Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, noviembre 13, 2019
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Él tiene que crecer y yo menguar    
2 de diciembre
Por César Allende

«En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”». (Lc 10,21-24)


Jesús ¿qué oficio tenía? Ni que se dedicara a la oftalmología. Diagnostica de buenos, o mejor aún de “dichosos” (“makarioi”), los ojos y por extensión los oídos de los discípulos, no por cómo ven y oyen (por su fisiología o función) sino por lo que ven y oyen. Y cómo será esto que ven y oyen que además de que da la salud a los órganos, provoca la envidia de reyes y profetas. Claro, lo que Jesús enseña —por algo es el Maestro y el Señor (Jn 13,13)— trasciende la grandeza de rey y el don de la profecía.

¿Y qué es lo que el Maestro enseña para que proporcione salud al ojo y al oído atentos, no siendo suficiente ser rey o profeta para lograrlo? Pues que Dios tiene una forma de revelación que solo es percibida por los ojos y los oídos sencillos. Lo infinitamente grande que es Dios Padre, que no pueden contener los cielos ni la tierra, únicamente cabe en un corazón pequeño. Es una condición imprescindible para que el Señor Jesús dé a conocer el misterio de Dios a  los hombres. Dios inconmensurable y eterno entra en lo pequeño y cotidiano y allí se asienta. Parece increíble, pero es una “nanología” sublime.

De otro modo: como dice la Escritura, Dios se inclina (concede su Amor y Ternura) al humilde y pobre de corazón, y mira desde lejos al soberbio. En verdad, si el cielo es su trono y la tierra su pedestal, qué mejor que atraérnoslo por un corazón que se “estremece de gozo y alegría en el Espíritu Santo” cuando oye su palabra y ve sus obras siempre maravillosas. Ojalá que cuando Jesús vuelva encuentre esta fe en la tierra y en nosotros, como es el caso de María Santísima, para siempre bendita por la obra de infinita grandeza que Dios obró en ella: hacerla su sierva y al mismo tiempo el Trono de la sabiduría… ; ¡pequeña María!, la más excelsa criatura de Dios.

César Allende García

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