Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
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El terremoto de Ecuador 

Siempre supone una amarga sorpresa escuchar tragedias a través del noticiero. En este caso, un terrible terremoto con epicentro cercano a las costas ecuatorianas, devastó la hermosa ciudad de Guayaquil, causando fuertes daños en todo el país y dejándose sentir incluso en el norte del Perú. Las pérdidas en vidas humanas, el ingente número de heridos y los graves daños materiales constituyen una dolorosa realidad, la cual, impotentes, contemplamos.

Las muestras de solidaridad, el empeño por salvar a los heridos que aún viven entre los escombros, los deseos de ayuda han sido inmediatos. Ciertamente la sociedad e incluso los países vecinos reaccionaron con presteza. Sin embargo, no es preciso ser profeta para descubrir que lo realmente doloroso va a ser el largo proceso de reconstrucción, así como superar el duelo, para todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en tan trágicas circunstancias. En este contexto, no está de más considerar que si bien nuestra sociedad hipercomunicada reacciona rápidamente, también rápidamente olvida, y difícilmente ofrece el acompañamiento moral y material que se precisa hasta alcanzar la reconstrucción, la vuelta a la vida ordinaria.

En efecto, por más triste que sea un suceso, al poco tiempo deja de ser noticia y se pone la atención en otras realidades, con frecuencia banalidades, de la farándula por ejemplo, mientras las personas afectadas siguen padeciendo su dolorosa situación, con la amargura adicional de que el paso del tiempo va haciendo que ese peso lo lleven, cada vez, con menos compañía. La condición humana es del olvido, pero los medios de comunicación nos ayudan paradójica y simultáneamente a enterarnos y a olvidarnos con mayor velocidad.

Para los que conocemos Guayaquil y su maravillosa gente es triste contemplar este duro espectáculo. Quisiéramos que nuestra ayuda fuera más directa, más eficaz. A través de las redes sociales sabemos quizá si un amigo o familiar está bien o no. En cualquier caso tenemos a la mano el remedio de la oración, la cercanía espiritual con aquellos que sufren, la certeza que nos proporciona la fe de que el Señor está más cerca de quien experimenta un dolor físico o moral. Sin embargo, la fe no se limita a ofrecer un “consuelo espiritual”. Nos proporciona la certeza de que también nosotros estamos en una comunión espiritual, y quien dice espiritual dice real y efectiva, con los que sufren. En la oración nos unimos con aquellos que sufren, y al hacerlo, nos unimos con Dios; de alguna forma entramos en comunión con sus sentimientos. Ciertamente la fe nos impulsa a no quedarnos allí, nos empuja a proporcionar la ayuda material que esté a nuestro alcance, si es preciso con esfuerzo, sacrificio e incluso con alguna privación, pero siempre con generosidad.

Esperemos que el vivir estas tragedias desde la perspectiva cristiana, la perspectiva de la fe, nos ayude a paliar de algún modo el grave mal que acompaña a nuestra sociedad de la información inmediata, en tiempo real. ¿Cuál es ese mal? Consiste en irse convirtiendo, quizá de forma imperceptible, en “epidérmicos”, superficiales. Precisamente por lo vertiginoso de las noticias, por la rapidez de los cambios, por el sucederse de escenarios diferentes, olvidamos y dejamos en la estocada a lo que queda atrás, y muchas veces lo que queda atrás son los sufrimientos, las angustias, los problemas, la soledad de personas reales. Si las cámaras, las redes sociales y los medios dejan de enfocar esas realidades, las abandonan con rapidez, esperemos en cambio que la agudeza de la oración, la perspectiva en hondura y profundidad que ofrece la fe, el calor del cariño y la caridad cristiana no lo hagan.

No cabe, en consecuencia, encogerse de hombros, suspirar y pensar, “¡qué suerte!, de la que me salvé”. Al contrario, se precisa “compadecer”, es decir “padecer con”, colocarnos en los zapatos de nuestros hermanos y no abandonarlos, tenerlos presentes en la oración, y ¿por qué no?, con la cercanía que nos proporcionan los medios de comunicación, dando visibilidad a sus historias, para que la gente no las olvide y se mueva a la generosidad, ayudando incluso materialmente, cuando ello sea posible.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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