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El síndrome del cireneo 

El corazón de la vida es el amor.

Y “el amor está en esto”, dice san Juan (1Jn 4,10).

Si supiéramos qué es ese “esto” en que consiste el amor, seríamos sabios y felices; pero la condición humana es así: guarda celosamente este secreto arcano y cuesta desvelarlo.

El amor, la verdad, la justicia, el sufrimiento, el sentido, la esperanza, las ilusiones, la muerte… se aprietan y arraciman como frutos del árbol que es la vida; racimo que, colgado de la vid, nos tienta con un suave balanceo de colores dorados y cárdenos. Cuando la viña está en flor (Ct 2,11-13), llega Pentecostés.

Árbol frutal es la vida y la Vida es un fruto que madura en la cruz. Quien come de él no muere y quien, aun estando muerto lo gusta, recobra la vida (Jn 6,50; 11,25). Cristo en la cruz es el fruto del árbol de la Vida. La Cruz es el árbol que da fruto doce veces al año y sus hojas sirven de medicina a nuestros males (Ap 22,2). Su fecundidad y frondosidad se debe a que es regado por el “río de agua viva que sale del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22,1). Bajo la sombra de este árbol “nada hay que sea objeto de maldición” (Ap 22,3).

Para expresar una gran aflicción o un problema no pequeño, es común la expresión: “¡qué Cruz!”. Tenemos el síndrome del cireneo, pero justo en sentido inverso a como lo tiene Dios. Haber reducido la Cruz a una carga insoportable, a una condena insufrible, nos ha privado de su verdadero sentido: no la llevamos nosotros, es ella la que nos lleva. He aquí el “esto” en que consiste el Amor. Dios padece de cirenismo: no puede renunciar a ayudarnos a llevar la Cruz (Lc 23,26). Añade Juan en el versículo citado: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados”. Esta propiciación tuvo lugar en el propiciatorio de la Nueva Alianza: la Cruz.

El Señor lleva, en la suya, nuestra cruz; se unce a nuestro yugo y camina con nosotros; lo íntimo del Amor de Dios se revela en Cristo Jesús en la actividad de la potencia y fuerza que el Padre desplegó en él, como tanto le gustaba decir a San Pablo. Por nuestra parte, el arcano de este Amor es dejarnos invadir por él: conjugarlo existencialmente en pasiva: ser amados ¡y descansar! todos los cansados y agobiados, porque el alivio no nos corresponde; sí nos corresponde ser aliviados por él.

Esta palabra del Señor (como todas, claro) es digna de crédito. ¿A quién vamos a ir, si sólo tiene Él palabras que son Espíritu y Vida, y sólo el Espíritu vivifica, mientras la carne no vale de nada? (Jn 6,64). El Señor es Vid y Manantial de eternidad; el Señor es Espíritu que santifica y cura y libera (porque donde está el Espíritu, está la libertad).

Si tuviéramos fe como un grano de mostaza le diríamos al Árbol de la Vida: “Arráncate del Gólgota y plántate aquí, en el yermo de mi vida”, y se plantaría transformándolo. La Savia de ese árbol subiría por su tronco y sus ramas, y el Espíritu llenaría nuestras vidas de dulzura y salud. Daríamos frutos en sazón, no asilvestrados ni agrazones.

Maravilla ver la Pascua desde Pentecostés: el primer día de la semana (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1; Ap 1,10) funda todas las semanas que vendrían después. Haciendo un juego con el tiempo llegamos al día 49, a contar desde aquel “primer día”. El Señor en la cruz, apunto de morir, tiene todavía pendiente una última cosa, una última entrega, para que su despojamiento sea absoluto: inclinó la cabeza y “entregó el Espíritu” (Jn 19,30).

Juan no dice a quién, pero si poco antes había entregado su madre al discípulo y éste a aquélla, ¿por qué no pensar que se lo entregó también a ellos y en ellos a todos nosotros, además de a Dios? El Pentecostés inicial de la cruz se funde con el posterior del cenáculo por encima de tiempos y espacios.

La exégesis moderna ha trabajado provechosamente en el desentrañamiento de la donación de María a Juan por parte de Jesús. Merecería la pena detenernos en ello, pero lo dejo para otra ocasión. Por ahora, sólo decir que la expresión del evangelista “Y desde aquella hora éste la tomó como suya”, explica magníficamente el corazón del Amor con que Dios nos ama en Jesús. “Como algo suyo”, “como cosa suya” equivale a “dejándose poseer por María, la llena del Espíritu de Dios”; mejor aún: “dejándonos nosotros todos llenar del Espíritu Santo que desborda de la maternidad de María”. ¡Qué maravilla!

Juan, el vidente de Patmos, ve al Cordero degollado y de pie (sacrificado y resucitado) con siete cuernos y siete ojos que son los siete Espíritus de Dios enviados a la tierra (Ap 5,6). Es el mismo Cordero que pastorea las ovejas hacia las fuentes de las aguas de la vida (Ap 7,17). La Cruz es propiciatorio para el sacrificio y cayado para el pastoreo. Juan nos muestra al cordero como poseedor del Santo Espíritu septiforme, lleno de vida y de verdad, de cuya plenitud hemos recibido las gracias una por una (Jn 1,17).

Aquel “esto” del Amor es un Amor de Amor repleto: es el Espíritu Santo, ayudador y defensor o Cireneo según Dios. Cristo resucitado capacita a sus discípulos con el poder de perdonar (Jn 20,22-23). En el perdón se concreta y se visibiliza el poder generador de vida de la resurrección, en nuestra vida real; porque ¿qué hay más difícil que el perdón auténtico? Pero no es por lo difícil que sea, sino por lo que reconstruye y vivifica la existencia, por lo que el perdón es don y fruto del Espíritu del Resucitado. Cuando perdonamos, resucitamos; en este Amor conocemos haber pasado de la muerte a la vida (1 Jn 3,14 y toda la epístola entera). ¿Quién no quiere vivir? ¿Qué hay más real, concreto y experimentable que el Amor de Dios que sostiene nuestra Cruz por el Espíritu que nos ha dado? (1Jn 3,24)

Pascua y Pentecostés confirman que en el tiempo ordinario y en lo ordinario de nuestro tiempo lo que nos da la vida, la justicia, la felicidad y nos redime del sufrimiento no es la ciencia ni el poder, sino el Amor.

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