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Orar y descansar 
11 de Enero
Por José Manuel Mora Fandos

Sucedió que, estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y enseguida la lepra se le quitó.
Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo:
«Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de su enfermedades.
Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración (San Lucas 5, 12-16).

COMENTARIO

Un rasgo del modo de ser de Jesús que los evangelistas no han dejado de indicar es que frecuentemente se retiraba a la intimidad de la oración. Y tampoco se les ha pasado por alto la relación entre esos tiempos de especial conexión con el Padre, y los milagros y signos que hacía; más aún, la relación con todo lo que hoy podríamos llamar aquel “estilo de vida” de Jesús. Sus discípulos no debieron tardar en captar con claridad que el “secreto” estaba en la oración, y por eso llegaron a pedirle que les enseñara a orar. No le pidieron el poder, la capacidad, los efectos extraordinarios que presenciaban, sino estar también ellos “allí”, en la relación.

En el pasaje de hoy vemos a Jesús retirarse a la oración después de hacer el milagro, después de atender a las gentes. Qué importante es estar con Dios antes de actuar, pero qué importante también después, cuando nuestra acción ha modificado para bien —poco o mucho—, nuestro mundo cotidiano, cuando se insinúa la tentación de complacerse en lo hecho, de afincarse en una pobre comprensión de lo que realmente ha ocurrido que nos ensalce en un podio de cartón. Qué descanso el de esa oración “post”, que nos descarga de nosotros mismos y nos afianza en la única relación que nos da la verdadera vida.

 

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