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El ruido, no nos deja oír la llamada 
05 de Noviembre
Por Mª Nieves Diéz Taboada

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el reino de Dios!»

Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado.” Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.” El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.” El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.” Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.” Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete» (San Lucas 14, 15-24).

COMENTARIO

La reacción del amo indignado ante la negativa es airada, y casi nos parece desproporcionada ya que, muchas de las disculpas para no asistir, son lógicas desde el punto de vista humano. Parece que el Señor quiere que quien sea llamado se sienta privilegiado por ello, ninguna excusa sirve, puesto que Dios ha puesto su mirada sobre el elegido y esta elección debería sentirla como el acontecimiento más importante en su vida. No podríamos imaginar que alguien no vaya a recoger un importante premio de lotería por cualquier otro quehacer o acontecimiento, seguro que lo pospondría por importante que fuera, ante la suerte de haber sido agraciado con una sustanciosa cantidad de dinero.

El amo manda a sus criados para llevar a cabo una nueva elección de invitados, y esta vez  van a los caminos a recoger a los que no importan, primero pobres, cojos, ciegos y a los que no tienen un papel en la sociedad, a los desafortunados, ellos, frecuentemente, tienen mejor respuesta desde su humildad y sencillez, a las propuestas del Señor. Y finalmente, con gran dureza, el amo asegura que ninguno de aquellos, que se atrevieron a despreciar el tesoro ofrecido con su llamada, entrará en el banquete del reino.

Estremece un poco pensar cuantas veces habremos rechazado la llamada del Señor o no pusimos suficiente atención a sus intentos de llevarnos a él por el camino acertado. Estamos enredados con el diario y ruidoso ajetreo de la vida de aquí abajo, que no nos deja oír el susurro de su llamada, y aún peor, cuando sí lo oímos pero nos parece dura la propuesta y como dice el poeta contestamos: “… mañana le abriremos… para lo mismo responder mañana.”

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