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El Papa anima a “renunciar a tener enemigos” 

 | Cristo ordenó a sus discípulos: “Amad a vuestros enemigos”, pero el Papa va un paso más allá: no tengáis enemigos. Aparece este mensaje en su cuenta de Twitter, aunque en realidad atraviesa toda su predicación de los últimos años y parece coronar su histórico viaje a Irak: “¿Dónde puede comenzar el camino de la paz? En la renuncia a tener enemigos. Quien cree en Dios no tiene enemigos que combatir. Sólo tiene un enemigo que afrontar, y que llama a la puerta del corazón para entrar: la enemistad. #ViajeApostólico #Iraq”.

El problema, naturalmente, es si se puede renunciar unilateralmente a tener enemigos. Un enemigo no es alguien a quien odias, o el mandamiento de Cristo no tendría ningún sentido, sería una mera contradicción en los términos, algo así como “ama a quien odias”. Por lo tanto, un enemigo es alguien que te odia a ti, algo que, además, se desprende de las palabras de Cristo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen”.

De modo que esa “renuncia a tener enemigos” es una renuncia a reconocer o admitir la enemistad y el odio del otro, del que se considera tu enemigo. Es una actitud similar a la visión del Papa sobre las religiones. Francisco presenta las religiones, en general, como caminos diversos hacia un mismo destino, Dios, visiones que comparten un núcleo común.

Es la línea que recorre especialmente el mensaje papal en este viaje apostólico: la guerra, el odio, la violencia son incompatibles con la religión. Ahora, esto, como deseo, puede sonar sublime, pero tiene, al menos, dos problemas.

El primero es que la historia y la experiencia común parecen refutarlo. Si la guerra, el odio y la violencia son incompatibles con la religión, entonces habrá que buscar otro nombre para las creencias transcendentes de millones de personas a lo largo de la geografía y la historia. Incluso habrá que negar que la Vida del Profeta -la Sira- y abundantes pasajes del sagrado Corán pertenezcan al islam, lo que, en mi opinión, resulta difícil de admitir para el mundo musulmán en su conjunto. Del Corán no se puede alterar ni una coma, porque es redacción directa de Alá.

La impresión es la de un ‘benévolo imperialismo ideológico’ por parte de Su Santidad, una proyección del mensaje de Jesús sobre religiones que no le consideran Hijo de Dios.

Y de ahí el segundo problema: que el Papa, Vicario de Cristo, puede y debe definir puntos doctrinales oscuros o no desarrollados de nuestra fe, pero no tiene ninguna autoridad o conocimiento especiales sobre las demás religiones. Lo que Su Santidad diga del Islam, el Budismo, el Judaísmo o el Hinduísmo no tiene ningún peso particular, es una opinión tan buena como la que pueda expresar el lector, y probablemente peor que la de un estudioso de las religiones.

De manera que, pese al profundo respeto que muestra Su Santidad hacia otros cultos, su actitud podría interpretarse desde fuera como una “cristianización” del resto de las religiones por parte de quien sus fieles no considerarán autorizado para interpretarlas.

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