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El Padre que ve y está en lo secreto 
17 de Febrero
Por Francisco Jiménez Ambel

Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta delante de tí, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio cuando ayunes perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note no los hombres sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido te recompensará” (San Mateo 6, 1-6, 16-18).

COMENTARIO

Este miércoles de ceniza de este preciso año de 2021 es especial por muchas razones. La pandemia que azota la Humanidad hace que los crematorios hayan multiplicado la producción de cenizas provenientes de seres humanos. La ceniza, a veces sin nombre, nos recuerda con insistencia, apenas tamizada por la alienación, que somos tierra y a ella volvemos, con toda evidencia y sin que la arrogancia humana consiga impedirlo. La propia liturgia que abre la cuaresma, dadas las circunstancias sanitarias, ha de adaptarse a estos tiempos de disgregación. El aislamiento forzoso agudiza la conciencia de soledad, pero no por ello siempre se incrementa la reflexión profunda. El miedo al contagio se ha apoderado de la mayoría. La ciencia, como un dios menor, se agota en combatir un patógeno minúsculo pero ávido de vidas humanas. Los que militan en el exterminio, se felicitan cínicamente. El desconcierto y la miseria son nuestro pan cotidiano, mientras me preguntan -retadores – todo el día ¿Dónde está tu Dios? ¿Dónde esta ese Dios (del que hablabais)? ¿Cómo consiente esto?

El evangelio de hoy está dirigido a los “discípulos”, que no eran todos los numerosos seguidores de Jesús, sino aquellos a quienes Él se lo explicaba todo aparte (Mc 4 34).  Y trata de la práctica de “tu justicia”, de la que sería propia y personal de los discípulos del Maestro. La contraposición es clara; de una parte “los hipócritas”, y de otra vosotros, si hacéis lo que os digo; mi voluntad (Mc 3 35).

Los hipócritas quedan caracterizados por una desaforada propensión a la publicidad, a la propaganda, a lo exterior, a la imagen, a la opinión de las gentes; tanto dentro del ámbito religioso, como en el espacio social, buscan el reconocimiento no solo en la sinagoga sino en la calle. Es significativa esta búsqueda del aplauso doble; prestigio religioso y visibilidad pública.

Y conste que Jesús no se opone, como pudiera parecer, a ningún tipo de limosna, de oración o de ayuno. No los desdeña en absoluto; lo que advierte a sus discípulos (a aquellos que en verdad quieren seguirlo) es que, en tales circunstancias los observantes de la Ley ya habrán recibido su paga. La piedad, la filantropía y la austeridad cuentan con el beneplácito de los que la perciben, pero ahí termina su recompensa, a nivel puramente humano; psicológico, eclesial, social, político.

En cambio, el modo que Jesús impulsa de practicar la limosna, de orar y de ayunar para sus discípulos, nada tiene que ver con la aprobación social. Son medios excelentes, que se retroalimentan entre sí sinérgicamente, para entrar donde habita y hallar al Padre que ve, lo secreto te lleva a “tu” Padre. Porque Él está y ve en lo secreto; en la interior bodega, que diría San Juan de la Cruz. En lo más recóndito de nuestro ser, allí es donde espera y está el Santo de los Santos, y Él, sin público que te observe te recompensará. Su recompensa, obviamente, es en primer lugar la certeza de su existencia y de su amor hacia ti, pero además puedes estar seguro de que nadie le va a ganar en generosidad hacia tu persona. Tú en lo secreto te habrás desprendido de tus bienes (inigualable esa expresión de que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha, cuya popularidad no anula sus resonancias jerárquicas), habrás sacrificado lo que insensatamente consideras tu valiosísimo tiempo (en algo que no “sirve” para nada, como te recrimina continuamente “el tentador”) y quizás te habrás privado de ingestas y manjares (idolatrados actualmente hasta el paroxismo en forma de dietas o de exquisiteces); pero todo ello, si acaece en lo secreto, no quedará sin recompensa. Esas insignificantes privaciones, nos mantendrán en vela y expectantes aguardando al Señor, a nuestro Salvador, al verdadero Amor, vencedor del pecado y de la muerte, a Dios todopoderoso. Anidar la esperanza en lo profundo del corazón tiene la misión de certificarnos la verdad, sin hipocresía ni refrendo social. Es en lo secreto donde El Padre está y ve. La sinceridad es lo opuesto a la hipocresía; lo interior es el espacio en donde nos espera el Padre, el lugar al que regresar desde nuestras inquietudes y ansiedades; donde abundan y Él derrama toda clase de bienes y bendiciones. Somos ceniza, el Señor viene.

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