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El Señor me ha invitado, ¿qué me pongo? 
26 de Marzo
Por Miquel Estellés Barat

«En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Los  discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”. Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: “Lo que tienes que hacer hazlo en seguida”. Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy, vosotros no podéis ir”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?”. Jesús le respondió: “Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”. (Jn 13, 21-33. 36-38)


Al contrario de lo que suele suceder en las organizaciones humanas, la Iglesia no tiene ningún complejo en decir la verdad (lo viene haciendo desde el principio y el evangelio de hoy es un ejemplo) de que sus miembros son pecadores, y en algunos casos pueden llegar a ser especialmente corruptos. Pero, ¡cómo no se va a reconocer esto, si salvar a los pecadores es precisamente el único motivo de la Encarnación del Hijo de Dios! Pero una cosa es reconocer la realidad y otra muy distinta dar vuelo a la imaginación, como hacen algunos medios de comunicación. 

En el evangelio de hoy el Señor se ha reunido con el grupo más íntimo de sus discípulos para celebrar la Última Cena, la primera Eucaristía. Vemos a Judas Iscariote, decepcionado, que no acaba de ver claro el plan del Mesías; hay quien interpreta que lo que pretende con su traición es precipitar los acontecimientos, para forzarle a sacar de una vez todo su poder —el que le ha visto usar en tantos milagros— e instaurar el nuevo Reino de Israel. Es la soberbia de quien cree que su plan es mejor que el de Dios y que debe llevarse a cabo por encima de todo. 

Pedro, por su parte, parece que está dispuesto a morir matando, todavía no ha entendido que el Camino de la Cruz es necesario. Pero, paradójicamente, lo que está protegiendo es su propia vida. Por eso, llegado el momento, la defenderá con la espada e incluso con la traición. Llama la atención cómo Jesús les habla de manera clara a todos, incluso señala al traidor, y ellos parece que están en la inopia; no ven, o no quieren ver que lo que el Maestro les ha anunciado está muy próximo a suceder. Ninguno de ellos está preparado todavía para seguir al Señor en el martirio.

Hoy, Martes Santo, el Señor nos invita a vivir el triduo pascual con Él, y debemos plantearnos con qué ropaje llegamos. Tal vez, como Judas, creemos que los que ha capacitado el Señor no saben lo que hacen, que nosotros lo haríamos mejor y, así, vivimos enfrentados públicamente para ver si los hacemos cambiar; feligreses entre sí y con el párroco, sacerdotes con el obispo, obispos que niegan el saludo al Vicario de Cristo y la obediencia al Magisterio (no debería pasar desapercibido el ejemplo dado por Benedicto XVI, renunciando a ser cabeza y prometiendo total obediencia al nuevo Papa sin saber quién iba a ser), pecando contra la unidad de la Iglesia y escandalizando a los débiles: que si preservativos, que si “matrimonios” homosexuales, que por qué no pueden comulgar los divorciados vueltos a casar… ¿no estaremos queriendo justificar nuestros pecados?

O quizás, como Pedro, nos airamos cuando oímos comentarios contra la Iglesia, y llegado el momento oportuno de defenderla desde el amor, nos ponemos de perfil: lo que nosotros llamamos fe ¿no será en realidad una ideología? También deberíamos preguntarnos dónde tenemos la mente cuando asistimos a la liturgia; es posible que vayamos a “cumplir” rutinariamente sin enterarnos de lo que allí se realiza: ¿somos conscientes del regalo que nos hace el Señor y nosotros no apreciamos?

Es importante resaltar que en esta primera Eucaristía ya hay quien comulga en pecado mortal, y vemos que no da lo mismo en qué condiciones se hace: “Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás”. El Señor nos deja hacer y se deja comer a pesar de nuestra impureza, parece que no ocurre nada, pero nuestra alma, así, permanece en la muerte, ensoberbecida, creyendo que está en la verdad, sin arrepentimiento. “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Co 11,27-29). De ahí que la Iglesia, como Madre, por amor al pecador, le impida comulgar cuando su pecado es grave, público y manifiesto. Aún estamos a tiempo, examinémonos y preparemos el mejor traje para la fiesta.

Miquel Estellés Barat

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