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El valor de cada persona 
5 de noviembre
Por Ángel Moreno de Buenafuente

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ‘¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido’. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”». (Lc 15,1-10)


San Lucas nos ofrece en el capítulo 15 de su evangelio una de las páginas más emblemáticas, al concentrar en ella las parábolas de la misericordia, como las de la oveja perdida, de la dracma perdida y del retorno a casa del hijo menor. Desde una perspectiva lógica, natural, humana, no se comprende bien que el pastor abandone noventa y nueve ovejas por buscar a una que se ha perdido. Cabría decirle al pastor que es irresponsable, pues por una se arriesga a perder a todas.

¿Qué nos quiere decir el ejemplo que pone Jesús del pastor magnánimo, que abandona el rebaño por buscar la oveja perdida, en el que se proyecta Él mismo? En el ámbito rural, la oveja perdida puede ser la débil, o también la modorra, la distraída, y entonces aún es más extraño dejar todo el rebaño por ir en busca de la oveja que se ha enredado un tanto por su culpa. Sin embargo, en un contexto bíblico más amplio, la parábola nos ofrece un significado estremecedor, porque este pastor no valora los hechos en clave económica, ni de estadística, por lo que podría quedar contento si solo se le ha perdido una oveja de cien, sino a cada una como única.

El Evangelio de San Juan une la parábola del Buen Pastor al signo que Jesús realiza en Betania devolviendo la vida a su amigo Lázaro. A la luz de esta proximidad de las escenas, se puede interpretar que la razón por la que el pastor busca la oveja no es porque se ha perdido, sino porque es la oveja amada, la preferida. Y esto cabe aplicarlo a cada una.

Jesús no nos valora en comparación con los demás; todos somos únicos, y a cada uno Él nos acompaña, nos rescata de nuestras torpezas, tantas veces culpables y alevosas, porque el amor de Jesús es mayor que nuestra infidelidad, distracción o deseos de emancipación.

Jesucristo, revelación del rostro misericordioso de Dios, nos demuestra en el pasaje del Buen Pastor la dignidad que cada persona tiene ante Él, y cómo para cada uno Él tiene una actitud diferente, según lo que necesite. Nunca se puede decir: “Yo no tengo remedio”. Nadie queda fuera del amor de Dios, de la vigilancia entrañable del Pastor, quien está dispuesto a dar su vida por liberar, sanar, curar, acoger a cada uno. Estés donde estés, siempre hay posibilidad de retorno si se acepta la misericordia.

Además de la paz personal, el cielo se alegra, exultan los ángeles y Jesucristo, al mirar a su Padre, puede decirle: “No he perdido a ninguno de los que me diste”.

Ángel Moreno de Buenafuente

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