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El rito Hispano-Mozárabe 

Origen y evolución histórica

En el siglo XI el Papa Gregorio VII decidió unificar la liturgia romano-latina en toda la cristiandad, implantando el rito romano y suprimiendo el rito hispano, cuyos orígenes se remontaban a la Iglesia primitiva. Aunque en un principio se resistieron, los reyes de Castilla y Aragón aceptaron la unificación, con lo que el rito hispano fue prohibido en todos los reinos cristianos de la Península Ibérica menos en el de Toledo, donde los cristianos, sometidos al Islam y llamados desde entonces “mozárabes”, permanecieron fieles a la fe católica y siguieron celebrando en su propio rito.

El pasado 16 de mayo, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo y Primado de España, presidió la misa vespertina de la Ascensión del Señor en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, por el rito hispano-mozárabe. Ha sido la cuarta misa que se ha celebrado por este rito. La primera tuvo lugar en pleno Concilio Vaticano II, la segunda fue presidida por San Juan Pablo II en 1992 y la tercera durante el gran jubileo del año 2000. El arzobispo de Toledo recordó que «muchos han sido los avatares por los que ha pasado el rito Hispano-Mozárabe (….) Cuando, tras ser aprobado el misal y editado a finales de 1991, el Santo Padre, San Juan Pablo II, celebró esta misma misa solemne en el venerable rito, se hizo visible un signo de amor y de reconocimiento de uno de los mayores tesoros culturales y espirituales de la Iglesia española y de su diócesis primada de Toledo». Celebrar la misa en el rito hispano-mozárabe nos hace sentir la comunión con nuestras más hondas raíces cristianas.

El Rito Hispano-Mozárabe1 es uno de los diversos ritos que se fueron formando en el transcurso de los tiempos en las distintas regiones en donde se fue implantando la Iglesia Católica. Todos arrancan de la última Cena que celebró el Señor con sus discípulos, aquella primera “fracción del pan” que los apóstoles repitieron, según el mandato de Jesucristo, para conmemorar su muerte y resurrección. Posteriormente, a la primitiva sencillez de aquellos encuentros en torno a los signos sacramentales de pan y vino, se fueron añadiendo nuevos elementos de lecturas sagradas, oraciones e invocaciones, diferenciadas según el tiempo y el lugar. Así fueron surgiendo las diversas maneras de celebrar las acciones litúrgicas que ahora llamamos ritos. Así nacieron, con notables diferencias entre ellos, los ritos romano, milanés o ambrosiano, galicano, bracarense, norte-africano e hispano.

El Rito Hispano es, por tanto, la manera propia de celebrar las acciones litúrgicas de la Iglesia española en los primeros diez siglos de su historia. Fue practicado primeramente por los cristianos hispano-romanos, se siguió usando bajo la dominación de los visigodos —época en que los grandes Padres de la Iglesia visigoda lo enriquecieron considerablemente—; también por los cristianos que permanecieron fieles a su fe católica bajo la dominación musulmana en las diversas regiones de la España dominada, y por los que se mantuvieron de la misma manera en las regiones no ocupadas.

Las diferencias con el resto de los ritos y, especialmente con el romano, consistirán en el modo peculiar de realizar las tres partes esenciales de la Misa: Liturgia de la Palabra (con las Intercesiones Solemnes y Rito de la Paz), Plegaria Eucarística y Rito de Comunión; en la forma o el lugar que se da a algunos elementos suplementarios, y en el significado particular que se les atribuye.

La decisión del Papa Gregorio VII, en el siglo XI, de implantar en todas las iglesias el rito romano significó la supresión del rito hispano. Aceptada esta decisión —no sin resistencia— por los reyes de Castilla y Aragón, el rito hispano fue prohibido en todos los reinos cristianos de la Península menos en el de Toledo, donde los cristianos, sometidos al Islam y llamados desde entonces “mozárabes”, permanecieron fieles a su fe católica y celebrando en su propio rito. Por ello, podemos afirmar que uno de los tesoros culturales y religiosos más preciados que Toledo y su Catedral conservaron y conservan actualmente, es el de la liturgia hispano-mozárabe: liturgia completa, conservada secularmente en las seis parroquias mozárabes de la ciudad de Toledo y en la Capilla Mozárabe del Corpus Christi en la catedral, fundada en el año 1502 por el cardenal Cisneros.

hispánico, visigótico y mozárabe

Este Rito, designado indistintamente como “hispánico” por su nacimiento y vivencia, “visigótico” por su época de esplendor, y “mozárabe” por su pervivencia en un ambiente hostil durante la dominación árabe, arranca y empalma con los orígenes, ciertamente apostólicos, de nuestra fe católica.

En la Misa en Rito Hispano-Mozárabe, celebrada en Roma por S.S. Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro, el 28 de mayo 1992, el Papa hacía referencia en la homilía a este hecho y afirmaba que: «La liturgia hispano-mozárabe representa pues una realidad eclesial, y también cultural, que no puede ser relegada al olvido si se quieren comprender en profundidad las raíces del espíritu cristiano del pueblo español»2. Y añadía: «Esta liturgia ayudará a revivir rasgos importantes de la espiritualidad cristiana de vuestros antepasados, espiritualidad que indudablemente ha contribuido a forjar la idiosincrasia del pueblo español en su evolución religiosa, cultural, social y política»3.

La liturgia hispano-mozárabe es una expresión de la implantación y consolidación del cristianismo en España. A través de ella constatamos cómo la Iglesia se constituye como tal en un territorio concreto, dándole una fisonomía propia. Allí la Iglesia echa raíces en la cultura del pueblo y surgen instituciones eclesiásticas de forma sólida y autónoma. Estas instituciones serán muy variadas. Las más fácilmente observables son las que afectan al territorio (obispados y parroquias), a las personas (obispos y clero), al derecho (concilios), y a los símbolos de la fe (expresión de las creencias que mantienen unidas a las comunidades cristianas).

Ciertamente, en sus comienzos, las comunidades cristianas no estarían muy estructuradas territorialmente. Posiblemente funcionarían sin la presencia de ciertos grados de la clerecía y no tendrían constituido un cuerpo legislativo que rigiese su vida colectiva, pero es impensable que careciesen de una lex orandi y de una práctica litúrgica. La Iglesia no se concibe sin el ejercicio del culto, ni aún en sus más remotos orígenes.

origen y formación

Nada o muy poco es lo que se puede decir sobre el desarrollo de la liturgia hispánica durante los cuatro primeros siglos del cristianismo. Lo mismo se puede afirmar del resto de las liturgias occidentales de raíz latina. Sin embargo, es lógico pensar que la Iglesia local que ha recibido de una Iglesia madre el anuncio de la Buena Nueva y ha sido evangelizada y estructurada por ella, haya recibido también sus formas de expresión cultual. Una convicción aceptada y arraigada profundamente es el origen romano y apostólico de la Iglesia española. Este hecho de su fundamentación apostólica y romana será el motivo que aducirá el Papa Gregorio VII, en el siglo XI, para abolir en toda la Península el antiguo rito hispánico e introducir en ella el rito romano.

En los primeros cuatro siglos es impensable suponer una unidad de tipo litúrgico en todas las tierras de la Península Ibérica. Lo más probable es que existiese una gran diversidad litúrgica entre unas provincias y otras, juntamente con la coexistencia pacífica de numerosas variantes locales. Otorgada la paz religiosa por Constantino a principios del siglo IV, las comunidades comenzarían un desarrollo rápido, con una fuerte intercomunicación entre ellas y con los puntos neurálgicos del occidente latino cristiano, de tal forma que partiendo de un particularismo litúrgico sumamente acentuado, de alguna manera se iniciaría un cierto proceso de unificación ritual, en una forma parecida a como se inició el proceso de unificación del derecho canónico.

Este proceso de unificación litúrgica se fue implantando lentamente, hasta el punto de que, en tiempos de San Isidoro, en España todavía no había culminado. Y nunca se llegaría a la unificación completa pues, en Toledo, por ejemplo, convivieron a la vez dos tradiciones, llamadas A y B, o “Isidoriana” y “Leandrina”4.

En los cánones del Concilio I de Toledo5, en el año 400, encontramos ya signos inequívocos, tanto en lo relativo a la misa como al oficio, de la existencia y desarrollo de la liturgia hispánica, como el número de lecturas y su terminología (Prophetia, Apostolus, Evangelium), y la celebración del rito del “Lucernario” en las vísperas, las cuales se inician con la lámpara encendida, su elevación por parte del diácono y la consiguiente aclamación: “In nomine Domini nostri Iesu Christi lumen cum pace”, siguiendo la recitación o canto del salmo lucernario.

A finales del siglo IV, un nuevo hecho innovaría y alteraría sustancialmente el proceso de formación litúrgica. Este hecho caracterizaría desde entonces a la liturgia de Occidente. Por influencia del Papa Sirico (384-399), en Roma se comenzó a dejar la costumbre de usar un formulario fijo para la misa y se introdujeron nuevos modos de plegarias con variedad de colectas, comunicantes y prefacios en diversas fiestas y ferias. Esta reforma fue consecuencia de otra no menos importante, efectuada unos años antes también en Roma, en torno a los pontificados de los papas Liberio (352-366) y Dámaso (366-384): la introducción del latín en la liturgia romana, eliminando de ella el griego. La sustitución de la lengua griega condujo a la creación de un latín litúrgico de corte clásico, sobrio, elegante y bien medido.

Unidos a estos hechos, se pone en boga el uso de los “libelli”, especie de cuadernillos sueltos en los cuales se reproducían con facilidad textos litúrgicos que podían circular ampliamente y con muy poco costo. Los “libelli” contenían las partes variables de la misa, especialmente cuatro o cinco colectas, el prefacio y alguna que otra pieza litúrgica intercambiable en el rito romano. La variedad de formularios de la misa dio lugar a un fecundo período de creatividad y a un amplio intercambio de “libelli” entre las distintas regiones cristianas de Europa. El Sacramentario Gelasiano, o colección de formularios de las partes variables de la misa agrupados por meses, es el manuscrito más espléndido que ilustra esta tradición y que fue sin duda conocido en la Península antes del año 600, sirviendo de modelo de expresión del lenguaje litúrgico.

El antiguo Rito Hispánico forma parte del grupo de liturgias de lengua latina que inician su andadura en torno a los siglos III y IV y que se constituyen en Occidente entre los siglos V y VII. No todas las liturgias occidentales lograron alcanzar su pleno desarrollo. Nada ha sobrevivido de la liturgia de Cartago o de Aquileya, que no superaron la fase inicial. De la liturgia beneventana, en Italia, y de la céltica, en Irlanda, ha quedado muy poco. La liturgia de Milán, con su producción musical, se impuso como modelo en Occidente y conoció momentos de gran esplendor, pero circunstancias históricas impidieron que siguiera formándose libremente hasta la compilación definitiva de los libros litúrgicos. Algo parecido le ocurrió a la liturgia galicana, que tuvo sus orígenes en la región de Provenza y que fue prácticamente abandonada cuando el reino franco-germánico adoptó el rito romano. Las dos únicas liturgias occidentales que se han conservado completas, pudiendo formarse ampliamente, con abundancia de medios y sin límites de tiempo, son los ritos romano e hispánico.

     1 A. FERNÁNDEZ COLLADO, “El Rito Hispano-Mozárabe. Historia y Actualidad”, en Los Mozárabes. Una minoría olvidada, Sevilla: Fundación El Monte, 1998, 201-223.

     2 BOLETIN OFICIAL DEL ARZOBISPADO DE TOLEDO, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro durante la Misa en Rito Hispano-Mozárabe, Toledo, julio-agosto, 1992, pp. 275-279.

     3 Ibídem.

     4 R. GONZÁLVEZ RUIZ, “El Canciller don Pedro López de Ayala y el problema de las dos tradiciones del rito hispánico”, en Liturgia y Música Mozárabes, Toledo, Instituto de Estudios Visigótico-Mozárabes, 1975, pp. 105-110. J. PINELL, “El problema de las dos tradiciones del antiguo rito hispánico”, en Liturgia y Música Mozárabes, Toledo, Instituto de Estudios Visigótico-Mozárabes, 1975, pp. 3-44.

     5 GARCIA LOAISA, Collectio Conciliorum Hispaniae, (Biblioteca Capitular de Toledo, Ms. 62-17), Madrid 1593, pp. 37-66.

Mons. Ángel Fernández Collado
Obispo Auxiliar de Toledo

 

 

 

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