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El valor de lo pequeño 
30 de enero
Por Juan Sánchez

«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado». (Mc 4,26-34)


El capítulo 4 del Evangelio de San Marcos se inicia mostrando que de nuevo Jesús “se puso a enseñar a orillas del lago. Se le reunió tanta gente junto a él que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella a alguna distancia, mientras toda la gente estaba en la orilla.” Y les enseñaba “muchas cosas por medio de ejemplos o parábolas.”. Jesús habla de situaciones cotidianas, de trabajos que realizaban aquellos judíos relacionados con la pesca, la agricultura, la ganadería… En este capítulo Marcos muestra cuatro parábolas, de las cuales tres tienen a la semilla como tema. Sin duda la más conocida es la que abre el capítulo, el sembrador, y a continuación, en el texto que se presenta hoy como evangelio del día, dos parábolas a las que Jesús llama parábolas del Reino.

En la primera de las parábolas vemos cómo la semilla es depositada en la tierra y va creciendo en silencio, sin que se perciba: “La tierra va produciendo la cosecha ella sola…” Es verdad que el agricultor prepara el terreno, lo riega…, pero la semilla tiene la fortaleza de desarrollarse, de fructificar. Esta parábola nos da una clave de esperanza: debemos confiar en quien ha sembrado la semilla, el mismo Dios, y en la fuerza de la propia semilla para germinar, para dar frutos. Ya sabemos que llevamos un tesoro en vasijas de barro. Nosotros somos colaboradores del verdadero Sembrador, y es cierto que hemos de esforzarnos en sembrar nuevas semillas para que surja el Reino de Dios, los valores de ese Reino: la santidad, el amor, la verdad, la justicia, la paz, la defensa de la Vida… Pero nuestro empeño no basta: precisamos la ayuda de Dios y la semilla, que no es nuestra,

La segunda parábola muestra el resultado de la acción de Dios: de una semilla tan pequeña como es la mostaza surge un árbol grandioso en el que “los pájaros pueden cobijarse y anidar…”, como una imagen de que ese gran árbol representa el Reino de Dios y nos acoge y cobija a todos.

Ambas parábolas son también la expresión de una certeza: todos los cristianos iniciamos nuestro caminar en la fe y en la vida de la Iglesia a través de una semilla: el bautismo. Es el embrión del hombre nuevo que todos estamos llamados a ser gracias a la gracia, los sacramentos, la oración…. Y, aunque parezca imposible, podemos experimentar que en nosotros surjan signos de la santidad a la que todos los cristianos estamos llamados. Igual que nos parece tan difícil que otro mundo sea posible, nos resulta tremendamente difícil que podamos cambiar, convertirnos. Este evangelio es una invitación a confiar en Dios, que hará fecunda la semilla si nosotros estamos dispuestos. Necesitamos experimentar cada día pequeños gestos, acciones que muestren nuestro amor por el otro, nuestra voluntad de servir, nuestra disponibilidad a cambiar nuestra sociedad desde pequeñas acciones individuales…

¡Qué maravilla! Podemos hacer un árbol hermoso que nos cobije a todos, a pesar de nuestras diferencias y de las dificultades que ser distintos provoca. Dios nos ayudará cada día a que florezca ese gran árbol que es su Reino.

Juan Sánchez Sánchez 

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