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El Tiempo 

El tiempo es una de las realidades más fascinantes, misteriosas y que mayormente han seducido al intelecto humano. Normalmente, el ocaso de un año y el amanecer del nuevo nos invitan a tomar conciencia con mayor viveza de la temporalidad y, correlativamente, de nuestra finitud y limitación. Tal conciencia adquiere diversas formas, como la angustia por la fugacidad de la vida, la nostalgia por el pasado o la incertidumbre ante el futuro. Desde diversos ángulos el hombre ha deseado enmarcarlo dentro de un discurso comprensible: así, puede haber un acercamiento físico, filosófico, teológico, literario, psicológico, o popular a través de “memes”, a la realidad del tiempo. El cual permanece siendo una realidad abierta, abordada por pensadores de la talla de San Agustín o Einstein.

Aquí, con ocasión del año que inicia, nos contentaremos con ofrecer unas fugaces reflexiones de matriz teológica sobre el tiempo. El Nuevo Testamento fue escrito en griego y utiliza dos términos para referirse a la temporalidad: “kronos” para describir el sucederse de años, horas, minutos y segundos, es decir, el inmisericorde recorrido de las manecillas del reloj; “kairós” para referirse al “tiempo de salvación”, es decir, esos momentos de particular intensidad que se manifiestan cruciales en nuestra vida. El primer “tiempo” hace su recorrido con normalidad, incluso puede expresarse con la “cámara rápida”, mientras que el segundo transcurre a “cámara lenta”, es el tiempo vivencial de los momentos estelares de nuestra existencia.

Así, “cronos” describe una magnitud física, mientras que “kairós” supone una dimensión existencial antropológica. Propiamente “kairós” es un tiempo de gracia en sentido teológico. La narrativa de la fe, es decir, la epopeya de la aventura de Dios con los hombres, se configura como “historia de la salvación”, o el conjunto de los “momentos salvíficos”; aquellos instantes donde la eternidad toca la temporalidad, donde lo divino se entrelaza con lo humano, de forma que dirigen la historia hacia su consumación y le otorgan un sentido. El “kairós” es, en efecto, la realidad que permite otorgarle sentido a la historia en su conjunto y a nuestras vidas en particular, frente al mero transcurrir repetitivo, propio del “cronos”, carente de significación.

El ocaso de un año y el amanecer del otro, dentro de nuestra cultura, pueden adquirir así una doble significación, según el “cronos” y el “kairós”. Por un lado, indica únicamente el evento cosmológico según el cual la Tierra ha cumplido un nuevo ciclo alrededor del Sol, en su órbita elíptica. Por la dimensión geométrica de este recorrido (una elipse), no tiene principio ni fin, siendo puramente convencional el punto que se toma de referencia y que viene a constituir el Año Nuevo. Por el modo de computarlo, hace una referencia al “kairós”, dado que estamos en el 2020, ¿según qué referencia?, según la venida de Cristo, es decir, el instante en el cual lo divino y lo humano se tocaron en un momento y lugar del espacio-tiempo.

Es verdad que ahora se tiende a utilizar la expresión “de nuestra era” en vez de “después de Cristo”, como forma convencional, más aséptica, secular y políticamente correcta. Muy bien, pero ¿a partir de qué evento comienza “nuestra era”? A partir del Nacimiento de Cristo. Decir “nuestra era” es un circunloquio que busca, sin demasiado éxito, disimular cómo la dimensión religiosa es necesaria para otorgar una perspectiva trascendente a nuestro tiempo o, dicho de otro modo, desde el momento en que somos personas y no cosas, necesitamos del “kairós”, siendo el “cronos” marcadamente insuficiente. No nos basta el tiempo físico, necesitamos el salvífico, por eso la conciencia viva del paso del tiempo amerita una fiesta, como lo es la de fin de año.

Para complicar la cuestión está el hecho de que, en realidad, Cristo nació aproximadamente en el año 7 antes de Cristo. El “Año del Señor” se comienza a computar desde el siglo VI, siendo el monje bizantino Dionisio el Exiguo el encargado de hacer el cálculo de los años que habían transcurrido a partir del nacimiento de Jesús, errando al hacerlo. En cualquier caso, años más o años menos, se pone a Jesús como fulcro de la historia, o “la plenitud de los tiempos” por usar una expresión bíblica. Y de ahí la fiesta, pues supone proclamar que la historia tiene un sentido, una finalidad, que la eternidad ha irrumpido en la misma dotándola de significación. Así la historia y con ella nuestra vida, no es un maro transcurrir, absurdo y sin sentido, una paciente espera del ocaso y de la muerte, sino un encaminarnos hacia algo más grande que nosotros. La optimista e ingenua idea del progreso no es sino la secularización de la perspectiva cristiana. Sea por el progreso o por la “escatología” (narrativa cristiana del final de la historia), nuestra vida y el mundo tienen un sentido y un significado, de ahí que la fiesta de año nuevo sea la actitud adecuada para celebrarlo.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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