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El Papa emerito 

 El primer Papa emérito de la historia vive ahora como quería antes de ser elegido: reza, lee, escribe y pasea cada día

Por «ingravescentem aetatem», porque se estaba haciendo viejo. Con esa fórmula justificó Benedicto XVI su renuncia al pontificado, de cuyo sorprendente anuncio se cumple el martes un año. Desde el 28 de febrero de 2013, cuando comenzó el período de sede vacante que llevaría al cónclave y a la posterior elección de Jorge Mario Bergoglio, el ya Papa emérito comenzó una vida de oración «escondido del mundo», como él mismo explicó. Lo hizo primero en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y, desde finales de abril, en el monasterio Mater Ecclesiae, situado dentro del Vaticano.

Allí Josepth Ratzinger lleva la vida que le hubiera gustado tener antes de ser elegido Pontífice en 2005: reza, lee, atiende su ingente correo, pasea, recibe algunas visitas y, en algunos momentos, incluso toca el piano y escribe. Tras 24 años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal Ratzinger deseaba disfrutar de un retiro que le ha llegado con ocho años de retraso. Aunque se mantiene estable de salud y con la mente «clarísima», como cuentan todos los que le visitan, el Papa emérito necesita asistencia en el Mater Ecclesiae. La recibe de su secretario personal, el arzobispo Georg Gänswein, quien es además prefecto de la Casa Pontificia, por lo que también mantiene un trato estrecho con Francisco. Además de Gänswein, le atienden las cuatro «Memores Domini», laicas consagradas del movimiento Comunión y Liberación. Se llaman Rossella, Loredana, Carmela y Cristina.

El Papa emérito ha dejado todas las responsabilidades que tenía como obispo de Roma, pero no ha perdido las costumbres. Sigue despertándose temprano, poco antes de las siete de la mañana. Tras asearse, celebra misa en la pequeña y sencilla capilla del monasterio, en la que participa Gänswein, las «Memores Domini» y, a veces, también el hermano de Benedicto XVI, Georg Ratzinger, quien ha acudido a pasar varias temporadas con él. Después de la Eucaristía reza el breviario antes de dirigirse al comedor para tomar el desayuno. Es frugal, como le gusta al Papa emérito: un café con leche y una tostada con mantequilla y mermelada de naranja. Ésta se prepara con la fruta biológica que crece en el pequeño huerto cercano al monasterio o con el que se cultiva en los jardines de Castel Gandolfo.

Luego Benedicto XVI se retira a su despacho y atiende el correo. Pese a estar «escondido del mundo», el mundo sigue escribiéndole una gran cantidad de cartas, como contaba recientemente su hermano en una entrevista con el diario alemán «Passauer Neue Presse». El Papa emérito responde de su puño y letra a algunas de esas misivas. La mayoría de sus respuestas son privadas pero hay una que sí ha visto la luz. Es la que le mandó al matemático ateo italiano Piergiorgio Odifreddi, quien publicó el libro «Querido Papa, te escribo» en el que plasmaba sus reflexiones tras la lectura de «Introducción al cristianismo», una de las mejores obras de Ratzinger. Benedicto XVI le respondió en 11 páginas cuyo contenido fue publicado por el diario italiano «La Repubblica» el pasado 24 de septiembre.

El Papa emérito sigue en su despacho hasta poco antes de las 13 horas, cuando se sirve el almuerzo. Como todas las comidas allí, son sencillas, con poca grasa y sin picantes ni especias fuertes. Para hacer la digestión, los comensales salen después a dar un paseo por los Jardines Vaticanos, como tanto le gustaba hacer a Ratzinger en su tiempo en el solio pontificio. Acompañado de Gänswein o de las «Memores Domini», Benedicto XVI estira las piernas y saluda con afecto a los empleados vaticanos que se va encontrando, como atestiguan las fotos realizadas por algunos «paparazzi».

A su vuelta al monasterio, el Papa emérito se echa una pequeña siesta y, a las 16 horas, realiza una oración. Es a partir de entonces cuando dedica tiempo a las visitas, muy restringidas. «Para ir a verle hay que pasar por muchas puertas y por muchas personas antes», contaba un veterano cardenal que trabajó codo con codo con él. Uno de los purpurados que suele visitarle con frecuencia es Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y quien está al cuidado de su «opera omnia», estimada en más de 30.000 páginas sólo en sus libros, sin incluir sus documentos del magisterio.

Por la tarde, el predecesor de Francisco también dedica tiempo a la lectura y a la escritura. Al monasterio se ha trasladado su gigantesca biblioteca personal, con cientos de volúmenes. También aprovecha para informarse, pues sigue leyendo cada día «L’Osservatore Romano», el diario de la Santa Sede. La cena en el «Mater Ecclesiae» se sirve a las 19:30 y suele ser bastante ligera. Media hora más tarde comienza la que para el Papa emérito es una cita fija: el telediario de Rai1. Para terminar el día, le gusta quedarse un rato charlando con su hermano, cuando está, o con Gänswein y las «Memores Domini» antes de retirarse a su dormitorio quince minutos antes de las diez de la noche.

 

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