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El que quiera ser el primero 

«En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?”. Ella contestó: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. Pero Jesús replicó: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. Contestaron: “Lo somos”. Él les dijo: “Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre”. Los otros diez, que lo hablan oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” » (Mt 20,20-28)

Victoria Serrano

Hoy la Iglesia celebra la festividad del apóstol Santiago, patrono de España. Santiago el Mayor, como se le conoce, nació en Betsaida; era hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan. Estaban los dos pescando en el mar de Galilea con su padre cuando Jesús les llamó y, sin dudarlo, le siguieron. Desde entonces pasaron a ser pescadores de hombres

Cuenta la tradición cristiana que Santiago llegó hasta los confines de Occidente para predicar el Evangelio en unas tierras dominadas por el paganismo. La misma Virgen María se le apareció en el año 40 «en carne mortal» —antes de su Asunción— en Caesraugusta (Zaragoza) para animarle en su tarea y otorgarle la bendición. La Santísima Virgen le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie, y prometió que “permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio”.

Desapareció la Virgen y permaneció la columna, conocida popularmente como «el Pilar» —de 1,70 metros de altura y 24 centímetros de diámetro—, con lo que el apóstol se dispuso a cumplir el encargo. En este preciso lugar, Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe en la vera del Ebro, ampliada con el tiempo hasta llegar a la imponente Basílica que es hoy. De ahí que la vinculación de la devoción popular por la Virgen del Pilar con la tradición jacobea ha sido y es tan notoria, que Zaragoza y Compostela, el Pilar y Santiago, constituyen los dos ejes en torno a los cuales ha girado durante siglos la espiritualidad de nuestra nación.

Poco después del milagro, Santiago volvió a Jerusalén donde fue martirizado por el rey Herodes alrededor del año 42. Sus restos fueron trasladados a España, a cuya tumba acuden innumerables peregrinos desde la antigüedad hasta nuestros días.

En este pasaje del evangelio correspondiente al día de hoy se describe muy bien la masa tan débil de la que estamos hechos los seres humanos. Por un lado cabe destacar la actitud de la madre de Santiago y Juan (las madres, como siempre, tan audaces a la hora de pedir por sus hijos), quien no se corta ni con hacha ante el mismísimo Jesucristo y le solicita un enchufe para dejar bien colocados a sus hijos. Por otro, resulta llamativa (o no tanto, todos hubiéramos hecho lo mismo) la actuación de los diez apóstoles que, indignados ante el atrevimiento de la progenitora, defienden con uñas y dientes lo que consideran que es suyo y puede verse amenazado.

Pero Cristo, sabiduría divina, no se deja convencer por unos ni otros. Bastan unas palabras de Verdad para acallar el revuelo que segundos antes se había montado. “El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”. Me imagino que al oírlo, todo enojo y frustración se esfumaría ipso facto de cada uno de ellos… como también de nosotros cuando lo oímos. Y es que no hay más vueltas que dar; a eso hemos sido llamados. Solo por el servicio y la humildad podemos llegar a ser grandes. El Señor es nuestro modelo y ejemplo. Que el Espíritu Santo nos conceda ponernos en el último lugar para algún día sentarnos en el Reino de los Cielos.

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