Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, abril 24, 2019
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El negocio más rentable 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo». Entonces le dijo Pedro: “Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?”. Jesús les dijo: “Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros”».  (Mt 19,23-30)

Juanjo Guerrero

¿Cómo es posible que Jesucristo sea tan duro con los ricos? La riqueza, ¿no es una bendición que Dios concede a los buenos, a los virtuosos, tal como creían los judíos de su época? Las palabras del Maestro son claras y contundentes; el ejemplo que pone del camello y de la aguja contribuye a fijar, sin posibilidad de error, la idea que quiere transmitir: Los ricos, si no fuera por la infinita misericordia de Dios, “que lo puede todo”, se condenarían sin remedio.

Esto es así por la infinita maldad de Satanás y la extrema debilidad del hombre pecador. Si es verdad que la salvación no está al alcance de nadie, por su propia virtud o fuerza de voluntad, en el caso de los ricos es todavía más difícil conseguirla. En efecto, la abundante riqueza hace que su poseedor se sienta seguro, autosuficiente, orgulloso de sí mismo y que, desde el pedestal en el que se sitúa, menosprecie a los demás, sobre todo a los que están a su servicio, cuyas vidas siente que puede manejar a su antojo.

El rico no carece de una corte de aduladores que le hacen sentirse más importante, superior a cuantos le rodean. Al rico, como se considera poderoso, le es muy difícil considerar como hermanos a quienes no están a su altura, según los criterios del mundo. Esta manera de ser, de sentirse y de comportarse es todo lo contrario a lo que acerca a Dios, a lo que lleva el corazón a amar; es decir, a las actitudes que abren las puertas del cielo, una vez que Jesucristo ha roto los candados que lo cerraban para los hombres. Por eso el Señor pone en guardia a sus discípulos contra las riquezas.

Y nosotros, si tenemos la “desgracia” de contarnos entre los ricos, no debemos escatimar esfuerzos para implorar de Dios la fe necesaria que alimente nuestra esperanza de salvación y vaya moviendo nuestro corazón hacia un amor a los demás hombres, sin acepción de personas, que se manifieste en hechos concretos. Si no tenemos esa “desgracia”, no hemos de ser tan tontos que envidiemos a los ricos; esforcémonos en seguir al Señor con la fe y la sinceridad que lo hicieron sus apóstoles y la firme esperanza de que nuestros “deseos de riqueza” serán colmados con la generosidad con que Dios se manifiesta en todos sus dones. Así lo asegura San Juan en el comienzo de su primera epístola: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.”

Otra clase de hombres ricos, que también entran de lleno en las consideraciones que hace Jesús en este Evangelio, es la de aquellos que, sin ser poseedores de riquezas materiales, las desean ardientemente, están dispuestos a hacer cualquier cosa por conseguirlas y critican, desprecian, envidian e, incluso, odian a quienes consideran más afortunados que ellos. Es así, porque lo que verdaderamente cuenta es la intención del corazón, el apego a los bienes materiales por encima del amor a Dios y al prójimo. Por ello, es aconsejable evitar cualquier tipo de juicio y aplicarse en descubrir las verdaderas intenciones del propio corazón.

Ante este panorama expuesto por el Maestro, Pedro hace ver a Jesús que ellos han dejado todo y pregunta qué es lo que les va a tocar. La respuesta del Señor no puede ser más esperanzadora y generosa: vida eterna y, aquí, el ciento por uno. Este fantástico negocio que Jesús nos propone debería llenarnos de gozo e, inmediatamente, habríamos de disponernos a dejar todo por seguirlo, ya que es imposible que nos mienta.

¿Por qué no lo hacemos así? En el fondo, por falta de fe, por nuestra incredulidad…

¿Por qué quiere Jesús que dejemos todo por Él? Para que tengamos la experiencia de que con Él nada nos falta. Para que libres de trabas, podamos amar totalmente, de verdad, con el amor que procede de Dios y que ahora, en vez de penetrar en nuestro corazón, resbala por la coraza de piedra con que lo cubrimos.

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