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El sacramento del matrimonio en San Juan Pablo II – Parte XI 

El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia se constituye cada vez según esa dimensión que le es propia desde el «principio», y al mismo tiempo se constituye sobre el fundamento del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, como la expresión única e irrepetible de la alianza entre «este» hombre y «esta» mujer, que son ministros del matrimonio como sacramento de su vocación y de su vida. Catequesis 107 &1.

El cuerpo, como tal, no «habla», sino que habla el hombre, basándose en el «cuerpo», en la masculinidad o femineidad del sujeto personal, más aún, basándose en lo que el hombre puede expresar únicamente por medio del cuerpo.

En este sentido, el hombre -varón o mujer- no sólo habla con el lenguaje del cuerpo, sino que en cierto sentido permite al cuerpo hablar «por él» y «de parte de él»: diría en su nombre y con su autoridad personal. De este modo, también el concepto de «profetismo del cuerpo», parece tener fundamento: el «profeta», efectivamente, es aquel que habla «por» y «de parte de»: en nombre y con la autoridad de una persona.

(…) Entablando el diálogo conyugal, propio de su vocación y basado en el lenguaje del cuerpo, releído (…) en la verdad! Los cónyuges están llamados a construir su vida y su convivencia como «comunión de las personas» sobre la base de ese lenguaje. Puesto que al lenguaje corresponde un conjunto de significados, los esposos -a través de su conducta y comportamiento, a través de sus acciones y expresiones («expresiones de ternura»: cf. Gaudium et spes, 49)- están llamados a convertirse en los autores de estos significados del «lenguaje del cuerpo», por el cual, en consecuencia, se construyen y profundizan continuamente el amor, la fidelidad, la honestidad conyugal y esa unión que permanece indisoluble hasta la muerte. Catequesis 107 &2.

El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia se forma cabalmente por esos significados, de los que son autores los esposos. Todos estos significados dan comienzo (…) en el consentimiento matrimonial, a fin de construir luego (…) el mismo signo, identificándose con él en la dimensión de toda la vida. Hay un vínculo orgánico entre el releer en la verdad el significado integral del «lenguaje del cuerpo» y el consiguiente empleo de ese lenguaje en la vida conyugal.

En este último ámbito el ser humano -varón y mujer- es el autor de los significados del «lenguaje del cuerpo». Esto implica que tal lenguaje, del que él es autor, corresponda a la verdad que ha sido releída. Basándonos en la tradición bíblica, hablamos aquí del «profetismo del cuerpo». Si el ser humano -varón y mujer- en el matrimonio (…) confiere a su comportamiento un significado conforme a la verdad fundamental del lenguaje del cuerpo, entonces también él mismo «está en la verdad». En el caso contrario, comete mentira y falsifica el lenguaje del cuerpo. Catequesis 107 &3.

El consentimiento matrimonial (…) ofrece a los esposos una participación especial en la misión profética de la Iglesia, transmitida por Cristo mismo, podemos servirnos, a este propósito, de la distinción bíblica entre profetas «verdaderos» y profetas «falsos». A través del matrimonio como sacramento de la Iglesia, el hombre y la mujer están llamados de modo explícito a dar -sirviéndose correctamente del «lenguaje del cuerpo»- el testimonio del amor nupcial y procreador, testimonio digno de «verdaderos profetas». En esto consiste el significado justo y la grandeza del consentimiento matrimonial en el sacramento de la Iglesia. Catequesis 107 &4.

Debemos recordar constantemente el hecho de que el hombre «histórico», varón y mujer, es, al mismo tiempo, el «hombre de la concupiscencia»; como tal, cada hombre y cada mujer entran en la historia de la salvación y están implicados en ella mediante el sacramento, que es signo visible de la alianza y de la gracia.

Por lo cual, en el contexto de las presentes reflexiones sobre la estructura sacramental del signo del matrimonio, debemos tener en cuenta no sólo lo que Cristo dijo sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio, haciendo referencia al «principio», sino también (y todavía más) lo que expresó en el sermón de la montaña, cuando apeló al «corazón humano». Catequesis 107 &5.

Así sea, amados hermanos y hermanas, en cada uno de nosotros. La escucha de la Palabra de Dios nos alegre el corazón y guíe nuestra conducta en el año del Señor 1983 y durante toda nuestra vida. Amén. Catequesis 107 &6.

El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia (26-I-83/30-I-83)

Uno de los desafíos más urgentes que tiene la Iglesia contemporánea, cara a la nueva evangelización, es el del lenguaje profético que anuncia el amor gratuito de Dios, y los signos que lo acompañan para que sea creíble. En particular, el amor en la dimensión de la cruz y la unidad que aparecen en la comunidad eclesial. Sea ésta doméstica, parroquial, Neocatecumenal, o de cualquier otra naturaleza institucional o carismática. La prueba de fuego sobre su autenticidad es si los que participamos de estas realidades eclesiales ¿damos estos signos en nuestra andadura de fe?; ¿tenemos frutos de vida eterna?; ¿llevamos sobre nosotros el pecado de los demás?; ¿tenemos amor a los enemigos?: ¿ponemos a Dios por encima del dinero y de la propia voluntad?

Rebajar el nivel de la fe a un asistencialismo social, a una búsqueda de la calidad de vida que se reduce a este mundo, a hacer de la Iglesia una distribuidora de riquezas, a proponerla como modelo de convivencia pacífica para la sociedad convulsionada, sería mirar para otro lado, abandonar el norte: “Cuando fui a vosotros… no quise saber sino a Jesucristo, y éste crucificado.” (1 Cor 2,1-2)

Estas peguntas no pueden eludirse en la misma realidad del matrimonio cristiano, dando por supuesto que también en él, los esposos y los hijos-hermanos estamos llamados a experimentar el amor más grande: el ágape, “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado… para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 15,12; cfr. Jn, 17,21)

Como se insiste tanto, no se trata de cambiar la doctrina magisterial sobre el matrimonio, se trata de poner la hermosura de sus frutos al alcance de todos, de proponer con humildad el amor de Dios a todos aquellos a quienes Él, soberana y libremente, desea darse a conocer, ya que no vino a buscar a los justos, sino a los pecadores. Para una Iglesia en salida necesitamos una pastoral de la oveja perdida, sin abandonar la pastoral de mantenimiento. Con la particularidad de nuestra época de que hoy dentro del seno visible de la Iglesia está el 1%, y fuera espera la ‘llamada’ el 99%. Aquí está la urgencia de la misión.

 

 

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