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El regreso del hijo pródigo de Rembrandt – Dejarse abrazar por el padre 

La finalidad con la que cualquier tipo de arte religioso se concibe es mover la devoción de aquel que lo contempla. El arte sacro siempre ha tenido implícita una intencionalidad catequética, aunque algunas veces los temas sagrados han sido utilizados por pintores profanos como meras representaciones culturales. Pero aún así, obras de este tipo han servido a los fieles para ver en ellas una imagen de lo divino o una enseñanza moral.

De esta manera entendió Henri J. M. Nouwen  (1932-1996) el cuadro de Rembrandt del “Regreso del Hijo Pródigo” (1668). Nouwen, sacerdote holandés y profesor las universidades de Notre Dame, Harvard y Yale, publicó en 1994 su obra “El Regreso del Hijo Pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt” y en ella realiza un estudio a través de la mirada de la fe de esta pintura.

Rembrandt (1606-1669)  pintó este cuadro al final de su vida, y en él representa la parábola que san Lucas narra en su evangelio. Igual que el hijo pródigo, el pintor holandés, después de una azarosa vida, cuando ya está cercana su muerte, siente la necesidad de volver a la casa paterna.

La figura del hijo arrepentido, arrodillado a los pies de su padre, adquiere en estos últimos momentos de vida del pintor, un tono reflexivo y una forma de hacer balance de una vida llena de triunfos, pero también de multitud de acontecimientos desgraciados.

La parábola de Lucas sirve para ilustrar no solo la vida de Rembrandt, sino la de todo cristiano que necesita dejarse abrazar por el Padre. Este acto de humildad es el que Nouwen ve como punto de partida para poder pasar de ser como el hijo que vuelve a casa, a ser como el padre y amar con el mismo amor con el que el padre ama al hijo, un amor incondicional, un amor sin límites que no puede entender el limitado hijo arrepentido. “Hay algo en nosotros, los humanos, que nos hace aferrarnos a nuestros pecados y nos previene de dejar a Dios que borre nuestro pasado y nos ofrezca un comienzo completamente nuevo. A veces, parece como si quisiera demostrar a Dios que mi oscuridad es demasiado grande como para vencerla. Mientras Él quiere devolverme toda la dignidad de mi condición de hijo suyo, yo sigo insistiendo en que me contentaría con ser un jornalero”[1].         

Como describe Nouwen, Rembrandt presenta la escena como un acto de amor. Sobre un fondo en penumbra el padre y el hijo, iluminados por una luz que remite a lo divino, se abrazan, mientras dos criados y el hijo mayor, también iluminado, contemplan el abrazo. Las manos del anciano se posan sobre los hombros del hijo menor, dos manos que no son iguales entre sí. Una es una fuerte y masculina y la otra delicada y femenina, una se apoya con firmeza sobre el hombro del hijo y la otra lo acaricia con ternura. Esta disparidad remite al amor de Dios, paternal, pero también maternal[2]. Un amor que no hace distinciones y que profesa a sus dos hijos por igual, ya que los dos aparecen bajo el mismo foco lumínico. El mismo amor que se refleja en el rostro del anciano, en el que se expresa el dolor por el pecado de sus hijos.

El padre del cuadro y de la parábola es imagen de Dios Padre que sufre por el pecado de la humanidad. El relato del hijo pródigo es una expresión de la libertad que Dios da a sus criaturas, libertad para abandonarle y libertad para permanecer con Él, pero también expresa que su amor está por encima de esa libertad. “El misterio consiste en que Dios en su infinita compasión se ha unido a la vida de sus hijos para la eternidad. Ha elegido libremente depender de sus criaturas, a quienes dio el don de la libertad. Esta elección hace que sienta dolor cuando se marchan; esta elección hace que sienta una alegría inmensa cuando vuelven. Pero no será una alegría plena hasta que hayan vuelto todos y se reúnan en torno a la mesa preparada para ellos”[3].

Si la figura del padre es imagen del amor divino, las actitudes de ambos hijos reflejan la relación del cristiano con Dios Padre. Rembrandt representa al harapiento hijo menor despojado de toda su dignidad de hijo. Voluntariamente ha abandonado la casa paterna y voluntariamente ha perdido esa dignidad, pero vuelve arrepentido para hundirse en el regazo de su padre. Los colores ocres y terrosos con los que Rembrandt lo pinta contrastan con el elegante rojo de las túnicas del padre y del hijo que permanece en casa.                                                                                                                                                                                                           La escéptica mirada del hijo mayor revela una actitud bien distinta, tanto a la del padre como a la del menor, pero si el mayor no perdona a su hermano, el padre sí lo perdona a él. Los dos hermanos pecan, pero el amor del padre es el mismo hacia ambos, “todo lo mío es tuyo” le dice a su celoso hijo mayor. “La alegría por el regreso emotivo del hijo menor de ningún modo significa que el hijo mayor fuera menos querido, menos apreciado o menos favorecido. El padre no compara a sus dos hijos. Ama a los dos con un amor total y expresa ese amor de acuerdo con sus trayectorias personales. Conoce a los dos íntimamente. Comprende sus cualidades y sus defectos. Mira la pasión de su hijo menor con amor, aunque no sea obediente. Con el mismo amor ve la obediencia del hijo mayor, aunque no esté vitalizado por la pasión”[4].

De esta manera, para Nouwen la obra de Rembrant no es solamente el retrato del pecador arrepentido sino también una muestra del amor incondicional de Dios, al cual, el sacerdote holandés se siente llamado a imitar e invita a hacer lo propio al lector y al espectador del cuadro, ya que, como herederos estamos llamados a profesar su mismo amor. “Así como el Padre se da a sus hijos por entero, así yo tengo que darme por entero a mis hermanos y hermanas. Jesús deja muy claro que darse a sí mismo es la marca del verdadero discípulo”.



[1] Nouwen, Henri J. M.; “El Regreso del Hijo Pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt” Ed. PPC. Colección Sauce, Madrid, 1994, pg. 58.

[2] Op. cit. pág. 107.

[3] Op. cit. págs. 109-110.

[4] Op. cit. pág. 88

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