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El precepto al servicio del amor  
21 de enero
Por Juan José Guerrero

«En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo al que tenía la parálisis: “Levántate y ponte ahí en medio”. Y a ellos les preguntó: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?”. Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: “Extiende el brazo”. Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él». (Mc 3,1-6)


Dios, creador del ser humano, sabe perfectamente cómo son todas y cada una de las sociedades en las que se agrupan las personas, sus peculiaridades, creencias, ideologías y formas de enfocar la vida. Además, conoce cómo es cada persona individualmente, mucho mejor que ella a sí misma. Por eso, y teniendo en cuenta la libertad que nos ha otorgado y el pecado en que todos hemos caído, nos ha proporcionado unas normas de vida con el fin de que seamos felices si nos atenemos a ellas.

Esta normativa es una mera guía para que cada uno alcance la verdadera finalidad de su existencia: la eterna felicidad con Dios, tras una vida en paz y amor. Para ello, se nos orienta con normas o preceptos, de forma que en toda situación y circunstancia tendamos a tributar a Dios un amor sobre todas las cosas y a nuestros hermanos un amor de la misma calidad y exigencia del que tenemos con nosotros mismos. Es decir: el amor está por encima de la norma, si es que alguna vez hay una incompatibilidad aparente entre ambos conceptos.

En este evangelio, Jesucristo nos muestra cómo priva el amor, hacer el bien, tener misericordia, sobre el cumplimiento a rajatabla del precepto. Es evidente que Jesús podía haber curado al paralítico antes o después de aquel sábado. Sin embargo, eligió esta fecha con el fin de enseñar de una manera práctica y perfectamente comprensible para todos sus oyentes que la norma nunca puede suplantar al bien hacia el que ella orienta: Amor a Dios y amor al prójimo.

Los fariseos y los herodianos, engreídos en su soberbia, despreciando a quienes consideraban pecadores, publicanos e ignorantes de la ley, se resistían a aceptar la buena nueva de la misericordia y salvación predicada por Jesucristo, y se aferraban a sus normas mal entendidas, a sus prejuicios y a su pretendida superioridad. Incapaces de humillarse, es decir, de reconocer la verdad y aceptarla ante la evidencia con que Jesucristo les muestra el error en el que viven, se reconcomen de rabia al carecer de argumentos. Y, en el colmo de su aberración, no ven otra solución mejor que conjurarse para matar a la Vida, al Eterno. Como si la estupidez, la obcecación y la barbarie aliadas pudieran resolver alguna vez algo.

En el fondo, no hay más que una soberbia satánica que impide a cada persona que se cree perfecta aceptar humildemente la verdad: sus limitaciones. Esta lección que dio Jesucristo en su época es aplicable hoy día a todos los arrogantes poseedores de la verdad, sean de la ideología o creencia que sea.

¿Tú quieres saber si te encuentras entre esta casta de irracionales? Pregúntate si cuando tratas de llevar “tu verdad” a los demás te mueve el amor hacia el otro, es decir, el deseo de sacarlo de su error, sin imponerle con violencia tu punto de vista, respetándolo y mostrándole misericordia. Si la respuesta es negativa, reza mucho…, por ti mismo; te hace falta.

Juan José Guerrero

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