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EL MESÍAS DE DIOS 
28 de Septiembre
Por Horacio Vázquez

“Una vez Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (San Lucas 9, 18-22).

COMENTARIO

Esta secuencia evangélica de Lucas está llena de contrastes. Los doce regresaban felices de su primera misión apostólica proclamando el reino de Dios, y Jesús los toma con él y se retiran a solas a algún lugar de los alrededores de Betsaida, la patria de Pedro y Andrés. Jesús quiere estar con ellos y escuchar de sus labios las sensaciones de aquel viaje, aclarar sus dudas, y reafirmarlos en la santidad de su misión, pero la gente los sigue, y Jesús acoge a toda aquella muchedumbre hambrienta de su verdad y su palabra, les habla del reino, los cura de sus enfermedades, y luego, con los cinco panes y dos peces que tenían sus discípulos en las alforjas, les da de comer a todos, más de cinco mil contando solo los hombres, “y todos comieron y se saciaron”.

Ahora, el evangelista, después de todo aquel ajetreo, nos presenta a Jesús orando en la intimidad junto a sus discípulos. Nos dice Lucas que Jesús “oraba solo”, y que “los discípulos lo acompañaban”. Jesús oraba al Padre junto a los suyos. Y en momento determinado, interrumpe su oración, levanta la cabeza, los mira, y les pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Los discípulos le responden con lo que habían oído: que si era Juan el Bautista, que si Elías, o alguno de los antiguos profetas. Pero Jesús les formula una pregunta más directa: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y Pedro se adelanta a todos y responde: “El Mesías de Dios”. Mateo recoge esta confesión de Pedro con mayor vigor en 16,16, y pone en sus labios: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

No es la primera vez que Jesús escucha esta confesión de los suyos, pues Pedro, en el mismo momento de su elección, después de la pesca milagrosa, tirado en el fondo de la barca que luego quedaría abandonada en la arena de la orilla, ya le había dicho: ”Señor apártate de mí que soy un pecador” (Lucas 5,8), y Bartolomé, cuando Felipe lo presenta a Jesús, confiesa emocionado: “Rabí, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Juan 1, 49), y Juan y Andrés, después de su encuentro con Cristo, le dicen a Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Juan 1, 41).

Pero en esta ocasión, después de la declaración de Pedro, Jesús les “prohíbe terminantemente” decírselo a nadie, y es que los judíos no esperaban a un “Mesías Hijo de Dios”, sino a un “mesías hombre” que los libraría de la servidumbre romana, y con esa connotación, no era conveniente proclamarlo ante el pueblo.

Pero Jesús les da otra razón, para ellos más inverosímil y  contradictoria, pues les dice: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y tan duros anuncios, aún luego repetidos hasta tres veces, no tuvieron cabida ni en el corazón, ni en la mente de los apóstoles, e incluso, provocaron una dura respuesta de Pedro ante su Maestro.

Sí, Jesús es el Mesías, pero ellos aún tardarán en comprender, porque la redención del hombre tendrá el precio más alto, un precio que solo puede pagar Dios, y que ya se anuncia, es el escándalo de la Cruz, incomprensible para los hombres.

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