Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, mayo 26, 2019
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El quinto evangelio 

El quinto evangelio
por J. Horacio Vázquez

CAMINA DESPACIO, PEREGRINO,
NO TENGAS PRISA POR LLEGAR.
SABOREA LOS PAISAJES QUE
VISLUMBRAS AL BORDE DEL
SENDERO SANTO QUE PISÓ
JESÚS, LOS CAMPOS DE LABOR
QUE FLANQUEAN LAS HIGUERAS
EN LAS LLANURAS DE LA BAJA
GALILEA, LOS PLATANEROS QUE
ASCIENDEN POR LA FALDA DEL
MONTE DE LAS
BIENAVENTURANZAS

ALLÍ DONDE CRECE LA
VIRTUD QUE NO ESPERA
LA RECOMPENSA
DE LOS HOMBRES
Descubre los palmerales fecundos de Jericó despidiendo la tarde declinante
en la depresión del Mar Muerto, las aguas cantarinas del Jordán que
juegan con las ramas de los sauces que festonean sus orillas, discurriendo
felices para endulzar el Mar de Galilea con el bautismo de Dios, el mar de
Jesús, allí donde Pedro y Andrés dejaron su barca para seguirlo.
Camina despacio, peregrino. Detente siquiera un instante ante las escarpaduras
secas y estériles del desierto de Judea, reino del lagarto y el escorpión,
crisol de profetas, retiro santo y cuaresmal del que venía a realizar la
obra de Dios, y presta atención a las cañas que mueve el viento en aquel
paraje desolado. Allí donde crece la virtud que no espera la recompensa de
los hombres, espió el diablo cualquier flaqueza del Redentor desde las
quebraduras de las rocas castigadas por el sol de mediodía, y que luego, se
fundirían por el calor del amor que triunfa sobre el orgullo y el deseo de
grandeza.
No tengas prisa, peregrino; pero no desmayes en el camino. Sáciate en los
aromas de las madreselvas que visten los muros milenarios de Cafarnaún
y reza unos minutos en la casa de Pedro, que negó a Jesús en la hora suprema
y lo amó luego hasta el extremo. Asume así la sublime trascendencia
de su mensaje de amor, que los hombres trasportamos en las frágiles vasijas
de barro de nuestros cuerpos corruptibles. Sube al cielo de Tabor desde
la llanura de Jeezrael y hermánate con Moisés y Elías en aquel pedazo del
paraíso que es solo un reflejo de la presencia de Dios y, por un momento,
sé ingenuo como Pedro para pedir el cielo en esta vida.
Pero camina despacio, y siempre que veas a Jesús acércate a Él. No lo dejes
pasar de largo, súbete al sicómoro como Zaqueo si los demás te impiden
verlo y oírlo, o grítale desde lejos e importúnale, si sientes que se aleja y no
te hace caso. Y si al fin te llama, tira el bastón y deja el manto como hizo el
ciego Bartimeo y Jesús te abrirá los ojos y te colmará de bienes.

En Belén besa el espacio que ocupó la cuna de Jesús y llora tus pecados
de adulto, recuerda que también fuiste un niño e imprégnate de toda
la ternura de María Madre de Dios y Madre tuya. Busca a la Sagrada
Familia en Nazaret, allí, en el modesto hogar de un carpintero
llamado José, y vuelve a oír el saludo del Arcángel San Gabriel,
el más importante mensajero de Dios, a aquella joven virgen
que iba a ser madre del Salvador. Descansa un momento
en Betania, ya en las afueras de Jerusalén, y escucha las
dulces pláticas del Maestro con Marta y María al caer la
tarde. Siente el sosiego de aquella casa preferida por
Jesús para el reposo y emociónate con su dolor
por la muerte del amigo. Siempre el Jesús hombre,
siempre el Jesús Dios.
descansa en Betania
Pero Jerusalén es el destino final. En el Monte Sión, donde la mano de
Dios detuvo la daga empuñada por Abrahán para el sacrificio de su hijo
Isaac, en ese mismo lugar, todo será consumado. Peregrino, camina muy
despacio por las calles tortuosas de Jerusalén. Asómate al Cenáculo y
espía las palabras amorosas de Jesús en ese día, embriágate con el testamento
de amor que nos deja el Apóstol Juan, su testigo preferido, y
luego, desciende la escalera macabea para bajar hasta el Torrente
Cedrón camino del Huerto de los Olivos.
Son los mismos peldaños que bajó Jesús camino del Padre. Es de noche,
pronto vendrán a prenderlo, y Jesús necesita orar. Un sudor frío de sangre
coagulada perla la frente que luego será coronada de espinas. Las
mismas manos que luego serán traspasadas por los clavos se juntan en
una oración dolorida. El cuerpo que será lacerado por el látigo de los
sayones se inclina hacia el suelo. Y Jesús pronuncia el “Hágase” definitivo.
El primero fue el de Dios Padre en el momento de la creación, después
vino el de María en respuesta al anuncio del ángel, ahora el de
Jesús. Los dos primeros fueron para
la vida, éste también lo
es, pero antes espera
el suplicio y la muerte.
camina por Jerusalén
Aunque te empujen y te apremien en las esquinas de la Vía
Dolorosa no apresures el paso. Sentirás la angustia del que cae y
se levanta hasta tres veces sobre el empedrado que tú pisas, agobiado
por el peso de la cruz, una cruz inmensa en la que caben
los pecados de todos los hombres. Acompáñalo hasta el Calvario,
sé tú por un momento el cireneo que alivie el roce del leño sobre
sus hombros magullados y escucha el griterío inmisericorde de la
multitud que lo acompaña hasta el suplicio.
En la Iglesia del Santo Sepulcro todo se ha consumado. Allí está el
negro agujero donde se plantó el árbol de la cruz redentora, pero
también hay un sepulcro vacío, prenda segura de nuestra esperanza
en la resurrección. Detente allí, peregrino, aquél es el lugar
más sagrado de la tierra, reza por ti y por los tuyos, reza por todos
nosotros, por tus pecados y por los pecados del mundo.

¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE
LOS MUERTOS AL QUE ESTÁ VIVO?
NO ESTÁ AQUÍ, HA RESUCITADO

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