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El Padre me ha enviado 
18 de Marzo
Por Javier Leceta Martínez

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?» (San Juan 5, 31-47).

COMENTARIO

En este Evangelio Cristo habla de sí mismo. Se presenta como el enviado del Padre y dice que Él da testimonio a favor suyo. Los judíos, como muchos de nosotros decían querer a Dios, pero no les gustaba esta manifestación de Dios en Jesucristo. Ellos, como muchos de nosotros lo que querían era un Dios que les fuera propicio, que les favoreciese y estuviese de su parte. Y para eso tenían la ley, para ser gratos a Dios y este les fuese favorable. Cuantas veces nosotros también queremos que haya una ley, la ley de Dios, que todos estemos obligados a cumplir, para que todo nos vaya bien. Pero Jesucristo es el enviado del Padre para hacer su voluntad, para que el mundo se salve. Y para eso hacía las obras del Padre: dar vida a los muertos, curar a los enfermos, echar a los demonios…

Pero este enviado de Dios no les gustaba, por eso no creían en Él. Para creerle hacer falta amar a Dios, creer en Jesucristo y dejarse guiar por Jesucristo, por su mansedumbre hacia la voluntad del Padre. Jesucristo nos lo dice para nuestra salvación. No pretendamos apoyarnos en el cumplimiento de la ley para salvarnos, porque esa misma ley nos denuncia a todos que somos pecadores, necesitados de la misericordia de Dios, sus mendigos.

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