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El Papa Francisco a los cristianos: «No os dejéis robar la esperanza» 

  • El Papa Francisco destacó en su primera homilía de Domingo de Ramos como Pontífice que los cristianos «no pueden ser nunca personas tristes»

Francisco comenzó ayer su primera Semana Santa como Papa presidiendo la misa del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, en la que participaron más de 250.000 personas, que llenaron la plaza de San Pedro del Vaticano y buena parte de la Vía de la Conciliazione. La ceremonia comenzó con la bendición por parte del obispo de Roma de las palmas y de las ramas de olivo. A continuación tuvo lugar la procesión, en la que cientos de feligreses, sacerdotes, obispos, cardenales y el propio Pontífice, quien llevaba una palma trenzada en las manos, recorrieron la plaza hasta llegar al altar, donde Francisco celebró la eucaristía.

Tras la lectura de varios pasajes del Evangelio de Lucas, en los que se narra la entrada de Jesucristo en Jerusalén y la Pasión, el Papa dijo en su homilía, de la que improvisó algunas partes, que los cristianos «no pueden ser nunca personas tristes». Deben rechazar el «desánimo», pues la alegría del cristianismo no nace de «poseer tantas cosas», sino de «haber encontrado» a Jesús. «¡No os dejéis robar la esperanza!», repitió dos veces Francisco, subrayando que con Jesús «nunca se está solo», ni siquiera «en los momento difíciles». «Tampoco cuando en el camino de la vida se encuentran problemas y obstáculos que parecen insuperables. ¡Y hay tantos de ellos!»

En una nueva mención al diablo, del que ha hablado en varias ocasiones en sus 11 días como obispo de Roma, comentó que es precisamente en los pasajes más negros de la vida cuando aparece el demonio, «enmascarado como un ángel y que insidiosamente nos dice su palabra». «¡No lo escuchéis!», pidió el Papa Bergoglio. «¡Sigamos a Jesús!» Cristo, subrayó, «nos lleva sobre sus hombros»: es ésa «la alegría y la esperanza» que los cristianos están llamados a testimoniar en el mundo.

Francisco, como ya había hecho en su homilía en la misa con los cardenales tras el Cónclave, también estructuró ayer su alocución en tres partes. La primera estaba dedicada a la alegría, la segunda, a la cruz y la tercera, a los jóvenes. Explicando que Jesucristo entró en Jerusalén para morir en el madero, destacó que con su gesto, tomó todos «los males» del mundo, «la suciedad, el pecado, también el nuestro», y los lavó con «su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios». Invitó a continuación el Papa, hablando en italiano pero con su acento porteño, a que mirásemos a nuestro alrededor, a las «heridas que el mal inflige a la humanidad». Citó las guerras, la violencia, los conflictos económicos que golpean a los más débiles, la sed de dinero…

A continuación el Pontífice echó mano de un recuerdo de su infancia para explicar esta situación logrando arrancar una sonrisa entre los presentes: «Mi abuela nos decía a los niños: el sudario no tiene bolsillos». Es por ello que los posibles beneficios que, durante la vida, logremos por medio del «amor al dinero, al poder, a la corrupción, a las divisiones o a los crímenes contra la vida humana y contra la creación», en la vida eterna que promete la fe cristiana no podremos disfrutar de ellos. Es más, cargaremos con estos pecados, que el Papa estructuró en tres grupos: la falta de amor y respeto hacia Dios, hacia el prójimo y hacia la entera creación. «Jesucristo en la cruz siente el peso del mal y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en la resurrección», comentó. De ahí viene que la cruz deba ser abrazada por los cristianos con amor y no con tristeza, debido a «la alegría de haber sido salvados y de hacer un poquito de lo que Él hizo en el día de su muerte».

Tras la Eucaristía y el rezo del Ángelus, Francisco volvió a subir al Papamóvil descubierto para saludar, durante casi media hora, a los fieles en la plaza de San Pedro. Se paró en numerosas ocasiones, besando a más de una decena de bebés. También se detuvo un buen rato con los enfermos, bendiciéndoles, besándoles y diciéndoles palabras de cariño. Como ya ha pasado en otras ocasiones, los responsables de la seguridad pasaron algunos momentos de gran tensión mientras el Papa se dejaba abrazar, besar y tocar por la multitud. Repartió saludos por doquier y, en varias ocasiones, mostró el dedo pulgar hacia arriba, un gesto con el que empieza a acostumbrar a los fieles. Entre los congregados había un buen número de españoles, que ondearon banderas de nuestro país. También había muchos argentinos, quienes le gritaban al Papa usando la vieja denominación que utilizaba en Buenos Aires: «¡Padre Jorge, que Dios le bendiga!». Francisco, muy emocionado, contestaba: «Recen por mí».

 

 

La palma, desde Elche a Roma

La ciudad alicantina de Elche envió al Papa Francisco una palma blanca artesana de 3,5 metros de alto y coronada por un Cristo crucificado para la celebración del Domingo de Ramos. La palma, que no incorpora el escudo papal recientemente elegido por Francisco por falta de tiempo para su confección, permaneció ayer en el altar desde el que el Papa bendice los ramos en la plaza de San Pedro del Vaticano. La palma no ha sido en esta ocasión humedecida en agua y azufre, como suele conservarse, y ha sido enviada envuelta en un plástico y dentro de un armazón de madera. En Elche se producen anualmente más de 220.000 palmas blancas, muchas de las cuales se exportan a diversos países o a distintas personalidades, como en este caso.

 

 

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