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El seguimiento de Jesús 
3 de Junio
Por Tomás Cremades

Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te va a entregar?”. Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?”. Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. Entonces empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino:”Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?”. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir”. (Jn 21, 20-25)

Estamos en el final del Evangelio de Jesucristo según san Juan. Acaban, al fin, de enterarse de la Resurrección, y aunque aún no se ha producido la Ascensión del Señor, éste ya da una misión concreta a Pedro: “apacienta mis ovejas”. Y le invita, más bien, le incita, a seguirle: “…Sígueme…” Con la misma fuerza y la misma frase con que eligió a Mateo al principio de la vida pública de Jesús: “Sígueme”. Con la misma fuerza que un día nos dijo: Sígueme.

Jesús no reprochó a Pedro sus tres negaciones; quedaron borradas por tres preguntas de amor: “Pedro, ¿me amas?”. Y en esta parte del Evangelio que comentamos, salta de golpe un interrogante terrible: “…Y éste ¿qué?” Ni siquiera le llama por su nombre. Le han nombrado ya Pastor de la Iglesia, y no se ha enterado que el Buen Pastor conoce a sus ovejas y las llama por su nombre. Aún no ha tomado conciencia de su pastoreo a las ovejas. Parece como si dijera: ¿Qué hacemos con éste, que es más joven, más inexperto? ¿Se puede conseguir algo de él? Yo, Pedro, todo poder y fortaleza, todo ímpetu y deseo de empujar…me encuentro con alguien más débil, de otro carácter…No se da cuenta de que Jesús llamaba a Juan y Santiago “Boanerges”, los hijos del trueno, por su temperamento violento y emprendedor. Piensa que, al igual que él, después de la traición se han debilitado, se han sentido culpables y han perdido la energía que les impulsaba cuando “el viento soplaba a favor”.

Jesucristo entiende a Pedro; y reprende a Pedro con una frase que los exégetas – estudiosos de la Escritura -, llaman “semitismo”. Es, para entendernos, similar en su semántica, a la contestación que da a su Madre en las bodas de Caná:”Y a ti qué, no ha llegado mi hora”. Y a ti qué, le responde a Pedro. ¿Es que tengo que darte explicaciones de mis actos?

El discípulo a quien Jesús amaba, que todos entendemos como Juan, y, efectivamente lo era, es nuevamente identificado como la noche del prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos. Le seguía de lejos el discípulo, y era el que entró en el simulacro de juicio que Jesús padeció frente a Anás. Y este discípulo, que no se nombra en ningún lugar, que estaba al pie de la Cruz, donde Jesús entregó a su Madre, somos todos nosotros, que le traicionamos primero, que le seguimos después, que estamos al pie de la Cruz con temor y temblor – en lenguaje de los Salmos -, que le seguimos a veces de lejos, como se relata en este Evangelio.

No se cuenta aquí la sensación quizá de menosprecio que sintiera Juan. Él tampoco dice nada al respecto. Lo deja al entendimiento del lector. Es una “mini catequesis”, pues nos enseña a defendernos de cualquier imprecación. Nosotros tenemos un Defensor: Jesús de Nazaret, no tenemos necesidad de defendernos a nosotros mismos.

Termina este relato con un testimonio podríamos decir a nivel de “acta notarial”. El discípulo da fe, como notario, del relato de todo el Evangelio. Y añade algo interesante: en el Evangelio escrito, que es la Palabra de Dios revelada, se encuentra toda su Verdad, la que necesitamos para nuestra salvación, para conocer a Jesús y se Mensaje. Jesús nos ha revelado lo que necesitamos para ello. No todo lo que sucedió se escribió, sólo lo que Dios entiende que debemos conocer y amar. El resto lo ha de poner la fe en el Hijo del Hombre que se entregó por nosotros, como nos dirá Pablo (Ga 2-19,21):”…Esta vida en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mi…”

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