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El verdadero amor 
21 de Junio
Por Juanjo Guerrero

Dijo Jesús a sus discípulos: “No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y los roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo.  Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!” (San Mateo 6, 19-23).

COMENTARIO

Cristo, que conoce perfectamente nuestros temores y la obsesión con la que tratamos de asegurarnos todo, para que “nada malo nos pueda ocurrir”, nos alerta en este evangelio de lo inútil que es volcarse en recurrir a las cosas terrenales, en vista de la precariedad a la que todo está sometido. Nada en el mundo puede proporcionar esa felicidad, gozo, estabilidad que anhelamos para sentirnos a gusto, en paz, protegidos.

Para conseguir ese deseo de seguridad –indispensable para ser felices- orienta nuestros esfuerzos hacia los bienes espirituales, los del cielo, que son los únicos que verdaderamente proporcionan un adelanto del gozo que espera a todos en la otra vida. Esa vida maravillosa que nos ganó Jesucristo y que tenemos al alcance de la mano si, creyendo en Él, ponemos nuestro corazón en el amor al prójimo.

Ese amor que nos pide Cristo es mucho más puro que el amor humano, siempre mezclado con alguna dosis de egoísmo. Es un amor del estilo que Él ha mostrado hacia nosotros, dándose plenamente en la cruz, sin pedir nada a cambio, a todos por igual, con el único objetivo de abrirnos las puertas del cielo. Es decir: no busca más que nuestro bien.

Este amor que se nos propone incluye “amar a nuestros enemigos”, lo cual es imposible para el ser humano, pero no para que lo desee verdaderamente y, de corazón, se lo pida a Dios.

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