Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 18, 2019
  • Siguenos!

El relato de un martirio 

La película “De dioses y hombres”, dedicada a los monjes trapenses asesinados en Argelia en mayo de 1996, está cosechando un gran éxito de público en la gran pantalla, pero mi intención no es detenerme en ella, sino en los hechos que la inspiraron.

Los protagonistas reales fueron siete monjes trapenses que vivían en un monasterio en Tibhirine, cerca de la ciudad de Medea, el cual había recibido el nombre de Nuestra Señora de Atlas. Los monjes, procedentes de Francia, se dedicaban a la oración y al servicio. Era una manera silenciosa y llena de amor de testimoniar su fe en Cristo y su amor a los hombres, también a aquellos que pertenecen a una religión diferente de la propia.

El territorio en el que se encontraba el monasterio llegó a ser sumamente inseguro. Grupos armados podían desplazarse con bastante facilidad entre las montañas, sin que el ejército lograse controlar sus movimientos. Las autoridades de la zona ofrecieron a los monjes la posibilidad de ser protegidos por la policía o de refugiarse en alguna ciudad más segura. Los monjes se negaron. Posteriormente un jefe guerrillero les pidió que se marchasen. También dijeron que no: estaban allí como hombres de paz, como religiosos, y el mismo Corán alaba la vida de quienes se dedican por entero, como ellos, al servicio de Dios.

una decisión “crucial”

El 24 de diciembre de 1995 se presentó un grupo armado. Reclamaron medicinas y dinero. También pidieron que uno de los monjes, el hermano Luc (un médico de 80 años, muy amado por la gente del lugar), dejase el monasterio para atender a los guerrilleros heridos. El abad, padre Christian de Chergé, respondió que sus peticiones eran imposibles. No tenían dinero, y el hermano médico era muy anciano para ir a las montañas.

Después de esta “visita”, el abad y los demás trapenses sabían que su vida corría peligro. Pensaron que llegaba  la hora de abandonar el monasterio para evitar un “suicidio colectivo”.

A los pocos días el obispo visitó y habló con la comunidad. Respetaba la decisión que habían tomado, pero les pedía que reflexionasen en el significado de su “huida”: muchos otros religiosos y religiosas se dejarían llevar por el pánico, y abandonarían a sus comunidades.

El abad invitó a los monjes a la oración. Desde el diálogo con Dios, cada uno debía decidir si permanecer en el monasterio o abandonar la zona. Uno por uno dio su sí a la idea de seguir en el lugar en donde Dios los había destinado. El martirio se convertiría, desde ese momento, en una posibilidad real, muy cercana.

El momento de la prueba no se hizo esperar. El 26 de marzo de 1996, siete monjes del monasterio fueron secuestrados por un grupo de terroristas. Otros dos monjes quedaron allí, al no haber sido descubiertos por los “visitantes”. Los secuestradores piden a Francia la liberación de varios terroristas como canje por los monjes. Francia se niega a negociar. Juan Pablo II, desde Roma, pide, suplica, que los monjes sean liberados.

El 21 de mayo de ese mismo año los siete monjes fueron asesinados. Días después sus restos mortales fueron encontrados cerca de Medea. Junto con el abad, el padre Christian de Chergé, dieron su vida también el maestro de novicios (padre Christophe), otros dos sacerdotes (padres Bruno y Célestin) y tres hermanos (Luc, el anciano médico, Michel y Paul).

vivir amando, morir perdonando

¿Qué sentido puede tener, en la vida de los pueblos, en Argelia y en el mundo, ese sacrificio, esa muerte? La clave de lectura podemos encontrarla en el testamento espiritual que había escrito, entre diciembre de 1993 y enero 1994, el abad, padre Christian de Chergé. En este testamento muestra su amor a Cristo y, desde ese amor, su amor a las poblaciones musulmanas de la zona. Podemos leer algunas de sus frases:

“Si me sucediera un día -y ese día podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia, yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba entregada a Dios y a este país. Que ellos acepten que el único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí. (…) Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido”.

El testamento expresa un profundo deseo de reconciliación, de amor, de respeto hacia los musulmanes:

“Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: ‘¡que diga ahora lo que piensa de esto!’ Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con Él a sus hijos del Islam tal como Él los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de su pasión, inundados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias”.

Las palabras finales del testamento son una invitación al perdón, una especie de abrazo profundo, sincero, a quien pueda llegar a convertirse en “verdugo”, cuando lo único que quería el abad del monasterio de Nuestra Señora de Atlas era sentirlo como hermano y amigo:

“Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este gozo, contra y a pesar de todo. En este gracias en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy y a vosotros, oh amigos de aquí, junto a mi madre y a mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este gracias, y este ‘A-Dios’ en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN! IM JALLAH!”

Juan Pablo II supo entrever el significado de la muerte del P. Christian y de sus compañeros: una entrega a Dios por Argelia, por la gente de un pueblo que ha sufrido y sufre cada vez que algunos de sus hijos se apartan del camino del amor. En una carta enviada por el Papa a los cistercienses reunidos en capítulo general, les decía:

“El testamento que dom Christian de Chergé nos ha dejado ofrece a todos una clave que nos permite comprender los trágicos acontecimientos en medio de los que él y sus hermanos han tenido que moverse y cuyo significado final ha sido el don de sus vidas en Cristo. ‘Mi vida -escribía- está entregada a Dios y a este país’ ” (carta de Juan Pablo II del 10 de octubre de 1996).

Añadir comentario