencia, estando en juego su poder, Herodes “Enseguida le mandó a uno…”. Y la “cadena de custodia” está perfectamente narrada; el verdugo trajo la cabeza y se la dio a Herodes. Herodes a la joven. Y la joven a su madre, instigadora del plan. Los discípulos de Juan, al parecer numerosos, se ocuparon de darle sepultura.

Juan había firmado su sentencia de muerte al decirle al rey Herodes lo que no le era lícito. Lo mismo le ha ocurrido a muchos santos conocidos o por conocer, en materia de castidad o integridad del matrimonio. La relación sería incompleta. El problema es que la lista “está incompleta”, vendrán nuevos Herodes, que por el juramento o los invitados (léase “opinión pública”) decapitarán a quienes osen decir lo que es ilícito. No se conformarán con la cárcel y las cadenas; pedirán en una bandeja la cabeza. El mal siempre tiene una cuenta pendiente con los anunciadores de la verdad. La Verdad misma, la que nos hace libres, ya lo sufrió. “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15 20).

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