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El Misterio de la Cruz – Volver a Casel 

La mejor recensión de un libro, si está bien hecha, suele estar en el prólogo del especialista que lo presenta. Es el caso del presente libro de Odo Casel, “El Misterio de la Cruz”, cuyo preámbulo “Volver a Casel” creemos que es una excelente recensión-presentación de esta obra. Es indiscutible el influjo de su autor en la reforma Litúrgica antes y después del Concilio Vaticano II. Buenanueva extraer los párrafos principales de dicho preámbulo, que, por sí solo, expone y sintetiza la profundidad del Misterio y del Misterio de la Cruz, obra desempolvada después de hace más de cincuenta años que vio la luz por vez primera.

La esencia de la doctrina del misterio

Los misterios del culto se actúan ante todo en la celebración, del mismo modo que las imágenes del arte sacro cristiano nos permiten percibir la presencia del misterio que tiene que ser celebrado.

Toda la liturgia proclama el carácter mistérico del culto cristiano. La liturgia, de manera recurrente, se refiere a los «mysteria, sacramenta» que celebra. La Iglesia ha utilizado muy a menudo y con mucha generosidad esta terminología que gira en torno al misterio, porque consideraba su propio culto como un auténtico «mysterium».

En su estudio de las oraciones romanas, Casel llamó la atención sobre el hecho de que muchas de ellas presentaban el binomio «actio-effectus». Lo interesante, en este caso, es que, según él, el «effectus» no significaba simplemente el efecto del sacramento, sino la realidad contenida en el mismo bajo el velo de los ritos, es decir, lo que la acción externa simboliza y logra que sea realidad invisible, presente y operante.

Estudiando la terminología que hace referencia a los misterios, Casel se detiene pormenorizadamente a considerar la anámnesis.

La anámnesis de la liturgia romana constituía el núcleo central de la plegaria eucarística y manifestaba, así, la universalidad y la antigüedad de la fe de la Iglesia universal en la misa, como memorial de la muerte redentora de Cristo. El elemento más antiguo de la anámnesis es la conmemoración de la pasión, entendida como muerte redentora que incluye, en sí misma, también la resurrección (cfr. 1Co 15,14ss). Pero la anámnesis tiene también una importancia en relación con la resurrección ya desde los tiempos más antiguos. Más tarde, a la muerte de Cristo se añadió la ascensión y, a fines del siglo IV, se introdujeron en algunas liturgias todas las fases de la redención, a partir de la encarnación hasta la segunda venida.

De ese contexto, Casel dedujo que toda la obra de la redención se hizo y se hace presente en la misa. Y la coincidencia de todas las liturgias en torno a la anámnesis no sólo confirma, sino que manifiesta también la antigüedad de la fe de la Iglesia. Casel siempre ha sostenido que, en el misterio del culto, está la obra de la redención en su «realidad total». Es la misma acción redentora de Cristo que se hace presente no sólo como un efecto, sino en la totalidad de su obra.

Por la voluntad del Señor, la vida cristiana consiste principalmente en una comunidad de muerte y resurrección con Cristo, que no debe entenderse como una unión intencional, sino más bien como una realidad objetiva, es decir, un morir y un resucitar con Cristo de manera místico-real. Pero, para que se pueda morir realmente con Cristo, es necesario que también Cristo muera realmente, «hic et nunc» (aquí y ahora).

Según la tradición patrística, los sacramentos no sólo significan la gracia de Cristo, sino también su misma pasión. Es más, los sacramentos contienen y realizan todo lo que representan, por lo que también la misma pasión de Cristo está contenida en ellos. Casel además pensó que, si los sacramentos contenían realmente la eficacia de la pasión, dicha eficacia resultaría ser de orden físico. La razón de esa eficacia se encuentra en la misma pasión, realmente contenida en el sacramento.

Casel, sin titubeos, admitió la presencia del Señor en el misterio del culto, de modo que, admitiendo la presencia de las acciones redentoras de Cristo en el misterio del culto, por legítima consecuencia llegó a afirmar la presencia del mismo Cristo. Y, al afirmar la presencia objetiva de los actos salvíficos en el culto, insiste en que el misterio del culto es en primer lugar la representación objetiva y necesaria de la acción salvífica de Cristo y, por tanto, está en el centro de la existencia cristiana. El misterio de Cristo se hace visible y eficaz en el misterio del culto, por tanto es una especie de prolongación y ulterior desarrollo de la «oikonomía» de Cristo. Sin él, ésta no podría comunicarse a todas las generaciones de la comunidad de salvación que se extiende en el espacio y en el tiempo.

Para Casel, los misterios de la vida de Cristo son hechos históricos que suceden en un tiempo y un lugar determinados. Sin embargo, la doctrina del misterio no afirma que la acción histórica se hace presente en cuanto tal, porque la repetición de un mismo episodio histórico es metafísicamente imposible. La realidad que propiamente se hace presente en el misterio del culto no es la persona del Señor, desde el momento en que esta última es sólo un requisito, mientras que el elemento dominante y decisivo en el culto es la misma presencia de las acciones salvíficas de Cristo. De todo ello se puede decir que los principales representantes de la doctrina del misterio sostienen que en el culto no se hace presente sólo la muerte del Señor, sino toda la obra de la redención.

Naturaleza de la presencia mistérica

Cuando trató de determinar la naturaleza de la misma presencia mistérica, Casel señaló que se trataba de una presencia sacramental. En realidad, la obra redentora se hace presente en el sacramento y en el misterio, interpretando estas expresiones no en el sentido local, sino como equivalencias que expresan el modo en el que se realiza esa presencia, según lo expresan los adverbios sacramentalmente y mistéricamente.

El misterio del culto es la representación y renovación ritual del misterio de Cristo, de modo que se hace posible que nosotros entremos a formar parte de su mismo misterio. Dicho misterio de culto es, por tanto, un medio con el que el cristiano vive en el misterio de Cristo, en el ámbito de una reactualización objetiva.

La tesis de la doctrina del misterio no limitó la presencia de la obra redentora al sacrificio de la misa, sino que la extendió a todos los sacramentos e incluso a todos los actos del culto cristiano. En ellos se realiza también la misma obra redentora, pero en cada uno de modo diferente, según su propia naturaleza, su propio fin y su propio significado.

Conclusión

La doctrina del misterio, partiendo de la obra redentora de Cristo y de su actualización en el culto, integra en un sistema orgánico todas las realidades cristianas, a partir del plan redentor oculto en Dios, escondido, desarrollado y centrado en la persona de Cristo.

La tesis fundamental de la doctrina del misterio afirma la presencia sacramental del acto mismo de la muerte y resurrección de Cristo, en sentido sacramental y no en el físico, en la Eucaristía y en algunos otros actos principales del culto cristiano.

Para Casel el misterio de Cristo alimenta el misterio del culto, para que nosotros, mediante el mismo, podamos llegar a la realidad del misterio de Cristo. En este sentido Casel ocupa una posición hegemónica en la teología moderna. Un mérito suyo indiscutible fue el haber insertado la liturgia en una dimensión salvífica, colocándola en el corazón del cristianismo y en el mismo corazón de la teología. La acción salvífica aparece como misterio celebrado en el culto. El haber reconocido que la liturgia es un misterio cultual equivale a haberla puesto en la Iglesia como símbolo viviente y como imagen plena de la humanidad de Cristo que, así, continúa realizando en los hombres su obra de redención.

En el conjunto de la reforma y de la renovación litúrgica se nota el influjo de un trasfondo abiertamente caseliano. La doctrina de los misterios quiere clarificar, de manera más precisa, la verdadera esencia del sacramento.

En todo ello se percibe claramente cómo Odo Casel fue un auténtico precursor del Concilio Vaticano II. Una pléyade de autores está detrás y delante de la Constitución conciliar de liturgia, antes, durante y después de las sesiones conciliares. El teólogo Joseph Ratzinger, hablando de la producción de Odo Casel, la definió como «la idea teológica quizás más fecunda de este siglo». Por eso hemos de volver a Casel y a sus grandes intuiciones litúrgico-sacramentales.

Responder a El Misterio de la Cruz – Volver a Casel

  1. Dione Piza

    Caríssimos!
    A tempos procuro este livro de Casel, mas no Brasil não ha tradução ne edição. Onde poderia encontra-lo em aquivo digital? Vocês têm alguma sugestão. Preciso dele para meu Trabalho de conclusão de curso.

    Obrigado1

     

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