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El secreto de la Madre Teresa: su oscuridad interior 

Aquel que, como el sarmiento a la vid, permanece unido al Señor, ese da mucho fruto (cfr. Jn 15,5). Es la más íntima unión con Dios la que asegura el viento que empuja las velas de nuestra vida espiritual haciéndonos avanzar más allá de lo soñado. Y así sucedió con Teresa de Calcuta quien, a lo largo de su vida, presenció la expansión de su obra por más de cien países gracias a las miles de vocaciones que recibiría la orden; quien fue mundialmente conocida y admirada gracias a su inmenso impacto mediático, y reconocida en su valiosa labor con multitud de premios y distinciones.

La sola presencia de la santa era capaz de conmover las almas más alejadas de Dios. La profunda luz de su mirada penetraba las conciencias de quienes la conocían hasta concederles la certeza de lo trascendente. Teresa de Calcuta irradiaba a Cristo. Ante una vida tan llamativamente fecunda, solo cabría imaginar sentimientos de satisfacción, felicidad y gozo en el corazón de alguien que había conocido una verdadera unión con el Señor. La inspiración de su obra había sucedido dentro de una experiencia de amor, fe, confianza y unión a Dios. Y todo esto era lo que su rostro emanaba allá donde se encontrara. Años y años después, la Madre Teresa conservaba intacta en su expresión la indeleble huella de su vivencia mística.

Sin embargo, durante la mayor parte de su vida, Teresa de Calcuta guardaría en las profundidades de su alma un gran secreto, solo desvelado al mundo cuando, tras su fallecimiento e iniciado el proceso de beatificación, se autoriza el acceso a sus cartas privadas y diarios espirituales. Serán estos documentos, por cuya destrucción ella abogaría inútilmente en repetidas ocasiones, los que nos permitan descubrir, para nuestro asombro, la terrible oscuridad interior que la acompañó durante casi cincuenta años.

haz conmigo lo que quieras

Es en 1953 cuando, en una carta dirigida al arzobispo de Calcuta, Monseñor Périer, alude por primera vez y de forma explícita a su desolador sentimiento. Según confiesa en su escrito, este nace justo al comenzar su misión entre los más pobres de los pobres:

«Excelencia: Por favor, rece especialmente por mí para que no estropee Su obra y para que Nuestro Señor se muestre a Sí Mismo, ya que hay una oscuridad tan terrible dentro de mí, como si todo estuviera muerto. Esto es así más o menos desde el tiempo en que comencé   “la obra”. Pídale a Nuestro Señor que me dé ánimo. Por favor, bendíganos».

Pero el arzobispo no pudo, en esta ocasión, comprender realmente la naturaleza de los sentimientos de Teresa quien, casi un año más tarde, le volvería a confiar su dolor: «Mi alma permanece en profundas tinieblas y desolación. No, no me quejo, que haga conmigo todo lo que Él quiera». Su abandono y confianza en Dios, en estas penosas circunstancias, son el más bello signo de su amor.

En enero de 1955, en otra carta a Monseñor Périer, Teresa describe un nuevo matiz en su desgarradora experiencia: la sensación de una soledad que ya nunca la abandonaría en su doloroso camino y que la distancia, al menos temporalmente, de su director espiritual, el Padre Celeste Van Exem, acentuando aún más su sufrimiento: «Hay una soledad tan profunda en mi corazón que no lo puedo expresar. ¿Cuánto tiempo estará lejos Nuestro Señor?».

Esta vez, Monseñor Périer responde a Teresa con un extenso escrito en el que intenta explicar el sentido de esta oscuridad que, de forma implacable, se cierne sobre la santa. Y, para ello, Monseñor vuelve su mirada a la vida de otros santos como Teresa de Lisieux o Santa Teresa de Jesús. En efecto, en la vida de todos los grandes santos surge, en algún momento y de manera ineludible, este episodio que produce la privación sensorial de la presencia de Dios.   El gran paradigma de ello será San Juan de la Cruz, quien acuña el concepto de “noche oscura” para definir el sentimiento de abandono que, en su camino hacia la unión con Dios, sufre el alma anhelante por parte de su Amado:

«¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido»
 

En sus versos, San Juan de la Cruz describe con magistral expresividad esta experiencia cuyo origen es Dios mismo que trata de purificar el alma de forma previa a la unión divina.

te basta mi gracia 

 

La vivencia, como sucede en el caso de Teresa de Calcuta, alcanza en ocasiones intensidades sobrehumanas. Ella hablará de “tortura y dolor indescriptibles”, “angustia constante”,“oscuridad indecible”. Teresa se siente, en su deseo de Dios, rechazada por Él y esto le causa un sufrimiento desmedido. Sin embargo, esta experiencia será la que exacerbe en ella, de manera decisiva, su dimensión más humana y espiritual, dotándola de todo cuanto necesita para realizar la misión que Dios le ha encomendado. Su oscuridad es la dolorosa forma en que Dios la capacita.

Unamuno descubre en el sufrimiento el origen de la conciencia que el ser humano toma de sí mismo. Pero es también el sufrimiento el que nos permite tomar conciencia, en profundidad, de la realidad de los demás. Para que Teresa pueda realmente aliviar a los más pobres de entre los pobres debe compartir con ellos su soledad, su abandono, su rechazo. Es esto lo que la hermana definitivamente con ellos. En este sentido, la oscuridad no es sino expresión de la mayor pobreza. Y ella ha sido destinada a entregarse a los más pobres, a los que llegará a comprender de manera inigualable.

Allí donde se encuentre, siempre terminará junto al más necesitado, aunque este se oculte bajo un elegante traje, como sucederá en sus viajes a los países ricos. El alma de Teresa de Calcuta queda convertida por su sufrimiento en un radar que detecta con absoluta precisión la soledad, la angustia y el dolor de los que la rodean. Así pues, la oscuridad que asola su alma es realmente el “arma secreta” que Dios le concede para desarrollar su labor. Y, además, para hacerlo enraizada firmemente en la más auténtica humildad.

El éxito objetivo de su misión, los cientos de premios que le son otorgados a lo largo de su vida, entre ellos el Nobel de la Paz, y la fama internacional que pronto alcanzaría no podrán desarraigar a Teresa de esta humildad imprescindible para la santidad. Como al apóstol San Pablo, un aguijón le ha sido introducido en su carne para preservarla de toda vanagloria (cfr. 2Cor 12,7). Su dolor le impide enorgullecerse de reconocimiento alguno. Al fin y al cabo, es uno solo el reconocimiento que ella anhela pero vive privada de él. En esta ausencia lacerante se instala humildemente para sentirse   «feliz de no ser nada, ni siquiera para Dios».

ven, sé mi luz

Pero la dimensión más espiritual de su oscuridad será descubierta, por ella misma, tras once años de padecimiento. Su dolor, al que ella consideraría su secreto más profundo, solo compartido a lo largo de su vida con tres sacerdotes, el arzobispo Périer, el Padre Van Exem y   su amigo, el Padre Picachy, es realmente una extensión de la Pasión de Cristo. Así, alcanzada esta certeza que ilumina su sufrimiento, Teresa escribirá: «Por primera vez, en estos once años, he llegado a amar la oscuridad, pues creo ahora que es una parte, una muy, muy pequeña parte de la oscuridad y del dolor de Jesús sobre la tierra».

Se trata, por tanto, de la dimensión espiritual de su obra. Al igual que algunos santos han participado de la Pasión a través de la concesión de sus expresiones físicas, como los estigmas de las manos o la llaga del costado, con Teresa se comparte la magnitud psicológica de la misma. Por eso, en ese excelente documental sobre su vida titulado “El Legado”, explica con firme convicción que es la soledad de Jesús, el sufrimiento y la agonía que padeció en Getsemaní y su sentimiento de abandono en la cruz la realidad más dolorosa de su sacrificio.

Teresa conoce muy bien aquello que nos revela, pues en su propia alma albergará una   muestra esencial de esa misma soledad, de ese abandono y de ese dolor durante casi cincuenta años. La oscuridad, ese anhelo permanente e infinito de un Dios oculto en   el silencio, es manifestación de la sed del propio Cristo crucificado, que se desgarra en su grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Aferrada ciegamente a una fe que, a modo de pintura tenebrista y como en la mujer cananea (cfr. Mt 15,28), será exaltada hasta su plenitud por la oscuridad, Teresa queda transformada en la luz radiante que alumbra las soledades de tantos y tantos seres humanos. «Ven, sé mi luz», le había pedido el Señor.

La oscuridad acompañó a Teresa hasta el final de sus días, velando su unión más íntima y profunda con el Cristo sufriente en los necesitados. Sobre el dolor asumido, perfecta afinación para el alma y fuente de gracia infinita, edificó su obra. «Si alguna vez llego a ser santa —escribió— seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré continuamente ausente del cielo para encender la luz de aquellos que en la tierra están en la oscuridad».

Que su luz, la luz del mismo Dios, nos ilumine siempre en nuestra oscuridad.

Victoria Escudero

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