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El pueblo, alababa a Dios 
18 de Noviembre
Por Ramón Dominguez

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.»
Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»
Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
Él dijo: «Señor, que vea otra vez.»
Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.»
En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios (San Lucas 18, 35-43).

COMENTARIO

Jesús, descendiendo desde Galilea, llega a Jericó, antes de iniciar la subida a Jerusalén en donde va a entregar su vida. Por el camino ha ido adoctrinando a sus discípulos indicándoles los pasos necesarios para llegar con él a la cruz y a la resurrección. Justo a la entrada de la población, se encuentra con un ciego que pide limosna. A diferencia de Marcos o de Mateo, que presentan al ciego o a los ciegos, a la salida de la ciudad, por la que Jesús pasa casi sin detenerse, el ciego de Lucas está al principio, pues Jesús se va a detener por algún tiempo en Jericó, en busca de la oveja perdida, encontrándose con Zaqueo.

Hay un hombre ciego. La ceguera es signo de la incapacidad que tiene el hombre para ver la acción y el amor de Dios en su historia. Como no ve, su vida se convierte en una constante maldición, murmurando y renegando de su suerte, hallándose condenado a sentarse a la vera del camino, extender la mano y esperar que los que pasan le den alguna limosna con la que pueda malvivir un día más. Es la verdadera imagen del que no conoce a Dios, como no ve ha de conformarse con mendigar a todos los que encuentra en su camino un poco de comprensión, de reconocimiento, de afecto, de amor. Está condenado a esperar la vida que le viene de fuera, al albur de que las circunstancias le sean o no propicias.

Pero este ciego ha oído hablar de Jesús, sabe que él tiene poder para devolverle la vista; por eso, grita al paso de Jesús y no se detiene a pesar de los reproches de los circundantes. Es su oportunidad y no la quiere dejar escapar, pues sólo Jesús le puede ayudar. Aquel que dijo: pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá, no puede dejar de escuchar la sincera petición del ciego; por eso se para y le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y ante el deseo del ciego, responderá: “Recobra la vista, tu fe te ha salvado”. El ciego ve, pero no se conforma con haber recobrado la vista, sino que reconoce en Jesús a aquel que tiene palabras de vida eterna, el que le ha mostrado el inmenso amor de Dios en su historia. Ahora conoce a Dios, ya no está atado a la vera del camino, sino que sigue a Jesús dando testimonio de lo que ha hecho consigo. El ciego ve, el que estaba parado empieza a caminar  y puede seguir a Jesús hasta el fin. Abandona la seguridad del oasis de Jericó para subir con Cristo hasta Jerusalén y allí llega a ser discípulo.

Este evangelio no es un mero relato de una curación ocasional de Jesús, sino una palabra para nosotros hoy. Cada uno de nosotros somos este ciego, desde el momento en que no entendemos nuestra vida y lo que hace Dios en ella. Las contrariedades que aparecen en nuestra vida nos llevan a murmurar de Dios, sin conocer que todo en ella es gracia. La ceguera de este hombre n o fue una desgracia para él sino la oportunidad de conocer a Jesús y encontrar el camino de la salvación. Así es todo en nuestra vida, solo basta en confiar en aquel que nos da la vista y poder ver.

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