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El tesoro y la perla 
30 de Julio
Por Francisco L. de Tejada

El Evangelio de hoy es el llamado del tesoro escondido y de la perla preciosa. Con esta sencilla metáfora del Reino nos enseña el Señor que para encontrar un tesoro hay que cavar y para tomar una perla es necesario abrir la ostra.

    He aquí dos secretos de la vida espiritual que nos da Jesús a través de esta comparación: profundizar y abrirnos, es decir, ahondar en la relación con Dios a través de los caminos de la oración y abrirnos cada vez más y más al amor a todos.

    Es tan bueno Dios que permite el que hallemos nuestra felicidad más verdadera en medio de un casi alegre y divertido juego de niños: ¡ buscar un tesoro y hallar una perla en los fondos marinos!

    Y es que el Reino de Dios está diseñado para los niños y para aquellos que, sin conservar ya la estatura ni la frescura del rostro de los pequeños, encierran en su pecho un corazón humilde y sencillo como el de los niños.

    Nos enseña Cristo que el Reino de Dios y su búsqueda puede ser algo divertido, jovial, fresco.

    Los Santos siempre toman una cierta alegría desenfadada y tierna liberados de la pesadez de la vida terrena. Dicen incluso algunos autores espirituales- versados en el tema de la unión perfecta del alma con Dios- que para entregarse a Dios de modo total y perfecto hace falta tener un cierto sentido del humor que relativice todas las cosas de esta vida que es de paso.

    Así que llegar a la máxima santidad o máxima felicidad, pues se trata de una sola cosa, es una tarea muy veraniega que nos habla de buscar tesoros y surcar mares de perlas ocultas…

    El Señor se acopla a todo y a todos. ¿ Por qué no hemos de encontrarle en medio de hermosos días de playa o de campo cuando el alma está más serena y despojada de las preocupaciones diarias?

    El demonio engaña a la humanidad susurrándole mil palabras al oído: Dios es algo muy amargo, sus mandamientos pesados, la vida con El es triste!!!! ¡Cuán mentiroso es el diablo y qué falsa y dañina su fingida amistad con el hombre! No escuchemos su voz. Tapémonos los oídos ante sus mensajes negros, llenos de desilusión y desesperación.

    ¡Qué felices son los que aman a Dios! ¡Qué fácil es caminar por la vida de manos del Señor! Así que decídete a salir. Sal de tu casa y vida cotidiana al campo o al mar pues todo es de Dios y todo lo creado habla de El.  El te habla en la rosa y en la hormiga, en los corales y en las olas.

    Sal de tu casa, de todo lo tuyo e incluso de ti mismo en busca de Dios. Pero no vayas solo pues es necesario buscar los dones divinos en compañía. Búscate amigos para hacer la travesía hacia al cielo.

    Ellos secarán tu sudor cuando te canses de cavar y te animarán cuando pienses que te ahogas en las aguas espumantes, cuando todo se vuelva contra ti y el maligno aproveche para decirte quizás que no existe la perla y que jamás la encontrarás.

    Entonces recobra fuerzas, acude a la oración, a la Palabra y al amor de los amigos de Dios y sobreponte a las insidias del Enemigo de natura humana.

    El tesoro que es Cristo y su amor te está esperando. Nada fallará porque el Señor es siempre fiel. Conserva una esperanza cierta e invencible y alcanzarás lo que deseas porque el alma obtiene cuanto espera, porque la confianza obliga a Dios.

    San Luis de Francia recomendó a su hijo antes de morir que eligiera un confesor para que le enseñase a hacer cuanto le era necesario.

    Tener un buen guía en el santo camino de la devoción es el principio de los tesoros. Hallarlo es un tesoro y un don del cielo. Tenemos pues que rogar a Jesús que nos lo envíe. Una vez que lo hayamos encontrado no debemos mirarle como a simple hombre sino como a un ángel en cuyos labios pondrá el Señor lo que sea necesario para nuestro bien. Para ello necesitamos abrir ante él nuestro corazón manifestando lo bueno y lo malo. Si así obramos nos sentiremos aliviados y fortalecidos en nuestras aflicciones y regulados en nuestros consuelos.

    De este modo nuestra vida dará los mejores frutos. La abeja saca la miel de las flores sin dañarlas.  La verdadera santidad saca de nosotros lo mejor y nos convierte en don para la Iglesia y para el mundo.

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