Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, octubre 14, 2019
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El suave susurro de la frustración 

La noche comenzaba a hacerse densa y dura. En el exterior de la estancia todo era negrura en un erial baldío, completamente adusto y desierto. La luna casi no se divisaba en el opaco cielo y este se confundía con la tierra sin que se imaginara el horizonte. Tal era la oscuridad que dolía en los ojos y uno se preguntaba si se habría quedado ciego.

En el interior de la estancia, en el salón hexagonal se celebraba todos los años el congreso internacional MIENTE, es decir, la Muestra Internacional en Nuevas Tentaciones Evolutivas Presidía la mesa Astarot que vestía totalmente de negro; a su derecha estaba Behemot con el sayal del color gris del elefante; a su lado Azazel, que representaba al macho cabrío y en la esquina de la derecha se hallaba Belial. A la izquierda de Astarot se encontraba Mammón, con un sayal dorado y brillante como el dinero; junto a él, Asmodeo, calzado con el verde de la lujuria y, al final, Abigor, el dueño de la guerra.

donde está el cadáver se reúnen los buitres

—Quiero presentaros a Aamón —comunicó Astarot poniéndose de pie—: es uno de mis colaboradores y en el que tengo depositada toda mi confianza. Va a desarrollar esta primera y novedosa comunicación. Digo novedosa no porque no hayamos utilizado este arte en otro tiempo, sino porque como sabéis hay que ir adaptándose a las circunstancias en cada generación. Os puedo asegurar que esta convención va a proponer unas ideas absolutamente vanguardistas en el tratamiento de algunas tentaciones, la política a seguir, su desarrollo, el índice de respuesta conseguido y su grado de efectividad.

En la hexágona sala se desprendió un murmullo, un cuchicheo nervioso que encolerizó por unos instantes a Astarot. Se sentó lentamente con la mirada enardecida y recostada en un horizonte imaginario. De entre los asistentes se levantó un individuo que parsimoniosamente se acercó hasta el estrado.

—Con la denominación “El suave susurro de la frustración” —inició Aamón su disertación—, voy a analizar el ámbito de funciones donde podemos realizar múltiples conquistas. La frustración en todas sus facetas siempre ha sido un espacio abonado donde hemos obtenido grandes cosechas. Desde hace varias décadas, en Occidente esta conducta se ha generalizado, y actualmente nos ha quedado un extenso vergel para cosechar.

¿Por qué se ha llegado a esta situación? En primer lugar por el impresionante trabajo que ha realizado la saga de Mammón, aquí presente, aprovechando los flujos de progreso de los países industrializados y la constante y exhaustiva inoculación, por su parte, del afán de éxito, dinero, poder, lucro, fama y calidad de vida, eufemismo éste de su creación y que ha enganchado magistralmente.

En segundo lugar, por el inmenso poder que han desarrollado los medios de comunicación, facilitando la divulgación en un tiempo récord. El deseo de tener bienes materiales, éxito, poder y dinero se ha propalado a una velocidad vertiginosa.

Por otra parte, no penséis que se llega a esta situación por generación espontánea, ni que la descomunal influencia de la televisión llega por simpatía emocional lógica, no; todo ello ha tenido un proceso de trabajo muy bien estructurado desde prácticamente su invención. Cuando aparecieron los primeros aparatos en blanco y negro, ya nos pusimos a trabajar en el futuro, convencidos de que esa “caja tonta” —como la llama la carnal progresía— iba a ser nuestra aliada y a proporcionarnos una inmensa muchedumbre de hipnotizados; solo había, por tanto, que introducirnos en los consejos de administración de las cadenas y una vez controlado el medio ya se puede manejar el mensaje, como ellos dicen: “el medio es el mensaje”.

Un agitado murmullo volvió a cundir en la sala. Los asistentes estaban nerviosos, los cambios y las novedades no gustaban y aprovechaban cada silencio del ponente para chismorrear.

Hemos llegado así a una situación idónea, facilitada como hemos visto por estas circunstancias, para comenzar una puntual batalla basada en la frustración. La realidad es que tenemos una ingente masa de mortales con la idea única de hacer dinero, conseguir prestigio y tener éxito. De esa multitud dimanan dos individuos: los que lo consiguen, que evidentemente son los menos, y los que no llegan a nada, o a casi nada de lo que soñaban, y que son la mayoría. Con el primer caso no vamos a entretenernos; el hombre permanentemente insatisfecho ya recorre por sí mismo el hábitat de la frustración.

Nosotros vamos a estudiar el segundo caso. Hay una inmensidad de individuos que quieren obtener esos fines pero no pueden: por su incompetencia, por la debilidad, por las circunstancias, por su propia personalidad, etc. De este hombre que no ha conseguido sus fines, sólo nos fijaremos en los de personalidad soberbia, cuanto más orgulloso y vanidoso sea el mortal, más posibilidad de éxito tendremos. Supongo que no es necesario deciros, pues está perpetuamente manido, que a los humildes ni acercaros.

Aamón hizo una pausa y entretanto los presentes aprovecharon para cuchichear de nuevo. En el ambiente pesado y acre flotaba un mascullar de secretismos y cotilleos.

deslucir para confundir

—Verdaderamente, parece mentira que seáis Gobernadores —gritó Abigor.

De inmediato se produjo un silencio espeluznante. Todos los que pululaban lejos de sus asientos, volvieron y quedaron quietos y paralizados ante la amonestación de Abigor. El estadio hexagonal quedó en una afonía dañina y espesa.

—Bien, como os iba diciendo —prosiguió Aamón—, la clave más evidente es el fracaso. El fracaso es la punta de lanza de una batalla donde nuestra arma más letal es la frustración. Partamos de esta premisa: casi todos los mortales fracasan. Aunque esta información debemos ocultarla. Es más eficiente que piensen en su problema como algo genuino, de forma que no obtengan el consuelo de la mayoría. La historia de los hombres es un fracaso. Esta máxima es fundamental para forjar las bases de nuestra lucha. A ningún hombre le salen las cosas como había soñado. Fijaos bien: no le gusta su trabajo; o, si le gusta, no tiene el puesto que cree merecer; su cónyuge le ha decepcionado; sus hijos no son como hubiera deseado; sus ingresos no son los que se merece; su casa no es la que había soñado; y, al fin, sus ambiciones y deseos han quedado en agua de borrajas. Esto es algo generalizado en los mortales y aunque no todos fracasan en todo, siempre hay una llaga donde meter el dedo.

Teniendo en cuenta que sólo vamos a conectar con soberbios frustrados, cerraremos, todavía, un poco más el círculo, señalando de entre ellos dos particularidades específicas: el individuo materialista y el espiritual. Al materialista sólo le importa el tener, y su mirada codiciosa siempre tendrá ese prisma. El no haber conseguido lo que se propuso: fama, prestigio, poder, dinero, reconocimiento, etc. es carne tierna donde ya lleva marcado a fuego el suave susurro de la frustración.

—Entonces a estos ¿no los tocamos? —Se oyó una voz chillona y entrecortada. Inmediatamente volvió a planear un soniquete y un runrún histérico sobre el recinto.

la refinada táctica del engaño

Aamón se quedó estático mirando fijamente a la concurrencia y así permaneció unos instantes hasta que la asamblea quedó en un tenso silencio.

— No, no los tocamos —prosiguió Aamón—; no merece la pena: el mundo ya se encarga de ellos. Pero sí insistiremos en el religioso, ya que por su condición orgullosa, le escandaliza ser como es. No puede soportarse, no entiende tener esos bajos instintos; ni esas lascivas pasiones; ni ese deseo de venganza que a veces le embarga; no acepta ser envidioso; no comprende su orgullo, su ira, sus debilidades; porque él tendría que ser santo y sin embargo es un miserable. Esta es su mayor frustración.

El fracaso absoluto del Enemigo y como consecuencia de su más querida obra, el hombre, es la imposibilidad que tiene éste de ser lo que ellos llaman bueno. Ahora entendéis por qué este individuo es prioritario para nosotros. Tiene las características idóneas para ser tentado y resulta fácil hacerse con él a través de la inculpación y la denuncia. Debéis, por tanto, colocar ante sus ojos sus acciones denigrantes, la fiera que lleva dentro, su violencia, su instinto carnal y su incontrolable soberbia. Pero no sólo con eso se gana la guerra.

Esa es la primera batalla, la de padecer una profunda decepción de sí mismo, experimentar el fracaso de su naturaleza. La segunda, complementaria y “sine qua non”, es la de persuadirle de que siempre será así, de que no tiene solución. Cuidado con la insistencia desmedida; es un creyente y puede reconoceros; entonces se habría perdido un tiempo precioso. Él deberá convencerse a sí mismo de su imposibilidad para cambiar; es él quien habrá de corroborar su impotencia; y, a medida que pasan los años, su propia degradación.

Nuestro éxito es sordo, oscuro; no debemos mostrar nuestra hazaña, no deben reconocer nuestro trabajo; todo debe ocurrir por convencimiento suyo. Nuestra mayor victoria será que los mortales estén absolutamente convencidos de que no existimos. Si algo no existe no puede actuar. Esta es la clave de toda lid. La oscuridad, el misterio, la entelequia, la irrealidad, la confusión y, por supuesto, la mentira, deben seguir siendo nuestro lecho, las armas para vencer al Enemigo y a su odiosa criatura. Es imprescindible permanecer en el anonimato.

la amargura, tributo de la soberbia

Aamón hizo una pequeña pausa. Esta vez la estancia emitió un ligero murmullo, nada que ver con los anteriores. Parecía que el rapapolvo de Abigor había hecho mella y sólo se advirtió un cierto cuchicheo subrepticio que flotó tímido en el recinto.

La noche en el exterior era fría y desapacible. La llanura era un inmenso erial pedregoso. Parecía que la luna hubiera tenido miedo de exhibirse y no reflejaba ni un hálito de claridad. A veces, rompiendo la afonía, el aullido del viento, como también queriendo aterrorizar, mostraba hábilmente su licantropía entre las ruinas de un monasterio.

—Bien, como os iba diciendo, vamos a centrar nuestros esfuerzos en este último individuo: religioso, espiritual, sensible, creyente, vanidoso y soberbio. Supongo os estáis dando cuenta la ingente cantidad de mortales que hay con ese perfil. ¿Qué criatura de esa naturaleza y condición no vive frustrada? ¿Qué soberbio no quiere ser santo? ¿Qué orgulloso acepta mansamente su debilidad? ¿Qué vanidoso no se escandaliza diariamente de sus pecados? En cada soberbio anida la frustración. Vosotros sólo tenéis que mostrársela.

Pero hay un enemigo que es la alienación. Aunque hemos acompañado en la historia a masas ingentes a la enajenación, al desequilibrio y a la alienación, resulta que, para el caso que nos ocupa, es contraproducente. Sólo la alienación consigue mitigar primero y, al cabo del tiempo, desvanecer el sentimiento de culpa y frustración. Por eso es fundamental en este proceso la capacidad especializada de la imputación.

Después de un acto de ira, de un juicio condenatorio, de un sentimiento de envidia, de un deseo de venganza, de una pasión lujuriosa, debe aparecer irremisiblemente la acusación, de forma que la criatura experimente una sensación continua de culpabilidad. Si esta labor se mantiene constante, poco a poco va apareciendo el desánimo; y si realizamos esta técnica formal durante años, el resultado cada vez será más positivo, ya que la criatura descubre la imposibilidad de cambiar sus reacciones, sus sentimientos, sus debilidades; y es entonces cuando aparece la frustración óntica.

Os recuerdo que hablamos del hombre religioso. El deseo por el dinero y por todo aquello que da poder es un arma de doble filo a la hora de tentar a una criatura creyente; por ahora creo más oportuno no incidir demasiado y dejar que el mundo delimite su posición. Sin embargo, sí podemos insistir en el entorno del sexo. Vamos a luchar por normalizar lo que para ellos es ilícito.

En principio aguardamos a que la carne se muestre de forma casual, situación que en estos tiempos es muy frecuente. Los instintos carnales van aparecer irremisiblemente y es entonces cuando comienza nuestra obstinada labor: dramatización de las sensaciones, incriminación permanente, modificación de los conceptos y fantasía, mucha fantasía; pero sobre todo, el convencimiento de un mañana sin remisión, sin cambio, un futuro cada vez más sometido a la lujuria. Este tratamiento deriva —si el Enemigo no interviene— a la tristeza primero, luego a la desesperanza, más tarde a la tibieza y por último, y si os acercáis a la criatura, podréis sentir nítidamente el suave susurro de la frustración.

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