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El retorno a la eternidad 
28 de noviembre
Por Jerónimo Barrio

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre». (Lc 21, 25-28. 34-36)


Es este Evangelio un pasaje apocalíptico, describe el final de los tiempos y la venida de Cristo glorioso, el final de lo terreno y el comienzo exclusivo de lo celestial. Jesús lanza a los hombres un mensaje que es muy simple. En la medida en que estemos desprendidos de lo de aquí, de lo terrenal, la llegada del verdadero Reino no nos tendrá que hacer tambalear. El pánico de los hombres carnales que han vivido apegados a los bienes terrenales es comprensible cuando llega el final del mundo, porque con él se les acaba todo y se teme a lo que tiene que llegar como desconocido o castigador… El hombre espiritual que sabe que es de Dios y que a él tiene que volver, no debería atemorizarse por los finales de esos asuntos terrenos, porque dan paso a lo verdadero, al retorno a la eternidad a la que pertenecemos y de la que procedemos en esencia.

Nos cuesta mucho creernos esto. Cuando los cristianos tenemos tanto miedo a la muerte y al final de todos nuestros asuntos terrenos, estamos viviendo sin coherencia nuestra fe. Es entendible un temor humano a la separación corporal, pero si lo pensamos bien, ¿para qué rezamos? ¿Qué esperamos cuando nos llamamos hijos de Dios, creyentes? ¿Una vida ideológicamente complaciente? ¿Unos rituales que satisfacen nuestro sentido del existir? ¿Solo eso? No puede ser eso… Todo lo que nos toca vivir aquí tiene que ser vivido con vistas al cielo, si no es así, algo falla en nuestra fe. Los apegos a esta vida, a personas, cosas y los agobios permanentes por los asuntos de aquí abajo, son un mal indicador de nuestro modo de entender la fe. Ese fin de los tiempos que el Evangelio relata es para cada uno el diagnóstico de su enfermedad final, o el de nuestros más íntimos familiares, la noticia que nos deja helados porque no tiene solución, lo que nos deja sentir el “nunca más” de lo temporal.

No es necesaria una lluvia de meteoritos o un tsunami natural. Hay momentos en nuestra vida que son peor que eso y nos tienen que pillar bien preparados para saber “mantenernos en pie ante el Hijo del hombre” que llega a nuestro encuentro. Si hemos creído en Él, si le hemos rezado a diario, ¿cómo nos puede aterrar su venida? Solo si nos apegamos a lo que no es Cristo sentiremos agobio y dolor cuando llegue Cristo, porque no es a Él a quien esperamos. Pero si hemos sido sinceros en nuestro amor a Cristo, qué alegría tendremos que experimentar cuando nos acerquemos a ese abrazo pleno con Él.

“Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Está más claro que el agua.

Jerónimo Barrio

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