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El valor de una entrega: Premios y reconocimientos 

La inmensa obra de amor de Madre Teresa pronto fue objeto de reconocimiento por parte de las más diversas instituciones y personalidades. Su entrega incondicional a los más pobres cautivó la mirada de numerosos observadores que la convirtieron en foco de interés por parte del público mundial y los medios de comunicación. A lo largo de su camino, Madre Teresa recibió más de ochocientos premios. El mundo refrendaba así el valor de una entrega que, sobrepasando lo meramente humano, era expresión auténtica del amor de Dios.

Su labor y, aún más, su propia vida apelaban a las profundidades del alma humana, despertando admiración entre cuantos la conocían y traspasando las barreras de las razas, las clases sociales o la religión. En 1962 le fueron entregados los premios Magsaysay por el Entendimiento Internacional y Padma Shri, este último de manos del entonces presidente de la India, Rajendra Prasad.

En enero de 1971 el papa Pablo VI le otorgó el primer Premio de la Paz Juan XXIII, dotado con diez mil libras que la Madre Teresa destinó a la creación de una colonia de leprosos en Madhya Pradesh. El 15 de octubre de ese mismo año, la fundación Joseph P. Kennedy Jr. le concedió el premio anual de su institución en Washington. En noviembre del año siguiente el Gobierno indio la condecoraría de nuevo, esta vez con el Premio Nerhu, tras haber sido considerada como “una de las manifestaciones más impresionantes de caridad de todo el mundo”.

En 1973 la Madre Teresa se convirtió en la primera galardonada con el premio Templeton por el Progreso de la Religión, siendo elegida de entre más de dos mil nominaciones que representaban las principales tradiciones religiosas del mundo. En marzo de 1975 la FAO, reconociendo “el amor y la preocupación ejemplar demostrados por los hambrientos y los más pobres de los pobres”, estampó en su medalla Ceres la efigie de Madre Teresa.

embajadora de los pobres

Con el discurrir de los años, los premios y galardones procedentes de todos los lugares del mundo se sucedían sin término en la vida de una persona que nunca se sintió digna de ninguna consideración especial. Sin embargo, la Madre Teresa siempre aprovechó las ocasiones de reconocimiento público para convertirse en la voz de los desheredados de la tierra.

Los ámbitos universitarios también laurearon con las más altas distinciones su labor. Así, en 1975 recibió el Premio Internacional Albert Schweitzer de la Universidad de Carolina del Norte; fue nombrada doctora en leyes por la Universidad San Francisco Javier de Antigonish, Nueva Escocia; en 1976 fue distinguida como doctora en literatura por la Universidad Viswa Bharati de la India en reconocimiento por su significativa contribución a la causa de los sufrimientos de la humanidad; en 1977 la Universidad de Cambridge le concedió el título de doctora en teología.

Ante tan altas distinciones, su profunda humildad le dictaba estas palabras: “No sé por qué motivo las universidades y escuelas me otorgan estos títulos: Nunca sé si me corresponde o no aceptarlos; para mí no representan nada. Sin embargo, me ofrecen la oportunidad de hablar de Cristo a personas que, de otro modo, no oirían hablar de Él”.

altavoz de los valores eternos

El 17 de octubre de 1979 se conoció la noticia de que había sido otorgado el Premio Nobel de la Paz a aquella mujer de cuyas manos —según explicaría la academia sueca— “los más infortunados habían recibido compasión y no condescendencia”.

Una vez más, las palabras de Madre Teresa hacían volver la mirada del mundo entero sobre los más necesitados: “No lo merezco, pero doy gracias a Dios por este bendito don hecho a los pobres”. A la dotación del premio, noventa mil libras, se sumó el importe del banquete conmemorativo habitual —tres mil libras— que, a petición de Madre Teresa, se canceló con el fin de destinar más fondos a los desamparados. Además, la generosidad de la sociedad sueca se tradujo en treinta y seis mil libras más recogidas en una colecta popular organizada por la juventud del país.

En la ceremonia de entrega del premio, la Madre Teresa habló de la dignidad de los pobres, del amor de Dios por la humanidad, del valor infinito de la vida y de la amenaza que para esta supone el aborto —cuya práctica acababa de ser aprobada  a cuenta del Estado en el país que la recibía.

La Madre Teresa, que junto al numeroso público asistente había rezado la oración de San Francisco: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz…” , terminó instando a los suecos a que supieran amar, compartir lo que tenían y sonreír. Y es que la sonrisa era para ella algo esencial. Formaba parte de su idea de la santidad, algo que, lejos de ser el lujo de unos pocos, constituía un deber para todos los cristianos (cfr. Mt 5, 48). “La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con una sonrisa” explicaba. La santidad era para Madre Teresa “un muy alto grado de amor”. Y para alcanzarla era indispensable la unión al Señor a través de la oración y de la Eucaristía, así como la unión a María, a la que manifestaba su amor en sus palabras a sus hijas, las Misioneras de la Caridad: “Aferraos al Rosario como la enredadera se aferra al árbol”.

Más allá de la figura que tanta relevancia mediática alcanzaría, la Madre Teresa vivió todos sus días con las mismas aspiraciones y afanes, hacerlo todo por Dios y servir fielmente Su voluntad; saciar Su sed y alumbrar con Su luz la oscuridad de los hombres; convertirse en un reflejo perfecto del Señor para entregar Su amor a la humanidad. Su dedicación fue tal que alcanzó los últimos años de su vida con la paz de haber cumplido su misión.

el regreso a la casa del Padre 

Su precaria salud —sufría, entre otras patologías, malaria y una grave enfermedad cardiaca— la habían llevado a tomar la decisión de elegir una sucesora al frente de la Orden. Así, el 13 de marzo de 1997 la hermana Nirmala fue nombrada superiora general de las Misioneras de la Caridad. Dos meses más tarde, y desoyendo todos los consejos médicos, Madre Teresa realizaría su último viaje con el fin de presentar en persona a la hermana Nirmala al Santo Padre. Además, en su recorrido aceptaría el que sería su último premio, otorgado por el congreso de Estados Unidos, en el que pronunciaría su último discurso en público.

“La muerte no es más que regresar a la casa de Dios”. Seguramente la Madre Teresa habría meditado muchas veces sobre su propio regreso. Los santos viven proyectados permanentemente en él. El intenso dolor con que comenzó aquel 5 de septiembre de 1997 hizo surgir en su interior una pregunta: “¿Qué está pidiendo Jesús de mí?”.  En apenas horas lo sabría.

A última hora de la tarde prácticamente no podía respirar. El sacerdote la ungió. Manteniendo la consciencia, musitó las oraciones rodeada de las hermanas misioneras. Finalmente, Madre Teresa elevó su mirada, cerró los ojos y respiró por última vez. Eran las 21:30 horas de aquel primer viernes de mes, día del Sagrado Corazón de Jesús. Pero aquel día, aquella hora no fueron principio ni final de nada. La Madre Teresa había llegado a ser un reflejo tal de Dios que no era ella la que abandonaba este mundo ni su obra. La inmensa carta que Dios escribió a través de ella a la humanidad simplemente había alcanzado un punto y aparte.

La respuesta de sincero amor hacia Madre Teresa y profundo dolor por su pérdida rápidamente cristalizó en las expresiones de cientos de miles de personas de todas las nacionalidades, credos y clases sociales que, unidas en un mismo sentimiento, aguardaron durante horas y horas bajo la lluvia y el sol para rendirle su último homenaje. El Gobierno de India la honró con un funeral de Estado al que asistieron dignatarios de todo el mundo. Los restos mortales de Teresa de Calcuta recibieron finalmente sepultura en la Casa Madre. Su tumba es en la actualidad destino de peregrinación para multitud de personas que, agradecidas, continúan inspirándose en su vida y mensaje.

signo del amor de Dios

El 19 de octubre de 2003, coincidiendo con la Jornada Mundial de las Misiones, la Madre Teresa fue proclamada beata por San Juan Pablo II. Gran número de cardenales, obispos, sacerdotes y religiosas, junto a unos trescientos mil fieles y representantes de numerosos países se reunieron en la plaza de San Pedro para asistir a la Misa de Beatificación. El Papa la ensalzó en su homilía con las siguientes palabras: “Ella fue un signo del amor de Dios, de la presencia de Dios y de la compasión de Dios que recordaba la dignidad de cada hijo de Dios, creado para amar y ser amado”.

Toda la existencia de Madre Teresa fue un himno a la vida y al amor de Dios materializado en su creación más elevada, el ser humano. Desde el cielo, como todos los santos, hoy la Madre Teresa sigue iluminándonos en nuestras oscuridades e incertidumbres. El testimonio de su vida es el testimonio de Dios mismo que permanece al lado del hombre. Y sus miles de Misioneras de la Caridad continúan su preciosa labor en los cinco continentes.

Recordando sus palabras: “Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré siempre ausente del cielo para ser luz de aquellos que en la tierra están en la oscuridad”. Así es.

Victoria Escudero
Voluntaria de las Misioneras de la Caridad

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