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El poder de la oración 

Una doble y triste constatación de nuestro tiempo es que los creyentes rezan (rezamos) poco y los incrédulos o agnósticos no rezan nada. Y así nos va con carácter general: corremos hacia lo que nada vale hasta que estamos a punto de estrellarnos contra lo más inútil si no absolutamente pernicioso para la propia realización personal.

Tal experiencia le sirvió de mucho al ilustre periodista y ensayista André Frossard (1915-1995), el cual, hasta sus veinte años de edad, pasaba por incrédulo y ateo militante en el Partido Comunista Francés, del que su padre, Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946) era primer secretario., circunstancia que marcaba su vida en la forma que él mismo relata:

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jean Jaurès. Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (…)Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (…) Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión” (….).Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (…)No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios

Pero hete aquí que un día cercano a la Navidad, en el que se había citado con un amigo a la puerta de una Iglesia, por huir del frío, dominó la resistencia a entrar y allí vio a su amigo, de rodillas ante el Sagrario; se arrodilló junto a él y en silencio, siguió hasta el final la ceremonia de Exposición del Santísimo y repitió para sus adentros las palabras que oía musitar a su amigo. Y fue entonces cuando encontró a Dios, tal como él confiesa en un muy conocido libro: Dios existe. Yo me lo encontré. Dejémosle que él mismo nos lo explique:

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito. Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios. Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

Ahí está esa fe nacida de la oración que todo lo puede porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Mc. 5:36). Una fe que, según San Pablo, “es plena certeza de que lo que esperamos ha de llegar. Es el convencimiento absoluto de que hemos de alcanzar lo que ni siquiera vislumbramos (Hb. 11:1).

   Antonio Fdez. Benayas

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