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El rechazo deliberado a la gracia de Dios 
28 de enero
Por Jerónimo Barrio

«En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas: “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo». (Mc 3, 22-30)


El hombre puede no alcanzar el pleno conocimiento de Dios a lo largo de su vida por muchas razones: falta de apóstoles que se lo trasmitan, falta de interés por descubrir las verdades trascendentes, rechazo de  lo religioso por los malos ejemplos de los que nos llamamos creyentes, conciencia errónea de los temas de fe y de los aspectos morales… Hay tantos motivos de rechazo a Dios y sus asuntos como personas. También hay tantos caminos para llegar a Dios como personas. Solo Dios puede sondear el profundo misterio de la conciencia de cada hombre ante lo divino. Pero todas estas situaciones son dificultades mas o menos vencibles, algunas incluso no culpables.

En el Evangelio de hoy Cristo nos habla de una actitud concreta del hombre frente a Dios que no tiene justificación posible y para la que no cabe ni siquiera el perdón. Palabras muy fuertes de Jesús que parecen cerrar la puerta a la infinita misericordia de Dios. Sin embargo, Cristo nos dice con claridad que el pecado contra el Espíritu Santo “no tendrá perdón jamás” porque la actitud frente a lo divino que adopta el que asume esta opción de vida le incapacita para recibir el perdón, ya que la misericordia no puede concederse al que no quiere aceptarla.

Dios respeta la libertad del hombre siempre; su gracia, su perdón y su infinita misericordia necesitan ser aceptadas para poderse dar. Quien con su corazón endurecido por la maldad se cierra al perdón que el mismo Dios le da, no puede ser perdonado. Quien viendo la luz dice que son tinieblas, no deja margen para nada.

Un hombre que mantiene el puño permanentemente cerrado con tono desafiante a pesar de los gestos de cariño de quien tiene delante, no puede llenar su mano de ese cariño porque tendría que abrir la mano para recibirlo y la mantiene voluntariamente cerrada. No te puedo dar porque no quieres recibir.

Jesús hace un milagro y para los ojos endurecidos de los escribas ese gesto incuestionablemente sobrenatural es obra de Belcebú. Esa es la conclusión definitiva. Cristo en un alarde de infinita humildad y paciencia intenta explicar a esos hombres que ni el mal puede sostenerse cuando está dividido, “¿cómo va a echar Satanás a Satanás?”, pero parece todo inútil.

Siempre que leo este fragmento del Evangelio me acuerdo de una situación que me tocó vivir hace algunos años, cuando intentaba explicar a unos alumnos mayores en un colegio la crudeza y la realidad del aborto. Después de una larga explicación científica y racional sobre la vida en sus primeros inicios, y de demostrar  que el aborto se trata de la simple eliminación de un ser humano inocente en sus primeros compases de vida, sin más argumentos que la voluntad de otro ser humano que debería protegerle; después de haber contestado a todas las dudas que surgían y de dejar claro lo que suponía el hecho de abortar, una alumna se levantó —y con una frialdad que nunca olvidaré— me dijo que reconocía que en el aborto era un ser humano inocente lo que se aniquilaba, que era una situación totalmente injusta y cruel,  que entendía la gravedad moral de este hecho y que a pesar de todo esto ella estaba totalmente de acuerdo con el aborto. No dio ningún argumento, no me preguntó nada, no me dio siquiera su opinión, me dio la razón en todo y se abrazó a la postura contraria. Reconoció el mal y lo abrazó conscientemente, o mejor dicho, se le mostró la verdad y la rechazó completamente. Sentí una enorme impotencia y una gran tristeza. No valen los argumentos para quien no quiere aceptar la Verdad.

Dios es infinitamente misericordioso y confío que a esa joven ya la habrá abierto el corazón y que su respuesta ese día no era una respuesta definitiva como la de los escribas, por duro y frío que fuese su planteamiento.

Yo ese día aprendí el enorme misterio de la libertad del hombre, que puede retar a Dios incluso en lo más gratuito que nos ofrece: su infinita misericordia y su perdón. Pues hasta eso nos podemos perder si queremos.

Jerónimo Barrio

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