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El perdón de corazón 

«En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo’. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: ‘Págame lo que me debes’. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré’. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán». (Mt 18,21-19,1)

P. Antonio Pavía

Se acerca Pedro a Jesús, y como queriéndole dar una gran alegría, pone el listón muy alto a su generosidad preguntándole si debe perdonar a su hermano que le humilla y ultraja no una o dos veces, sino incluso hasta siete. Como bien sabemos, el número siete en la espiritualidad bíblica hace alusión a multitud de veces.

Si bien es cierto que indica multitud de veces, el hecho es que su perdón no deja de tener un límite, lo que indica que, dada nuestra fragilidad y también nuestra querencia a chocar con todo aquel que se enfrenta a nuestra forma de ser y de pensar, este estar en la línea floja tarde o temprano desemboca en una desavenencia que hiere profundamente la comunión con el otro. Esto sin tener en cuenta que suele estar latente en el corazón del hombre el famoso “perdono pero no olvido”. Principio que en realidad es el cáncer socialmente correcto y admitido que socava el perdón de corazón.

La respuesta que le da Jesús al apóstol da pie a un escándalo para todos aquellos que, como Pedro con su pregunta, quieren tener todo calculado y bien atado. Le mira a los ojos como diciéndole: Pedro, no voy a morir por ti para que después de ímprobos esfuerzos por perdonar te quedes bloqueado en las siete veces; el verdadero perdón llega hasta setenta veces siete, es decir, siempre.

Pobre Pedro, en su ingenuidad pensaba que Jesús le iba a dar una medalla de buena conducta por su generosísimo ofrecimiento: ¡siete veces! Al mirarle, Jesús, con el amor original y propio de quien es su redentor, abre su capacidad de perdonar hacia el infinito. Setenta veces siete no es una obligación o listón moral, perfeccionista, sino un don del Resucitado a sus discípulos.

Pues de eso se trata. Jesús le está anunciando una buena noticia, extraordinaria, maravillosa; es como si penetrase con sus ojos en lo más profundo de su ser prometiéndole: Pedro, tu corazón llegará a ser tan grande como lo sea tu perdón. No tengas miedo, yo crearé en ti la capacidad de perdonar. Y te añado: cuanto mayor sea tu perdón, más y mejor podrás conocer a tu Dios, su amor por ti, al constatar que Él es “el que perdona todas tus culpas, cura todas tus dolencias, el que rescata tu vida de la fosa, el que te corona de amor y de ternura, el que satura de bienes tu existencia…” (Sal 103,3-5).

A continuación y para que ninguno de los que leemos y deseamos creer en el Evangelio no tengamos la menor duda de lo que el Hijo de Dios estaba diciendo al apóstol, proclama la parábola del siervo sin entrañas, que bien sabemos cómo termina: “…esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18,35).

No hay duda de que, dado que con respecto al perdón somos acreedores de estas palabras de Jesús a los fariseos: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7b), no nos queda otra que suplicar humildemente con el rey David: “Dios mío, crea en mí un corazón puro” –capaz de perdonar– (Sal 51,12).

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